
De manera general, puede establecerse que educación es el movimientos y actitudes precisos para que pueda integrarse activamente a los recién nacidos a adaptarse al medio más rápidamente de lo que les permitirían sus condicionamientos genéticos. Pero es en la especie humana donde se realiza un largo y complejo proceso educativo, sin el cual el ser humano no podría sobrevivir en una sociedad que ha transformado radicalmente las condiciones naturales de vida y que exige de un comportamiento muy alejado de los que vienen predeterminados por los instintos. El aprendizaje elemental se lleva a cabo en la familia. La institución familiar puede adoptar formas muy diversas según la sociedad de que se trate, y la educación en su seno se puede llevar a efecto también de maneras muy distintas. Pero, puede decirse que, en cuantas sociedades humanas existen y han existido, el núcleo familiar siempre constituyó un primer peldaño de enorme importancia en la socialización del niño, en la conversión de un ser que nace instintivo e indiferenciado en miembro de una sociedad determinada.
La relación familiar puede reducirse, en algunos casos, al contacto entre madre e hijo, pero, en general, la familia forma un grupo bastante más complejo, y puede llegar a ser muy numeroso. Habitualmente, el padre, la madre, los parientes en distinto grado, desempeñan en ella roles diferenciados, y su misión educadora suele estar preestablecida dentro de ciertos límites. La familia enseña al niño el rol sexual, masculino o femenino, que deberá ejercer en el futuro; le inculca los sentimientos que habrá de desarrollar, de respeto y sumisión a los mayores, de protección hacia sus hermanos pequeños; le lleva a hacer suyo un sistema de valores compartido por sus familiares; le adiestra en unas primeras técnicas, variables según la sociedad de la que se trate, necesarias para valore en el entorno inmediato. En la familia aprende el niño los rudimentos de un lenguaje que estructurará sus conocimientos y su manera de pensar. El grupo de iguales es una formación social que contribuye en gran medida al proceso socializador del niño. Los juegos, las tareas que realiza junto a otros niños de su edad. Que los niños han adquirido individualmente, tienen un efecto simple, sino también en nuestro mundo contemporáneo. El adulto otras carencias sociales, ya que le faltan algunas experiencias fundamentales para el desarrollo de la personalidad.
En las sociedades más sencillas, la adquisición de saberes más complejos se realiza sin cambios apreciables en el lugar o las instituciones que imparten las enseñanzas más elementales. El niño interviene, cada vez de forma más activa, en los trabajos comunes, y conforme va creciendo adquiere un estatus cada vez más definido dentro de la sociedad. Las instituciones educadoras más diferenciadas que ejercen su influencia sobre el niño suelen estar en relación con el fenómeno religioso, con las creencias mágicas y el mundo de lo mítico. Ligados a aquéllas suelen estar los ritos de iniciación.
Cuando la sociedad ha sobrepasado un cierto grado de complejidad, aparece bien marcada la división del trabajo. La especialización de determinados miembros de la sociedad en unas tareas productivas complejas impone un aprendizaje específico. El adulto que conoce la forma de realizar una determinada labor adopta al niño, o al joven, como ayudante o aprendiz que colabora en la realización del trabajo a la vez que aprende a hacerlo. El fenómeno cultural y social de lo educativo sobrepasa ya ampliamente el ámbito, espacio y panorama de lo familiar. Comienza en estas sociedades la diferenciación social, y se han desarrollado ya las instituciones de aprendizaje que prefiguran lo que será, en sociedades más complejas todavía, la escuela. En la escuela se realiza principalmente, aunque no únicamente, la socialización intelectual del niño. Comenzando por su misma estructura espacial, la clase es un modelo que enseñará al niño cómo es la sociedad en la que habrá de desenvolver su vida. El lugar preferente que ocupa el maestro, la autoridad; la teórica igualdad entre los alumnos, pero en cuyo seno en seguida se desarrolla un germen de desigualdad, de jerarquía; la remuneración del esfuerzo, por las calificaciones escolares; las felicitaciones o los castigos distribuidos por el educador; el espíritu de competitividad, que aparece y se estimula, tanto en el campo intelectual como en el físico, con la práctica del deporte; los horarios rígidos de trabajo; y otros elementos de la escuela enseñan al niño los valores por los que se rige el mundo de los adultos. Puede suponerse que, en las sociedades primitivas, que crearon los remotos antepasados del hombre actual, el proceso educativo sería muy semejante al que todavía han podido estudiar los antropólogos de campo en las sociedades aisladas de nuestro mundo contemporáneo. La educación consistiría, muy probablemente, en un proceso sin solución de continuidad, que comenzaría en el seno del núcleo familiar y seguiría en aumento, conforme el radio de acción y la autonomía de movimientos del niño le fuera llevando a conocer el conjunto físico de la sociedad en la que transcurría su existencia, merced a sucesivos sujetos educadores.



