
Las ideas educacionales de la hora actual tienen sus cimientos en las que les precedieron, pero de modo más inmediato en las del siglo anterior. Esto quiere decir que, en el orden de las teorías estamos aún dentro de la corriente de ideas que se inició en el Renacimiento y se condensó en la Revolución Francesa. Si se quisiera caracterizar a la educación actual y diferenciarla de la de los siglos anteriores, lo más probable es que encontráramos su peculiaridad en las realizaciones, es decir, más en lo que hacemos que en lo que pensamos. En los siglos precedentes se pensaba mucho acerca de la educación; en el presente se realiza mucho de lo que se piensa. Esto se debe a que los actuales medios de realización son infinitamente superiores a los de los tiempos ya pasados; el avance de las ideas políticas y sociales, el auge económico y el enorme avance de la ciencia, han hecho posible convertir en realidad lo que en tiempos pasados fueron sueños de idealistas. Este afán de realizaciones nace, aproximadamente, con el siglo presente. Frente a las grandes creaciones educativas del siglo xix casi perfectas por su organización y sus métodos-, la educación actual tiende a acercar más la educación a la vida. El principio básico de esta nueva educación está en la afirmación esencial de que “sólo se conoce bien lo que se hace”. Y en cada acción interviene no solamente la inteligencia, sino a la vez todas las funciones de la mente: la imaginación, la memoria, el sentimiento, etc. Cuando hacemos algo, vivimos lo que estamos haciendo. Y eso es precisamente educarse: vivir. De ahí que el común denominador de las distintas orientaciones de la pedagogía contemporánea es acercar la educación a la vida.
En este movimiento se destaca la extraordinaria personalidad de John Dewey, cuyas ideas están en perfecta armonía con la edad técnica que comienza a dominar a la cultura actual. Dewey fue fundamentalmente un filósofo que se ocupó teórica y prácticamente de la educación. Para él, la única realidad del mundo es la experiencia, y toda experiencia tiene lugar a base de objetos, de cosas que existen en el ambiente del hombre. El pensamiento humano, por eso, no debe limitarse a comprender el mundo, sino a controlarlo y rectificarlo. Y como la sociedad es una realidad en la que el hombre tiene forzosamente que vivir, el ser humano debe ser estudiado y comprendido en relación con la sociedad de la que forma parte y de la cual no puede desligarse. Por consiguiente, la escuela Que asume en la concepción de Dewey una misión sumamente importante no debe mantenerse apartada de la vida; ha de ser una comunidad en miniatura, una sociedad embrionaria. Esta concepción social de la educación, que tanta repercusión ha tenido y tiene en la educación de la hora actual, hace que la escuela proporcione al educando un medio ambiente simplificado, en el cual se contrapesen los distintos elementos del ambiente social y se eliminen, hasta donde sea posible, aquellos rasgos perjudiciales que pueden influir sobre los hábitos mentales.
MÉTODOS DE ENSENANZA
Si nos atenemos a la significación etimológica del vocablo, podemos considerar al método como el camino que es necesario recorrer para llegar a determinada meta. O, en otras palabras, método es la sucesión ordenada de actos que debemos realizar para alcanzar un fin. El método responde a una necesidad del espíritu, que nos obliga a hacer las cosas con cierto orden. Por eso, ninguno de los actos humanos puede prescindir de él. Vestirse, trabajar, jugar, estudiar y hasta divertirse, exigen siempre un método, del cual nos damos cuenta unas veces, y otras no. El método, que alcanza su plenitud en la ciencia y en la técnica, asegura un mayor rendimiento en la acción: procediendo metódicamente se obtienen mejores resultados que dejando todo librado al azar. La acción educativa sistematizada, que se desarrolla respondiendo a planes previamente establecidos y orientada hacia fines determinados, debe desarrollarse metódicamente. Por eso el problema del método, que se planteó agudamente en la época moderna, llevó a la pedagogía a la posición extrema de concebirlo como una técnica. Así llegó a creerse que bastaba aplicar rigurosamente un método didáctico para obtener los resultados deseados. Pero esta posición ingenua olvidó algo esencial: que el educando es un ser humano y, como tal, reacciona a menudo en formas muchas veces imprevisibles. El principio de libertad es fundamento de todos los nuevos métodos, pues con él se tiende a no mecanizar el trabajo del alumno y a reconocerle iniciativa en la labor escolar. En rigor, ningún método nuevo incorporó la libertad en el pleno sentido de la palabra, sino que se limitó a disminuir la presión que antes se ejercía sobre el educando. Por eso la libertad de los métodos nuevos conste, como en el caso de Montessori, en libertad de movimiento físico dentro de la escuela, del uso del material de enseñanza, y de interrumpir y reanudar el trabajo escolar cuando las necesidades internas del alumno se lo pidan. Como reacción ante este exagerado “metodismo”, surgió otra posición también extrema, que negó el valor de las normas metodológicas y llegó a afirmar que el mejor método del maestro es no tener ninguno. En la actualidad, superadas estas concepciones extremas, se reconoce que el método no es algo que tenga valor por sí mismo, y que su eficiencia depende, fundamentalmente, de la personalidad del educador.



