Los cambios de la situación educativa

En muchas declaraciones se recomienda a la escuela que vuelva a los viejos métodos y objetivos para asegurar el saber y lograr rendimientos prácticos sobro la baso de ejercicios. Si en esas polémicas se cantan loas a la “vieja escuela del estudio” en comparación con el cual la escuela moderna se lleva la peor parte, porque se hace responsable do los defectos al “tumulto de la reforma escolar”, a las continuas tentativas de mejoramiento, al jugar con métodos, etc. entonces se pasa por alto, con una burda simplificación, el hecho de que la situación formativa de Ia juventud actual ha cambiado profundamente. Insinuaremos tan sólo algunos do los cambios producidos: el sobreesfuerzo que exige del niño de hoy a cambio do las condiciones sociales; la sobrecarga debida a la ininterrumpida serle de estímulos que emanan de la civilización y a un ritmo de vida que ya nada tiene que ver con una verdadera vida infantil.

A estos fenómenos, que a todos nos preocupan, se agregan aún otros factores nuevos:

  1. a) la aceleración de la madurez: el período de sosiego en la vida infantil, antes de la pubertad, tan significativo para el aprendizaje, se atraviesa temprana y rápidamente y por ende se abrevia.
  2. b) El “empobrecimiento” o “debilitamiento” de la escuela primaria, debido al traslado excesivo de los niños bien dotados a los colegios secundarios, lo cual confiere al ciclo superior de la escuela primaria el carácter de una escuela de atrasados.

En el manifiesto de las asociaciones alemanas de maestros (Pentecostés de 1958) se expresa: “Vivimos en la época del «milagro económico», pero la escuela sigue siendo el damnificado de la guerra; no hemos vencido ni siquiera la falta de espacio y la enseñanza por turnos.”

Todos estos contratiempos y dificultades no deberían pasarse por alto y nos llaman a la prudencia al comparar la escuela actual con la escuela de antes. No se debería comparar lo que no es comparable. La escuela de principios de siglo, libre de problemas, trabajaba en condiciones normales, completamente diferentes, en oposición a la de hoy que tiene que enfrentar un sinnúmero de problemas no resueltos de índole didáctica y educativa.

Preguntas dirigidas a la escuela misma

Más allá de todo esto, también surgen, dentro de la esfera misma de la escuela, justificadas dudas acerca de esa falta de rendimiento. ¿No se puede imputar a nosotros mismos una cantidad considerable de culpa y omisión? Cumplimos realmente, siempre y por doquier, dentro de lo posible, con las exigencias que la vida puede hacerle, y con razón, ¿a la enseñanza? Esas afirmaciones verdaderamente inquietantes de los pedagogos del pasado y presente no deberían llamarnos la atención y conducirnos, por fin, ¿a reflexionar seriamente sobre las causas profundas de un resultado formativo tan deficiente? ¿Hacemos verdaderamente todo lo necesario para dar a nuestros egresados una auténtica formación, un saber que necesitan y pueden utilizar y que, por eso, sea duradero? Trasmitimos muchas cosas superfluas omitiendo otras, ¿porque nuestra escuela aún no ha sabido establecer el contacto con la vida contemporánea? No nos es posible analizar aquí todas estas cuestiones trascendentales; nos limitamos, con respecto al principio de la consolidación del rendimiento, a esta pregunta: ¿Qué podemos hacer, por lo menos en el campo de la ejercitación y memorización, para asegurar los resultados de la enseñanza y obtener buenos rendimientos? Falta de disposición para el ejercicio

Lamentablemente tenemos que comprobar, con toda imparcialidad, que la tan necesaria consolidación del rendimiento, el cuidado del buen ejercicio y de la retención del saber, son, en todas las materias y desde hace mucho, los huérfanos en la configuración de la actividad didáctica. Practicamos poco y sin ganas. “Quien compare todo el arte pedagógico, que la escuela dedica tradicionalmente a la ejercitación, con el esmero que consagra a la exposición, no puede menos que comprobar una sorprendente desproporción. En los manuales y en las clases modelo, así como en la preparación del maestro, aquella parte del camino didáctico que comprende la exposición o la elaboración y compenetración del material instructivo, goza de especial preferencia. La ejercitación, en cambio, en mayor o menor grado se acepta como un mal necesario, objeto de la diligencia en el hogar o al cual se dedica un rato hacia el final de la clase, o antes de dar los boletines.” Pero la ejecución del ejercicio hecha con disgusto significa privación de su sentido y aburrimiento para el alumno. Si dedicáramos mayor energía a los repasos y ejercicios, obtendríamos mejores rendimientos también en este sector del proceso formativo.

El hecho de que a la consolidación del éxito formativo por la escuela no siempre se le haya dedicado, ni se le dedique, la atención y el esmero que le corresponden, se debe a las siguientes causas:

  1. El exceso de material, con el consiguiente ajetreo y apresuramiento, naturalmente sacrifica la ejercitación y el repaso.
  2. Al superarse la vieja escuela instructiva y expositiva, se ha desvalorizado también, lamentablemente (en favor de las fuerzas creadoras del niño) el sólido y sano estudio sin el cual ninguna escuela puede cumplir con su cometido. 
  3. La acentuación demasiado unilateral del desarrollo formal de las fuerzas, la sola orientación hacia el despertamiento de habilidades y aptitudes, la poca consideración de los contenidos materiales, que no eran sino medios para un fin, producían, por lo menos en el campo de la ejercitación del saber, un deliberado desprecio del saber material, y se limitaban a trasmitir un “saber básico” muchas veces bastante modesto.

 

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