
Hemos dicho que, hacia fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, surgió en el horizonte de la cultura occidental la cuestión de la cientificidad de la educación. Señalamos también que, a nuestro modo de ver, la sociología positivista representó en la época el planteo más riguroso de la cuestión. No olvide el lector que, hasta fines del siglo XIX, la reflexión acerca de la educación había sido patrimonio exclusivo de filósofos y pedagogos. Siguiendo una disciplinada división del trabajo intelectual, los filósofos solían preocuparse por definir la naturaleza de la educación, así como sus fines, de acuerdo con la dirección que imprimían a la sociedad las clases dominantes, y, en ese sentido, afirmaban o negaban, según los casos, el poder de la educación como instrumento para transformar la sociedad.
Por su parte, los pedagogos aplicaban algunas nociones generales de la filosofía de su época a la elaboración de normas para la educación de los niños; con ello daban a sus reflexiones un tinte más práctico, pero no se basaban en una concepción científica de la sociedad y de su funcionamiento. Antes bien, las doctrinas pedagógicas anteriores al surgimiento de las ciencias del hombre tuvieron por lo general un carácter marcadamente utópico. Pero, así como en el curso de las grandes transformaciones económicas, sociales y políticas que produjo el nacimiento y desarrollo del capitalismo en Europa occidental y en los Estados Unidos de Norteamérica, los sistemas educativos sufrieron modificaciones que afectaron profunda-mente su naturaleza, también las doctrinas pedagógicas experimentaron cambios significativos, a medida que -con el surgimiento de un enfoque científico de los fenómenos sociales- comenzaron a contar con una base de sustentación teórica más sólida que en las épocas precedentes. Sin embargo, la ciencia social sólo empezó a ocuparse sistemáticamente de definir la naturaleza y funciones de la educación en las primeras décadas del siglo XX.
Como indicamos más arriba, los argumentos más rigurosos del positivismo acerca de la educación se resumen en la obra de Emile Durkheim. Si bien el positivismo no es historicista, el carácter histórico de la educación se reventa en el análisis de Durkheim, quien critica a las definiciones corrientes de la educación porque “Ellas parten des siguiente postulado: que hay una educación ideal, perfecta, que vale indistintamente para todos los nombres; y es esa educación universal y única la que el teórico trata de definir. Pero, para empezar, si se considera la historia, no se encuentra en ella nada que confirme semejante hipótesis.
La educación ha variado infinitamente según las épocas y según los países. Señala Durkheim que el examen comparativo de las diversas realidades históricas a las que se aplicó el concepto de educación permite extraer los elementos comunes a los procesos educativos en cualquier sociedad histórica. Así, el ámbito de la ciencia de la educación al menos desde el punto de vista de la sociología positivista de comienzos de siglo, es decir, describir y explicar la génesis y el funcionamiento de los sistemas educativos, queda claramente diferenciado del de la pedagogía. Ésta no serla sino una teoría práctica, que al igual que las teorías médicas, políticas o estratégicas, utiliza los descubrimientos de la ciencia para dirigir la acción. En consecuencia, las dificultades con las que tropieza una teoría práctica como la pedagogía surgen del carácter embrionario de las ciencias sobre las que se funda: la sociología, para la determinación de los orígenes y la orientación general de los métodos, y la psicología, para la selección, en detalle de los procedimientos pedagógicos.
El análisis de Durkheim pone en evidencia el carácter social de los procesos y los sistemas educativos; más aún, al desarrollar las nociones de la función homogeneizadora y la función heterogeneizadora de la educación, esta última vinculada a la necesidad de perpetuar la división social y técnica del trabajo alude a la diferenciación en castas, estratos o clases según la sociedad de que se trate, con lo cual se ve profundizado el concepto de la función social de la educación.
Sin embargo, al pasar al plano del análisis de la regulación de la sociedad, es decir, a la dimensión del ejercicio del poder, el carácter social de éste se disuelve, queda naturalizado, y por lo tanto, el poder constituido que regula entre otras cosas al sistema educativo-“natural” y automáticamente legitimado. “No cabe duda dice Durkheim-de que hacemos de la coacción la característica de todo hecho social. Sólo que esta coacción no resulta de una maquinación más o menos inteligente destinada a ocultar a los hombres las redes en las que ellos mismos se han apresado. Se debe simplemente a que el individuo se encuentra en presencia de una fuerza que lo domina, y ante la cual se inclina; pero esta fuerza es natural. No deriva de un arreglo convencional que la voluntad humana ha sobre agregado completamente a lo real. Surge de las entrañas de la realidad, es el producto necesario de causas dadas”.



