
Veamos ahora las cosas desde otra perspectiva. Hacia fines del siglo XIX, época en la que algunos historiadores sitúan la “segunda revolución industrial’, el sistema capitalista se había expandido a escala planetaria. Los sistemas educativos, en los países capitalistas más desarrollados los de Europa occidental y los Estados Unidos habían ampliado sensiblemente el alcance cuantitativo de la educación. La escuela pasaba por un proceso de control al sujeto educador tradicional de la sociedad precapitalista y feudal: la iglesia. Bien entendida, esa democratización significaba tan solo un mejoramiento en las oportunidades de acceso al sistema educativo para sectores más amplios de la pequeña y mediana burguesía urbana y rural.
Estas clases comenzaban a ver en la educación un medio eficaz para acceder al complejo sistema burocrático ligado a la organización propia del Estado democrático-liberal y a las esferas de la administración y organización de la producción, el comercio, y, en general, todas las nuevas actividades económicas creadas por la expansión del régimen de producción capitalista, que requerían la adquisición especializada de conocimientos y técnicas de diferentes grados de complejidad. La situación era muy distinta, en cambio, para la clase obrera y los otros sectores populares, a quienes les era imposible enviar a los niños a la escuela ele-mental, pues el nivel de subsistencia de las familias obreras se mantenía gracias a la temprana incorporación de la población infantil a las actividades industriales. Desde el punto de vista doctrinario, sin embargo. la burguesía inscribió en las grandes líneas de su programa político una serie de objetivos para la educación popular, ámbito que se convirtió en un instrumento fundamental de la acción política del Estado, independientemente de las alianzas de clases que lo sostuvieran.
Así, durante el Imperio, Bonaparte logró consolidar su idea de que la instrucción pública debía constituir la Nación, y ser “el primer resorte del Gobierno”. De ello no se sigue que el programa de la burguesía se realizara sin sobresaltos, y que se ampliaran las posibilidades de acceso a la educación para los sectores desposeídos de la sociedad. De cualquier manera, además de procurar la democratización del sistema educativo y el control estatal sobre las organizaciones que impartían educación y sobre sus programas, la burguesía liberal intentó avanzar sobre la iglesia proponiéndose generalizar la enseñanza laica. Por otra parte, y considerando la necesidad de difundir e imponer su dirección intelectual y moral sobre el conjunto de las clases en pugna en la sociedad, no pudo dejar de plantearse la necesidad de universalizar la escuela pública, y de darle un carácter obligatorio, y, por tanto, gratuito, habida cuenta de la creciente miseria de las clases no propietarias. Estos ambiciosos objetivos, que aún hoy, en muchos casos, siguen sin cumplirse, llegaron a plasmarse en la legislación del Estado, allí donde éste estuvo controlado por los sectores más liberales de la burguesía, y tuvo su repercusión en las colonias y los países dependientes; en América Latina, por ejemplo, México y Argentina contaron desde el siglo pasado con una legislación escolar tan liberal como la de los países capitalistas avanzados. En Argentina, la ley 1420, de 1884, instituye la enseñanza pública, universal, gratuita, laica y obligatoria.
Para cumplir con aquellos objetivos, el modelo de unidad operativa que impuso la burguesía al sistema de la “instrucción pública” fue la escuela elemental. Si se quisiera elaborar un “tipo ideal” de escuela burguesa, habría que reducir a una expresión simplificada las diversas variantes históricas de esta institución. En Inglaterra habría que tomar en cuenta las voluntary schools, creadas por departamentos de escuelas dependientes del Estado; en Estados Unidos, las escuelas elementales organizadas por los organismos especializados creados por los Estados confederados independientemente del gobierno central; en Francia, la escuela del sistema napoleónico, que ofrece el primer ejemplo de estatización completa de la instrucción pública; y, en Alemania. Las Volkschulen, escuelas populares elementales, reformadas y ampliadas con posterioridad a las guerras napoleónicas. A pesar de esta diversidad, la escuela burguesa puede considerarse formalmente homogénea, aunque los objetivos pedagógicos no fuesen los mismos debido a las particularidades nacionales.



