
A esta pregunta se han dado respuestas muy diferentes; ellas pueden derivar de dos tipos principales.
Según Kant, “el objetivo de la educación consiste en desarrollar en cada individuo toda la perfección de que él es susceptible”. ¿Pero qué se debe entender por perfección? Es, se ha dicho muy a menudo, el desarrollo armónico de todas las facultades humanas. ¿Llevar al punto más alto que pueda alcanzarse todas las potencias que hay en nosotros, realizarlas lo más completamente posible, pero sin que se perjudiquen unas a las otras, uno es acaso un ideal que no podría ser superado por ningún otro?
Pero si, en cierta medida, ese desarrollo armónico es, en efecto, necesario y deseable, no es íntegramente realizable; pues se encuentra en contradicción con otra regla de la conducta humana que no es menos imperiosa. No podemos y no debemos consagrarnos todos a un mismo género de vida; tenemos, según nuestras aptitudes, diferentes funciones que cumplir, y uno debe ponerse en armonía con aquella que le incumbe. Ahora bien: el pensamiento sólo puede desarrollarse separándose del movimiento, replegándose sobre sí mismo, desviando de la acción exterior al sujeto que se entrega a eso por entero. De ahí una primera distinción que no es posible sin una ruptura de equilibrio. Y la acción, por su lado, como el pensamiento, es susceptible de tomar una multitud de formas diferentes y especiales. Dicha especialización no excluye, sin duda, cierto fondo común, y, en consecuencia, cierta oscilación de las funciones tanto orgánicas como psíquicas, sin las cuales la salud del individuo, y al mismo tiempo la cohesión social, estarían comprometidas. No por ello es menos cierto que una armonía perfecta no puede ser presentada como el fin último de la conducta y de la educación.
Aún menos satisfactoria es la definició.1 utilitaria según la cual la educación tendría como objeto “hacer del individuo un instrumento de felicidad para sí mismo y para sus semejantes” (James Mill); pues la felicidad es una cosa esencialmente subjetiva que cada uno aprecia a su manera. Tal fórmula deja, pues, indeterminado el objetivo de la educación, y, en consecuencia, la educación misma, puesto que lo deja al arbitrio individual. Spencer, es cierto, ha tratado de definir objetivamente la felicidad. La felicidad completa es la vida completa. ¿Pero iqué debe entenderse por la vida? Si se trata únicamente de la vida física, se puede muy bien decir aquello sin lo cual sería imposible; ella implica, en efecto, cierto equilibrio entre el organismo y su medio, y, puesto que los dos términos relacionados son datos definibles, lo mismo debe pasar con su relación. Un espíritu cultivado prefiere no vivir a renunciar a las alegrías de la inteligencia. Incluso, nada más que desde el punto de vista material, todo lo que supera lo estrictamente necesario escapa a toda determinación.
El standard of life. como dicen los ingleses, el nivel de vida, el mínimo por debajo del cual no nos parece que se pueda consentir descender varía infinitamente, según las condiciones, los medios y los tiempos. Lo que ayer considerábamos suficiente hoy nos parece por debajo de la dignidad del hombre, tal como la sentimos al presente, y todo hace creer que, en cuanto a este punto, nuestras exigencias irán en aumento. Ellas parten del siguiente postulado: que hay una educación ideal, perfecta, que vale indistintamente para todos los hombres; y es esa educación universal y única la que el teórico trata de definir. Ese postulado tan discutible tiende por sí mismo a un error más general. Si comenzamos por preguntarnos así cuál debe ser la educación ideal, hecha abstracción de toda condición de tiempo y de lugar, es porque admitimos implícitamente que un sistema educativo no tiene nada de real por sí mismo. Sólo se ve en él un conjunto de prácticas y de instituciones que se han organizado lentamente, con el correr del tiempo, que son solidarias de todas las demás instituciones sociales y que las expresan, y que, en consecuencia, como la propia estructura de la sociedad, no pueden ser cambiadas a voluntad. Se imagina que los hombres de cada época la organizan voluntariamente para realizar un fin determinado, y que, si tal organización no es la misma en todas partes, es porque ha habido error sobre la naturaleza del objetivo que conviene perseguir, o sobre la de los medios que permiten alcanzarlo. Desde ese punto de vista, las educaciones del pasado aparecen como otros tantos errores, totales o parciales. Éstos, cuando llegan a ser adultos, no se encuentran en condiciones de vivir entre sus contemporáneos, con quienes no están en armonía. Que hayan sido educados según ideas arcaicas o demasiado prematuras, no importa; tanto en un caso como en el otro, no son de su tiempo y, en consecuencia, no están en condiciones de vida normal. Hay, pues, en cada momento, un tipo regulador de educación del que no podemos apartarnos sin chocar con vivas resistencias que sirven para contener las veleidades de disidencia.



