El pensamiento aristotélico 

El espíritu crítico había de desarrollado los nombres propios, instituciones y fórmulas características de la educación en la edad media más representativos. El gran impulso que recibió la cultura europea en los últimos siglos de la edad media desembocó sin solución de continuidad en el primer Renacimiento. Las universidades llegaron a su máximo esplendor, el estudio del griego clásico recibió un impulso decisivo y apareció en Florencia la primera academia platónica, que fue seguida de otras en las principales ciudades italianas. Las nuevas corrientes de pensamiento, de la mano de los humanistas, impregnaron una Europa optimista y plena de vitalidad, dispuesta a cambiar el rigor teológico medieval por otras formas de cultura más adecuadas para dominar el mundo físico y disfrutar de la bondad y la belleza. La educación retomó los antiguos ideales clásicos que propugnaban la conjunción armoniosa del hombre con la naturaleza. Los grandes pensadores eran también, en su mayor parte, solicitados maestros, y recorrían incansablemente Europa, sembrando de ideas un continente que parecía haber «entrado en conversación», como si las distancias se hubieran acortado infinitamente. Pero el período optimista del primer Renacimiento iba a durar muy pocos años.

La reforma religiosa constituyó la faceta más sombría de la época, sin dejar por ello de ser un hecho plenamente renacentista. Suele darse como fecha de su comienzo el año 1517, en que Martín Lutero expuso en público por primera vez su impugnación a la doctrina eclesiástica de las indulgencias. A partir de ese año, todo fue distinto. Europa se encendió en una guerra civil permanente que había de desangrar el continente durante siglo y medio, y se alzaron duras fronteras ideológicas cuyo papel consistía en dificultar y paralizar el optimismo renacentista, y las instituciones de que habían gozado los enseñantes en la época católico de los países protestantes, donde tampoco se de ellos, hubo de instaurarse finalmente una tolerancia relativa como único medio de frenar la guerra civil. Aquellos islotes de permisividad se convirtieron con rapidez en cuna de las principales ideas innovadoras que surgieron en Europa.

Los efectos de la Reforma en materia educativa se dejaron sentir a largo plazo. Probablemente el más importante de ellos fue la extensión de la enseñanza primaria. Efectivamente, para poder tener acceso directo a las Sagradas Escrituras era preciso saber leer. El mismo Lutero emprendió la traducción de la Biblia al alemán para favorecer su lectura. El latín, idioma internacional de los humanistas, quedó pronto relegado a un segundo término frente a los florecientes idiomas nacionales. Todo el movimiento de Reforma, en conjunto, favoreció la alfabetización de sectores cada vez más amplios de la población, que tuvieron acceso a unos libros que la imprenta hacía cada vez más baratos. La Contrarreforma conoció la expansión, en los países católicos, de unas nuevas instituciones educadoras; los colegios. Los jesuitas, seguidos pronto por otras congregaciones y órdenes religiosas, crearon un modelo de institución educativa destinada a los hijos de las clases privilegiadas, para lo que se desarrollaron unos métodos educativos de gran refinamiento psicológico. Por otra parte, la Iglesia Católica comenzó a organizar de forma estricta la formación de los sacerdotes, creando para ello los seminarios.

La extensión de la educación, ayudada por los nuevos medios técnicos, entre los que cobró importancia capital la imprenta, fue intensa a lo largo de la edad moderna europea. Los estados modernos, de complejidad creciente, tenían necesidad de un gran número de funcionarios. Reyes y gobernadores, obispos y autoridades municipales hubieron de rodearse de una corte cada vez más amplia de escribanos, juristas y técnicos diversos. Las nuevas formas de vida obligaban a un número cada vez mayor de gentes a adquirir una educación progresivamente más selectiva y más compleja. Ya no se podía capitanear un galeón sin saber descifrar las cartas marinas, manejar los instrumentos de precisión o escribir el diario de a bordo, lo mismo que no se podía gobernar una ciudad o dirigir un ejército sin saber leer, interpretar y redactar documentos, ni levantar una fortificación sin acudir a complicados cálculos de balística. El ideal de la educación renacentista había sido el de conseguir en el hombre un espíritu libre capaz de dominar todos los campos del conocimiento, desde el arte a la ciencia. Pero pronto se vio que resultaría imposible. El desarrollo de la técnica, adelantándose muchas veces al de la ciencia propiamente dicha, impuso la especialización de los saberes, en un mundo en el que la arquitectura, el arte de la guerra, la navegación o las finanzas estaban cada vez más en manos de un grupo reducido de entendidos. Los nombres de figuras que tuvieron importancia decisiva en los nuevos rumbos que adoptó la Europa renacentista en materia educativa, así como el de la innovación más característica de la época. A mediados del siglo XVII acabó por fin, con la paz de Westfalia, el largo período de luchas religiosas que había dividido a Europa en bandos irreconciliables. Un nuevo espíritu surgió y se extendió por las capas más cultas de la sociedad, primero en Inglaterra, y muy pronto en el continente. La religión, que oficialmente todavía era determinante en los sistemas políticos, de hecho, perdió el control delas ideologías, y los grandes aportes filosóficos de la época se desarrollaron fuera de su influencia. El empirismo y el racionalismo ingleses tuvieron una gran repercusión en los hombres que elaboraron la Enciclopedia francesa, obra maestra de la literatura didáctica. En su conjunto, el siglo XVIII europeo, que ha sido llamado «el siglo educador”, conoció la implantación de un nuevo espíritu optimista, fiado en la idea de progreso y en la constatación de que el desarrollo de las ciencias estaba llevando a la humanidad a un punto sin retorno, a un crecimiento cualitativo y cuantitativo que invalidaba todas las anteriores ideas basadas en una sociedad estática. Por primera vez en la historia pareció posible conseguir, gracias al desarrollo de la ciencia y de la razón natural, el perfeccionamiento deI espíritu humano y la mejora de las condiciones materiales hasta el punto de poderse lograr algo parecido al «paraíso terrenal», lo que invalidaría para siempre las promesas de la religión.

 

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