Evolución de las actividades educativas a lo largo de la historia

En la historia se ve como los grupos de niños, compartiendo y contrastando unos con otros sus distintas experiencias individuales; los grupos de adultos formado para llevar a cabo una labor colectiva partida de caza, roturación de un campo, recolección de un fruto, silvestre o cultivado, construcción de una canoa en el cual se inmiscuiría el niño, llevando a cabo pequeñas tareas elementales de ayuda y aprendiendo, al tiempo, los trabajos más difíciles. Únicamente el campo de lo sagrado, de los ritos y las creencias, junto al de las manifestaciones artísticas, requerirían en ocasiones una especialización educativa, una labor exclusiva y distinta cualitativamente de todas las demás. Estas se llevaban a cabo en el seno de pequeños grupos, ya fuera por el sacerdote, el chamán, el consejo de ancianos o cualquier otro órgano específico del tejido social.

La especialización de tareas dentro de la sociedad, al ir creciendo ésta en complejidad, llevó a la creación de sistemas de aprendizaje diferenciados. Pero, sobre todo, la cristalización en la sociedad de clases sociales con intereses bien definidos y no siempre coincidentes motivó, sin duda, la especialización educativa como uno de los medios más eficaces para hacer perdurable a lo largo de las generaciones esa división interna dentro del grupo social. Las castas sacerdotales y funcionariales que aparecieron en las primeras grandes civilizaciones del cercano oriente se basaban sin duda en un monopolio consciente de la educación especializada, de forma que los conocimientos acumulados socialmente se transmitían sólo a una pequeña minoría de iniciados, que de esa manera se perpetuaba en el monopolio del poder social. Egipto, Mesopotamia, e incluso civilizaciones tan alejadas como las mesoamericanas conocieron esa forma de educación. La invención de la escritura no hizo sino reforzar aún más el carácter de minoría privilegiada de aquellos que tenían acceso a la enseñanza. Con ello se hacía indispensable para que la sociedad pudiera regular las operaciones agrícolas, contabilizar y repartir las cosechas, legislar, mantener el favor de los dioses y organizar ejércitos para preservar el orden interno y defender al país contra los enemigos exteriores.

Es bien conocido el sistema educativo de la Grecia clásica. En el siglo V a. C. tuvo lugar una verdadera revolución, cuando la labor educadora de los sofistas comenzó a extender, basándose en el método dialéctico, el escepticismo y el análisis crítico en aquellas materias en las que educaban a los jóvenes atenienses. Sócrates ha quedado para la eternidad como modelo de educador. En general, la civilización clásica grecolatina adquirió, probablemente, su singularidad histórica a causa y junto con un sistema educativo que, pese a continuar siendo privilegio exclusivo de una minoría, potenciaba el pensamiento crítico individual y se alejaba del modelo de casta cerrada, orientado al mantenimiento del saber cómo secreto, que había caracterizado a civilizaciones anteriores. Sería difícil determinar cuál fue la causa y cuál el efecto; pero el sistema educativo liberal y el florecimiento del pensamiento y las artes aparecieron unidos en 12historia de forma esplendorosa. El cristianismo intentó desde el principio de su expansión naba en el imperio romano en el momento de su aparición. Numerosos autores adeptos a la nueva religión desarrollaron, en la teoría y en la práctica, nuevas ideas educativas que buscaban modelar al hombre con arreglo a la cosmovisión cristiana. Pero el mundo grecorromano se hundía irremisiblemente en la oscuridad de la edad media, y en la nueva etapa apenas sobrevivió nada de los proyectos educativos de los padres de la iglesia.

En el mundo clásico grecolatino los filósofos eran, casi por fuerza, educadores. Autores que ejercieron una influencia perdurable, con sus escritos o su práctica, en el campo de la educación. La edad media dio comienzo al descoyuntarse el sistema político, económico, social y cultural que había unificado el mundo mediterráneo y Europa occidental bajo el yugo de Roma. Aunque el cristianismo, que ya se había adueñado del decadente imperio romano, se impuso finalmente sobre la diversidad de pueblos bárbaros que se repartieron el dominio de Europa, los mecanismos de transmisión del conocimiento se interrumpieron en su mayor parte, al quedar desorganizada la vida intelectual. Tan sólo la Iglesia, y dentro de ella las órdenes monásticas, consiguieron mantener la continuidad de la cultura del mundo antiguo, si bien en forma parcial y a menudo tergiversada en sus significados y contenidos. Una buena parte de la herencia cultural grecolatina cayó en el olvido. De esta manera se perdió un nexo de unión con la tradición cultural más rica que hasta entonces había producido la humanidad y ello supuso, sin duda alguna, un tiempo perdido.

La edad media europea conoció de nuevo la vuelta de la enseñanza a la casi clandestinidad. En todo momento existió un restringido número de escuelas, en monasterios y sedes episcopales, donde, dentro de un sistema de pensamiento muy cerrado, estático y dominado por lo religioso, se daba instrucción a un alumnado muy reducido, configurándose así una casta letrada, que se transmitía un saber que se había hecho de nuevo casi un secreto, como ocurría en las antiguas civilizaciones del oriente próximo. Raramente los alumnos eran pertenecientes a la nobleza guerrera, para la cual artes y letras constituían de hecho un adorno inútil. Por el contrario, las escuelas estaban destinadas a proporcionarla reducido funcionariado sacerdotes ala Iglesia letrados Imperial que recibió un considerable imputo cuando la unidad política europea. 

 

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