El ambiente como principal factor educativo

Que la biología, la antropología, la economía, la sociología, la sicología, las ciencias y técnicas en general, Dae es decir todo lo que contribuya a un conocimiento claro y preciso del medio en que el hombre está viviendo, son las fuentes apropiadas de consulta para quienes orientan y tienen a su cargo la educación. Que, como consecuencia, las fuentes de conocimiento eminentemente especulativas, que intentan llevar a la educación por el azaroso camino de los puros ideales educativos, y que hasta ahora gozan de gran predicamento, especialmente en los países con grandes taras en su sistema escolar, no son las apropiadas para guiar y hacer evolucionar el proceso educativo, y debe evitarse cuidadosamente su interferencia. La educación es un proceso que debe conducir a acciones concretas, precedidas por un conocimiento suficiente del medio en que se vive y destinadas a hacerlo evolucionar, como paso previo y como contribución a la evolución del individuo y de la sociedad. No obstante, lo mucho que ha adelantado, puede decirse que el hombre está en el comienzo de la etapa principal de su evolución. 

Grandes mutaciones sociales, económicas, políticas y técnicas están en camino. Habrá, sin duda, un hombre del mañana.

Cada quien es libre de colaborar o no para que esas grandes mutaciones se produzcan, o de imitar “al bobo de Plinio” que al decir de Anatole France leía a los oradores griegos mientras el Vesubio sepultaba siete ciudades bajo sus cenizas. Cada quien es libre, si lo desea de una actitud semejante, o de explorar el mundo para ver si descubre el Unicornio; pero sería insensato, o más bien criminal, embarcar a los pueblos en una actitud de indiferencia o descuido respecto de los graves problemas que tienen que afrontar, o de agotadora y estéril aventura en busca de lo inexistente, en lugar de estimularlos y prepararlos para que se dediquen a asuntos más humanos y más trascendentes: desde la eliminación de la ignorancia y la miseria, hasta la creación de un nuevo mundo, fruto de una constante y progresiva evolución del hombre, de su técnica y de su ambiente.

El animal y su contorno constituyen esencialmente un ciclo biológico. El animal vive a expensas del ambiente, sin renovarlo ni recrearlo, pues genéticamente no está en condiciones de hacerlo. El hombre es el primer ser que concibe y pone en práctica la transformación de la naturaleza, dando a ésta más de lo que recibe. El hombre de hoy difiere seguramente mucho del de los tiempos primitivos, y diferirá más del hombre de aquí a mil años. La dieta; el cuidado de la salud; la forma de vivir, de pensar y de actuar; su técnica; todo, en fin, será muy distinto. Aunque no pueda pensarse en leyes que rijan tales cambios, no es aventurado decir que la evolución del hombre será progresivamente creciente y diferenciada. Su capacidad para acumular y organizar conocimientos le permite cambiar radicalmente de modo de ser, sin necesidad de una mutación genética, como fue necesario cuan-do se originó de su antecesor animal. Le basta con recurrir a su cerebro y a su ambiente.

El hombre cambia cuando quiere dentro del cuadro de sus posibilidades genéticas y del medio en que vive. Sus genes -a diferencia de los genes del animal están preparados para atender y responder a cualquier condición y situación compleja; de tal manera que el ambiente, transformado, incide a su vez en la transformación del hombre.

En forma notoriamente distinta del hombre, los animales repiten casi sin variante lo que hicieron sus antecesores una vez organizada la especie. Se incorporan rápida y activamente al sistema de vida en el cual nacen, como si temieran olvidarse de lo que tienen que hacer, y con ello desvanecerse como individuos o comunidades; como si tuvieran reglas fijas y su misión fuera cumplirlas en el relativamente breve tiempo de su existencia. El animal aprende muy poco; se ajusta en general a lo que sabe hacer su especie; su actividad se basa casi exclusivamente en el instinto. Una nidada de huevos de hormiga incubada sin la presencia de hormigas adultas, producirá una nueva generación, que una vez desarrollada repetirá fielmente lo que hicieron las de su especie millares de generaciones atrás. Los individuos humanos también repiten, al madurar, actos y funciones instintivos propios de su especie; pero, como una parte menor en el conjunto de los actos y funciones que son capaces de realizar. Colonias de hormigas de las mismas especies difieren poco de sus antecesor res de hace 50 millones de años.

El hombre, en cambio, en menos de un millón de años ha avanzado desde las comunidades primitivas a la civilización y ha desarrollado no menos de 3.000 culturas distintas. Lo que es capaz de hacer el animal lo hace casi de una sola vez; pero sin ampliarlo, sin asociarlo a otras situaciones. Si hay algún cambio es en forma tan débil e intrascendente, que apenas si se percibe. Su estructura genética sólo les permite a algunos de sus in-dividuos alcanzar estados primarios de ejercicio técnico. Wolfgang Köhler fue el primero en demostrar el ingenio e inteligencia del chimpancé al lograr que uno de éstos ensartara una varilla en otra y apilara varias cajas, con el fin de apoderarse de una banana que estaba fuera de su alcance directo. Otro caso es el de los chimpancés Bula y Bimba, que lograron en forma cooperativa acercar una caja hacia los barrotes de la jaula en la que estaban encerrados, tirando al unísono de dos cuerdas.

 

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