
En plena oposición a esta pedagogía activa, a sus ideas, sus formas escolares y su actitud didáctica fundamental se halla la escuela llamada expositiva o meramente informativa por el movimiento de escuela activa. Entonces toda instrucción tiene la misión de formar ese tejido de representaciones, de conducir al alma infantil hacia la madurez enriqueciendo metódicamente su acervo de representaciones. Así se comprende la idea de que aquélla tenga que sufrir la formación, por decirlo así, o hablando en términos didácticos: se trata de escribir en esa “hoja en blanco” que es el alma infantil, “llenándola” con buenas representaciones.
De ello surgen, a su vez, los correspondientes requisitos metódicos: Prepárese primero el suelo para recibir las nuevas representaciones, por medio de acercamiento”, “sintonización”, “introducción’, etc. Luego ofrézcase lo nuevo. Pero antes elévense a la conciencia las representaciones viejas, resúmanse, combínense con las nuevas, etc. En este mecanismo de representaciones hemos de buscar la raíz de los llamados pasos formales que durante muchas décadas habían cautivado el pensamiento metódico de los maestros. Fue entonces cuando llegó a predominar la metódica. Porque si la estructuración de la enseñanza debe guiarse únicamente por las leyes del proceso de aprendizaje, tal como lo concibe la psicología de asociaciones, entonces todo depende de encontrar leyes cada vez más sutiles en la conformación gradual de una clase. En esta sobre acentuación de todo lo metódico, en el sentido de un método de exposición cada vez más refinado y diferenciado, hemos de ver un rasgo característico de la escuela expositiva. Cuanto más refinado el método, tanto mayor será el éxito formativo. Desde aquí hay un solo paso a la idea de un método apto para todos los casos. La “idea del método universal pertenece a todo racionalismo como su hijo más legítimo”.
La escuela expositiva no tiene en cuenta la individualidad del alumno. No repara en las diferencias de nivel, disposición e inclinación de sus alumnos ni en la velocidad y ritmo individuales de cada uno. Por el contrario, parte de la suposición de que a este respecto todos son iguales. En los pasos formales presupone que los actos de apercepción se realizan simultáneamente en todos los alumnos si el maestro los lleva dé grado en grado. Con la ficción del “alumno normal”, es decir, del alumno promedio, de situación y nivel de formación idénticos, determina un nivel medio de enseñanza para todos los alumnos, aunque algunos se aburran mientras otros quedan a la zaga. La forma exterior de esa enseñanza es el llamado bloque de atención, el trabajo “en un mismo frente”. El trabajo de la clase normal está centrado exclusivamente en el maestro. De él llegan las órdenes e indicaciones con una uniformidad de exigencia que aísla en sí a cada uno de los alumnos. Como la comunicación con los demás está prohibida, la ayuda entre vecinos queda excluida, porque estaría en detrimento de la atención concentrada. La clase trabaja esencialmente bajo el impulso ajeno; la pregunta del maestro es el motor propiamente dicho de la enseñanza.
La escuela expositiva se desentiende de la actividad infantil. Es éste eI punto de ataque más importante para la escuela activa. El placer de actividad del alumno, su disposición de colaborar por medio de preguntas y sugerencias.se considera en el fondo como factores perturbadores para la enseñanza expositiva A tal actitud corresponden las formas y los contenidos de la enseñanza. Fiel a la mencionada orientación racionalista, la palabra adquiere una importancia enorme. Todo se verifica a través de la exposición (“escuela verbalista”), la creación y representación apenas si se ejercitan, el dibujo y el modelado, las labores y los trabajos manuales se consideran como una lamentable pérdida de tiempo. Vistas en conjunto, la escuela expositiva del herbartianismo y su didáctica no pueden tildarse de ilógicas. El razonamiento de sus tesis fundamentales fue llevado a cabo con admirable consecuencia; las bases, sin embargo, son erróneas.
Sobre ese fundamento se erigía la escuela de las últimas décadas, y no se puede negar que aún hoy muchos maestros entrados en años la conservan inconscientemente, máximo si se tiene en cuenta que los institutos de formación de maestros eran los grandes semilleros del herbartianismo. “En aquel entonces la enseñanza fue acuñada en una forma de verdadera validez universal como nunca después, por la generación de pedagogos sucesores de Herbart. En esa escuela nació el último sistema didáctico acabado… Generaciones enteras de maestros han sido formados por esa escuela pedagógica y precisamente por ello se ha creado una tradición. El maestro andaba por un camino seguro.” Una superación íntima de esa escuela, superación en la cual estamos trabajando aún, porque todavía “el herbartianismo sigue condicionando las capas más profundas de nuestra conciencia pedagógica” (Sprenger), podía y puede lograrse únicamente sobre la base de nuevas concepciones psicológicas y pedagógicas, y no solamente didácticas.



