El mundo del arte y la formación estética

Existe todavía un verdadero mundo de objetos junto con el de la inteligencia y el de la voluntad (ciencia y moral y actividad de ambos en la creación técnica y en la formación social): es el mundo de la conciencia estética o del arte. Este mundo es objeto de una verdadera dirección de la conciencia, de una verdadera clase de conocimiento. En la creación estética es el último germen la intuición interior, la intuición creadora, esto es, una verdadera clase de objetivación. Pero su característica consista en que supera la verdad teórica (del ser) y la práctica (del deber), las cuales parecen estar en lucha, y en esta lucha permanecen ambas inalcanzables, y si no las une realmente, pretende unirlas en virtud de su propio derecho: presenta el deber ser tal y como sería el ser cuando fuera lo que debiera ser; esto es, toma previamente en la representación aquella unión de ambos a la cual se tiende, pero que de hecho no se alcanza nunca; esta unión exigida en sí misma es pensada en la exigencia con verdad interior; pero no pretende alcanzar una verdad exterior, pues lo intuido artísticamente no pretende valer como realidad natural, ni quizá como exigencia de la voluntad. Con esta libertad, frente a las leyes del intelecto y de la voluntad, dispone la creación estética de la materia de ambas y las utiliza como juego. El derecho último de este juego descansa en la conciencia plenamente verdadera de que todo en nuestra conciencia, naturaleza y reino moral, mundo y reino sobrenatural, es propio y es mostrado como su imagen, no meramente sobre su objeto, sino, ante todo, sobre la conciencia misma. Por tanto, el puro sentimiento, que es, sin embargo, ultra individual, por el hecho de que se dirige a la formación de objetos, es el que desprende en nosotros el juego estético.

 

Por esto la estética es, ante todo, subjetivamente cosa de la libre fantasía, que no sirve a fines extraños, sino a fines propios. Sin embargo, no es un mero entender, sino un entender sentimental; incluye un momento de la dirección, del movimiento, por tanto, del impulso; el movimiento, en el cual se caracteriza la forma en el alma, y la dirección que acompaña a esta forma y el movimiento del sentimiento: tal es lo que constituye el fenómeno estético.

Por eso la educación estética descansa también esencialmente sobre la verdadera actuación y no sobre una intuición meramente pasiva. Y para tener un carácter estético la actividad formadora no puede dirigirse a la realidad meramente natural; entonces sería mera técnica, y pertenecería, por tanto, a la educación intelectual; tampoco puede ser mostrada exclusivamente con fines morales como en la «instrucción del carácter» de los herbaríamos, sino que debe elevarse a aquella libertad del mero juego que brota del sentimiento vital interior, lo cual forma la característica de la estructura estética. El proceso gradual de la educación estética es exactamente paralelo al de la educación intelectual y de la voluntad, El fundamento sensible forma el juego natural del niño. El alma del niño vive todavía en actividad creadora completamente espontánea; está todavía completamente llena de aquel sentimiento de formación libre que constituye el germen de la estética; pero no tiene conciencia de él, precisamente porque vive completamente dentro de él y porque todavía no ha aparecido un mundo de la realidad y un mundo del deber que se han separado resueltamente de la libre formación de la fantasía. Esta escisión debe cumplirse precisamente en el grado medio, en la edad escolar; en esto consiste el peligro de una desmedramiento del impulso estético. Para eso debe trabajar frente a él la instrucción escolar, y de hecho no hay ninguna esfera especial de la instrucción que no ofrezca múltiples ocasiones a la educación estética; de igual modo la educación moral no debe impedir la libertad estética. Al último grado pertenece la conciencia plena de In estético, presentada sobre su propio fundamento, y con esto la plena satisfacción propia del impulso estético, hasta llegar al conocimiento estético y hasta al presentimiento de un universo estético y su relación con el universo del intelecto y con el de la voluntad moral. Por tanto, la educación estética encuentra su conclusión en la estética filosófica.

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