
Naturaleza y crianza se llama a estos dos elementos, que determinan lo que cada individuo es. Esta concurrencia para un resultado ha dado origen a largas discusiones sobre cuál de los dos desempeña el papel preponderante, es decir, si el hombre y en general todo lo que vive es más el resultado de su particular dotación genética que de su ambiente.
En el caso del hombre, y muy en especial respecto de su educación, el problema es complejo, pues el ambiente desempeña un papel más significativo que en el caso de los animales, debido a que además del ambiente físico que es el tipo de ambiente predominante en Ia ‘vida animal está el cultural, que es creación exclusiva del hombre y que está bajo su completo dominio; de tal manera que puede decirse que el hombre es, en gran ‘parte, su propia obra. El reino del hombre sería, pues, esencialmente el de la crianza, aunque dentro de las posibilidades de su particular constitución genética, o sea de su naturaleza.
Pero lo que más importa señalar no es tanto quién desempeña la parte principal en la formación y desarrollo del hombre su naturaleza o su crianza, sino que como el hombre no puede todavía controlar o modificar su constitución genética, pero sí puede controlar y modificar su ambiente, éste es el que más interesa para el desarrollo de su vida social y cultural, y por consiguiente para su educación. La educación es un proceso de creación de actitudes y de transmisión y desarrollo de hábitos, experiencias, conocimientos y técnicas, concebido y dirigido exclusivamente por el hombre y para el hombre, en interacción con el ambiente. El hombre no realiza su educación en sí mismo: necesita del ambiente para concretarla y expresarla. El ambiente es el registro y la imagen de su vida y su actividad; es como su segunda naturaleza. Un hombre puede ser físicamente desconocido por muchos, pero puede comprobarse su existencia o su paso por su huella en el ambiente. Esta huella es fruto de su comportamiento, de su actitud, de sus hábitos, experiencias, conocimientos y técnicas. Cada morada del hombre es única.
La vida humana es una continua interacción entre el individuo y su ambiente, que varía en su tipo e intensidad de un pueblo a otro, de un individuo a otro, y en un mismo individuo en momentos y situaciones distintas. La vida prospera por la renovación constante de necesidades y deseos: el envejecimiento tiene tanto que ver con la constitución genética y el funcionamiento biológico, como con el ambiente síquico, social y cultural de cada uno. Sentirse joven o viejo, agraciado o desechado es tanto como serlo. Hay gente que tiene de todo y siente como que no tiene nada. El hombre que no presta atención a la calumnia, la envidia o el menosprecio, está realmente libre de ellos, pues son extraños a su ambiente de vida. Para un ateo, el problema de la desobediencia a los mandatos de cualquier iglesia le tiene sin cuidado; pero no para un creyente militante respecto de la suya. El hombre nace y se hace en un constante proceso de interacción.
La diferencia mental y de conducta en los hombres muestran sorprendentes cambios de acuerdo con las diferencias de condiciones de ambiente. Un hombre que se arruina o se enriquece; comete un delito o cumple una buena acción; hunde o salva una vida; recobra la salud o se enferma; le nace un hijo o se le muere; lo aprueban o lo reprueban en sus exámenes; fracasa o tiene buen éxito en lograr lo que pretende; se casa o enviuda; se enorgullece o se avergüenza; sus amigos lo levantan en andas o le dan de puntapiés, etc., es siempre otro en el momento del cambio. Cada cambio que se vive no es sólo una instancia, sino una vida más. Las variantes frecuentes e infinitas en el modo de ver y de apreciar son características netamente humanas. No pensamos ni obramos de la misma manera cuando estamos en nuestra casa, que cuando estamos fuera; cuando estamos solos, que cuando estamos acompañados; cuando nos ven, que cuando no nos ven; cuando estamos obligados a hacer algo, que cuando no lo estamos; cuando nos coartan, que cuando nos dan “piedra libre”. En todo hombre hay la posibilidad de ser lo que ni él ni nadie creería que podría ser. Las condiciones de ambiente juegan siempre un papel decisivo. El comportamiento del individuo depende mucho de las condiciones que actúan sobre él. Un hombre puede hacer o decir tal cosa bajo ciertas condiciones o en determinado momento, pero no siempre; tendría que repetirse exactamente el mismo con junto complejo de condiciones y situaciones; y eso jamás ocurre. La singularidad del hombre se manifiesta no sólo en su composición genética sino en sus actitudes y conducta, que nunca son rigurosamente idénticas. La educación debe, pues, tener en cuenta que cada vida humana es un proceso constantemente cambiante.
Las conclusiones de este breve examen serían: Que todo lo que vive se desarrolla y evoluciona de acuerdo con sus genes, su citoplasma y su ambiente, en un constante proceso de interacción. Que, en el caso del hombre, su ambiente desempeña un papel mucho más importante que el del ambiente o contorno de los animales. Que la educación debe poner su atención y su esfuerzo en la evolución del ambiente, por ser el camino apropiado para favorecer la evolución del hombre.



