La inteligencia, puesta frente a una cosa nueva que sucede en nosotros o en el mundo exterior, no puede menos que formar un juicio diciendo: esta cosa, este fenómeno, tiene una causa. El filósofo realiza la investigación causal fundándose en la contingencia de los “seres”. En efecto, la noción de “ser” se divide ante el espíritu en “ser absolutamente necesario” y en “ser contingente”; en otras palabras: el “ser” se divide en “acto puro” y en “ser” mezclado de potencialidad. Colocándonos sucesivamente en el punto de vista del movimiento, de la finitud y de la composición de los “seres”, formulamos el principio de causalidad diciendo: “Todo lo que se mueve se mueve por otro.” Todo “ser” contingente tiene una razón de ser distinta de sí mismo, o extrínseca, es decir, una causa eficiente”. Este principio universalísimo y evidente da razón de un hecho sobremanera común a todas las cosas del mundo: el movimiento. Éste es el tránsito de la “potencia” al “acto”, y como ningún “ser” puede estar a la vez y bajo el mismo aspecto “en potencia” y “en acto” síguese que el paso al “acto” no puede realizarse sino por la acción de otro, que es causa del movimiento. Aunque pareciera lo contrario, este principio tiene también vigencia en los seres vivos, que, por ser tales, están dotados de movimiento espontáneo e inmanente. Todo movimiento vital (nutrición, germinación, etcétera) depende de las energías cósmicas y es propiamente efecto de éstas. Hay, pues, en el ente vivo mismo una coexistencia de acción y de pasión: por una parte, motor y, por otra parte, movido. La inteligencia y el movimiento voluntario son otros tantos motores movidos; no pasan al “acto” sino mediante la acción de un “acto” distinto de ellos mismos: el objeto de conocimiento mueve a la inteligencia a conocer y la hace pasar al “acto”; el objeto de deseo y de amor es aprehendido una vez que ha actualizado una tendencia; flujo y reflujo de la acción y la pasión es, podríamos decir, la característica más distintiva de la vida.
La contingencia acompaña necesariamente a la finitud; el ser finito recibe la existencia de afuera, ya que no existe en virtud de sí; pues si el ser finito existe, existe en virtud de una causa extrínseca que le comunica la existencia. Por eso afirma la metafísica que “de la nada no viene nada” y que “lo que “es” no empieza a “ser” sino por algo que “es”.
Aquello de lo que depende una cosa en cuanto a su existencia se designa con el término causa; lo producido por la acción causal es el efecto; así, el estampido es efecto de la explosión, que es la causa. La noción de causa envuelve tres elementos o condiciones:
- La causa debe ser realmente distinta del efecto.
- El efecto debe responder realmente a la causa.
- La causa debe tener sobre el efecto una prioridad de naturaleza, porque la acción supone el “ser”.
Esta prioridad de naturaleza no debe confundirse con la prioridad de tiempo, la cual de ningún modo es necesaria, porque la esencia de la causalidad consiste pura y simplemente en ser “lo que produce una cosa”; afirmar, por ejemplo, que Dios es la causa creadora del mundo no significa necesariamente que éste haya sido creado en el tiempo. Nótese que el ejercicio actual de la causalidad es simultánea e indivisiblemente la producción del efecto; por eso no le precede como causa, sino como “ser”. La acción está en la causa como en su principio, pero a la vez está en el efecto como en su término. Causar no es otra cosa que producir una nueva forma de “ser”. La acción y la pasión, que se oponen formalmente, no designan sin embargo más que una sola y misma realidad; así, ir de Buenos Aires a Madrid no es lo mismo que volver; sin embargo, el camino de ida como el de regreso es el mismo. En cuanto al efecto, se han de afirmar los principios siguientes:
- El efecto preexiste en la causa en cuanto ésta tiene la potencia de producirlo, lo cual define la preexistencia virtual.
- El efecto es más perfecto en la causa que en sí mismo, pues, al ser realizado, no es sino un aspecto parcial de la perfección de la causa, una participación y una imitación de esta perfección causal; sin duda, el mundo universo es más perfecto en Dios que en la realidad misma de su existencia concreta.
Las Cuatro Causas
Las especies de causas se resumen de las clases de dependencia causal. Desde el punto de vista de su constitución, el ser corporal es efecto de dos causas intrínsecas: de aquello de lo que es hecha la cosa y de lo que la determina a ser una especie dada: causas material y formal. Desde el punto de vista del origen, todo “ser” depende de una causa que le da el existir “en acto”, por una acción física; causa eficiente. Y. por ultimo desde of punto de vista del fin, toda acción está ordenada a un fin determinado que se propone o hacia el cual la dirige una causa superior; el fin es, por esta razón, causa de la acción: causa final. Las dos últimas constituyen las causas extrínsecas. De las dos primeras especies de causas se ocu.pa en especial la cosmología; de las dos últimas, la metafísica. El fin es no sólo la primera y principal de todas las causas, sino la causa por excelencia, aquello por lo cual se hacen todas las cosas. El fin de todo agente, sea inteligente o no, es definido por su naturaleza, o, más precisamente aún, por su forma, porque la forma es la que sitúa a un “ser” en una especie o naturaleza dada. La finalidad, pues, hay que comprenderla como una realidad interna y esencial, que es propiamente la naturaleza de las cosas, porque de esta naturaleza proceden sus actividades y el orden de la naturaleza. Todas las ciencias del mundo, de la vida y del hombre se orientan al descubrimiento de las propiedades y determinaciones intrínsecas que, una vez descubiertas, serán formuladas en leyes. Esto es lo que en filosofía se llama la “causalidad de la idea”. El apetito racional hace que los seres inteligentes se ordenen por sí mismos a su propio fin; el apetito natural, propio de los seres no racionales, hace que los animales obedezcan pasiva y espontáneamente al reclamo del instinto y que los agentes inorgánicos lo hagan mecánicamente. La finalidad no es otra cosa que la pre ordenación de la “potencia” al “acto”. Por ello, el principio de finalidad se enuncia en: “La potencia se orienta al acto” O bien: “Toda agente obra con vistas a un fin”.


