La formación religiosa

Junto a los tres elementos fundamentales de la cultura humana, ciencia, moral y arte, pretende la Religión ser reconocida como algo propio e independiente. Ciertamente no dispone de una verdadera manera de formación objetiva distinta fundamentalmente de aquellas tres; pero al servirse como medio de expresión de todas ellas cree superarlas a todas, elevándose sobre todos los límites finitos de la ciencia humana, de la moral y del arte, hasta llegar a lo infinito sobre toda la condicionalidad de la esencia humana aquí en la tierra, hasta lo incondicionado, ultraterreno (trascendente). De este modo entra inevitablemente en conflicto agudo con aquellas (ciencia, moral y arte), que desean limitarse a las fronteras de la humanidad. Al pretender afirmarse como conocimiento de lo trascendente, como doctrina científica de Dios (Teología), se pone en contraposición con la propia conciencia crítica del conocimiento teocrático, el cual enseña que lo infinito, lo incondicionado, no es objeto de la ciencia humana; al poner al hombre en una relación personal, esto es, en una relación voluntaria con lo incondicionado, y al libertarle mediante esto del peso de la culpa, elevándole sobre la lucha sin fin a un problema infinito, quiere dominar el abismo entre el deber y el ser; y así entra en contradicción no menos aguda con la propia conciencia crítica de la moral humana, la cual demuestra que este abismo es infranqueable en los límites de la humanidad. Por último, al presentar en los actos simbólicos del culto lo trascendente como inmediato con la realidad empírica, quebranta la «aparente rectitude del símbolo artístico, el cual presenta anulada ciertamente la lucha entre el ser y el deber; pero para tal representación no puede pretender un carácter de realidad trascendente. Según esto, la Religión de lo trascendente no se puede unir (con la ciencia humana, con la moral y el arte; así se presenta, en efecto, de un modo innegable el conflicto entre ambas en todo el proceso de la cultura humana.

Según su aspecto subjetivo, la Religión quiere representar la inmediatabilidad plena y concreta de lo vivido en oposición a todo el conocer mediato, al querer y a la fantasía creadora y el último germen de la interioridad de la vida anímica, en oposición a todo enajenamiento y desaparición; tal es lo que nosotros (con Schleiermacher) expresamos diciendo, en resumen, que arraiga en el «sentimiento». Con esto no se supone una fuerza especial anímica junto a la inteligencia, a la voluntad y a la fantasía, tal como el poder del placer y dolor, sino más bien la unión última interior de todo en los fenómenos especiales, en lo último inmediato de la misma vida subjetiva, en la cual toda especialización se considera anulada. Precisamente así se comprende psicológicamente la pretensión de universalidad de la Religión, su tendencia a traspasar todos los límites finitos, su valor relacionado meramente con lo infinito, lo absoluto.

Pero, sin embargo, si la Religión tiene un origen en el mismo hombre, debe ser posible la solución del conflicto entre la Religión y la humanidad, y, por tanto, debe ser posible en si una «religión dentro de los límites de la humanidad》. Debería consistir en que llegase a dominar el germen puramente moral de la religión, esto es, la creencia confiada en la realidad del problema moral y la conciencia de la comunidad ideal de toda la especie humana, posible mediante ello; que se abandonase eI dogma de lo trascendente como tal, y dejara lugar a una pura comprensión del fin moral, mantenida por la necesidad de una verdad profunda del evolutivo conocimiento humano; pero la representación religiosa con toda su ingenua fuerza simbólica permanecería, aco hecho esta transformación se ha abierto camino desde hace largo tiempo; pero en tanto no penetre en la conciencia general, la educación pública se encuentra ante dos problemas difíciles: el de la religión trascendente y de la pura humanidad, que mutuamente quieren hacer valer sus pretensiones contradictorias, y su misión es mantenerlas en paz Sin embargo, en esto no hay ninguna dificultad insuperable para aquella Pedagogía que no pretende formular autoritariamente una convicción en el discípulo, sino que quiere dejarle en libertad para que él decida independientemente. Bajo la suposición de que esto último pueda ser el problema de la escuela, no habría necesidad, en modo alguno, de que la Religión fuera separada de la instrucción pública. Ni tampoco se puede desear. Pues la Religión se halla en una conexión interior tan estrecha con toda la cultura humana, que su separación significaría una mutilación del universo espiritual de la humanidad. Por tanto, aquel conocimiento y aquella comprensión de la Religión que pertenece inexorablemente al conocimiento y a la comprensión de la cultura humana puede y debe abrirse, tanto cuanto sea posible, a todos; por el contrario, la escuela no puede imponer autoritariamente una convicción religiosa cualquiera, ni general ni especial, ni positiva ni negativa. Porque precisamente educar, en el verdadero sentido, no es imponer una autoridad, sino despertar la independencia espiritual. Es saludable para todos plantearse el problema de la Religión; pero la contestación a este problema ha de encontrarla cada uno en su propia conciencia. Por tanto, una instrucción religiosa «no dogmática», tal y como lo exigieron y practicaron de hecho Pestalozzi y Diesterweg, no sólo no es imposible, sino que pedagógicamente es la única accesible y que puede exigirse. El proceso gradual de la educación religiosa corresponde completamente al de la formación en todas las demás direcciones de la humanidad. El primer grado es la creencia ingenua del niño, la cual todavía no se encuentra en lucha con ninguna pretensión, ya sea la de la ciencia, la de la moral humana o la del arte. La Religión, en este grado, es todavía una pura idealización de las relaciones fundamentales moralmente humanas, tal y como se halla indicada por Pestalozzi. La crisis de la educación religiosa conduce al segundo graduablemente. Al niño no se le puede exigir en la escuela una resolución de este problema; más bien, teniendo en cuenta su falta de madurez, debiera de aplazarse.

 

Related Post