Distintos sistemas filosóficos modernos, donde su desarrollo nos informa la historia, se fundan en un principio de solución sobre el principio nominalista, según el cual la idea o el concepto no corresponden en nada a la realidad. Consecuencia lógica de esta posición negativa es el principio de la inmanencia; con arreglo a éste, siendo la idea o la imagen el objeto inmediato y directo del conocimiento. El único universo accesible al conocimiento es el universo inmanente al sujeto consciente. La crítica define sus principios como consecuencia del análisis de las condiciones del conocimiento; por este camino se ve constreñida a admitir, al mismo tiempo que la causalidad principal del sujeto, sin la cual no sería posible conocimiento alguno, por otro lado la causalidad del objeto extramental, sin el que ninguna especificación del conocer sería concebible. Dos son las respuestas antitéticas que se han dado al problema de la realidad del objeto extramental: la del idealismo y la del realismo.
El Idealismo
La doctrina ha sido expuesta de diversas formas; la historia nos ofrece varios tipos de idealismo: el problemático de Descartes, el formal de Kant, el panteístico de Hegel y el dogmático de los pos kantianos. Los sucesivos representantes de estas posiciones críticas han ensayado hallar una solución a las consecuencias derivadas del postulado nominalista. Un estudio profundo de los esquemas idealistas que desembocan en el existencialismo nos haría ver cómo, al perder contacto con el “ser” real, experimentado y vivido, se mueven en el vacío absoluto. Octave Hamelin, idealista francés contemporáneo, dice: “Como el idealismo tiene por principio la convicción de que es imposible al pensamiento llegar a un objeto exterior a él, parece seguirse de esta convicción primordial que una conciencia no puede menos de partir de sí misma y terminar en sí misma.” Y Le Roy, también idealista, sintetiza: “Un fuera, un más allá del pensamiento es cosa absolutamente impensable, en cualquier forma y en cualquier grado.”
El Realismo
Pero a la afirmación idealista de que el “ser” se reduce a su “ser percibido”, responde el realismo afirmando que ella envuelve un evidente sofisma: ciertamente, lo conocido debe estar en el pensamiento, ya que esta presencia es la definición misma del conocimiento, pero de ahí no se desluce que nuestra representación sea el mismo mundo, es decir, que lo que exista en nuestro pensamiento es decir se encuentra solo en éste, o por así decirlo que lo conocido no exista más que como conocido. En la afirmación idealista el pensamiento queda bloqueado sin razón suficiente y sin causalidad explicativa, lo cual es un absurdo metafísico. El objeto de conocimiento no puede ser explicado, ni en su existencia ni en su forma, sin la cosa que expresa y significa en la conciencia. El pensamiento no se explica ni justifica sino por lo real. La realidad del universo transobjetivo reconocido por el realismo es el único fundamento sólido que el filósofo puede conceder a la ciencia a tal punto que ésta sin aquél se torna ininteligible. Es evidente que e saber científico depende, en toda su extensión, de una experiencia que no es posible reducir a la de un pensamiento que se piensa a sí mismo.
El realismo, para el cual conocer es siempre ser medido por una cosa, no deja de afirmar también que todo lo real es, en cierto modo, idea. Admite así todo lo que el idealismo encierra de justo y verdadero. “Al hacerse medir por las cosas dice Maritain nuestra inteligencia se hace medir por la misma inteligencia, por la inteligencia en “Acto puro”, por la que las cosas son medidas y de la cual obtienen “ser” e inteligibilidad.” Toda cosa es, pues, una idea divina realizada, un reflejo real, gracias al acto creador, del Pensamiento divino. El filósofo realista jamás tomará al pensamiento como punto de partida de su reflexión, porque es imposible el pensamiento si antes no hay conocimientos. El filósofo idealista, en cambio, por el hecho mismo de ir del pensamiento a las cosas, no puede saber si lo que toma como punto de partida corresponde o no a un objeto. El idealista desenvuelve su quehacer dentro del ámbito del pensamiento y, cuando piensa verdaderamente como idealista, hace de “la ciencia” o “la filosofía” el objeto dominante y casi exclusivo de sus disquisiciones; por eso es común que se con lidere depositario exclusivo del hábito crítico. El filósofo realista, por su parte, habla en cambio del “ser” de las cosas y constituye una ciencia de todas y cada una de las cosas, en cuya atmósfera puede afirmarse que respira y se desenvuelve con sobe rana libertad. La adhesión a la verdad del “ser” es, para la inteligencia, el total dominio de si y más precisamente aún la tan deseada y quería perfecta coincidencia de si con sigo misma.


