
- a) La conversación instructiva “libre” es la forma pura de la actividad común entre alumnos y maestro, tal como acabamos de describirla. Los temas son dados por los niños. Generalmente se trata de preguntas que han de contestarse en la conversación común, es decir que no guardan ninguna relación a directa con la enseñanza normal. Representan, por decirlo así, “la variable en forma de la adquisición de conocimientos deseados por el niño, frente a la constante en forma de un canon de bienes formativos”. El prototipo y modelo de semejante conversación libre lo encontramos en la “enseñanza globalizada” desarrollada por Berthold Otto. Este mismo la describe como sigue: “Estoy sentado aquí en este lugar, en derredor mío están sentados los alumnos. Alguno de ellos propone un tema. No importa qué tema sea. Surgen las vivencias más simples, los acontecimientos del, día, los más profundos problemas filosóficos, y ocurre a menudo que ambos asuntos alternan sin transición. Propuesto el tema, se lo discute mientras subsista el interés del grupo. Observarlo y juzgarlo le incumbe al maestro… La pregunta hecha por un alumno será contestada, si es posible, por otros alumnos. Además, esto resulta así por sí solo, igual como sucede en la mesa familiar. Cuando un niño pequeño pregunta algo en la mesa, primeramente, uno de los hermanos mayores tratará de contestar; y sólo cuando éstos fallen intervendrán los padres. Lo mismo sucede en nuestro círculo. Los alumnos mayores responden a los menores, y por lo general lo hacen muy hábilmente. Más sí los conocimientos de los alumnos no alcanzan, entonces tratamos de contestar nosotros los maestros, hasta donde alcancen nuestros conocimientos, lo que no siempre es el caso, de manera perfecta… Todos dominamos el arte de decir a los niños: Esto, yo tampoco lo sé. Por cierto, agregamos siempre: Pero me voy a informar.
- b) La conversación instructiva “dirigida”, en cambio, gira más bien en torno de los interrogantes planteados o propuestos por el maestro y por ende relacionados con la enseñanza. En este sentido es dirigida. Los conceptos de “libre” y “dirigida” no se refieren, pues, en primer lugar, a la manera en qué se lleva a cabo y se dirige la conversación. Por eso sería mejor no hablar de una conversación instructiva “libre” en oposición a la “dirigida”, pues toda conversación ha de ser dirigida para que no degenere en un vago parloteo o un informal “intercambio de ideas”.
LAS CONDICIONES PREVIAS DE LA CONVERSACIÓN INSTRUCTIVA
Condiciones exteriores
Quien quiere llevar una conversación entre adultos, se vuelve hacia el interlocutor. Observa no solamente las palabras de los participantes, sino también la expresión de los rostros y la mímica. Leyes sociológicas similares rigen también la conversación instructiva. Al hablar de la pregunta del alumno, ya señalamos que el cerrado “bloque auditivo” de las filas de bancos se presta muy poco a confrontar a los alumnos. Más necesario aún es ese enfrentamiento en la conversación instructiva. Porque el entusiasmo de conversar se despierta sólo en esa situación de cara a cara:
“Las personas reunidas en círculo se enfrentan plenamente unas a otras. Cada una está entregada a la otra… El círculo hace concentrar fuertemente, no sólo en el tema de la conversación, sino con la misma intensidad en la actitud de cada uno. Uno debe dominarse de manera muy distinta, porque de pies a cabeza está expuesto a las miradas y por ende al juicio de los demás… El círculo libera maravillosamente a cada uno ante el otro, y lo predispone a abrírsele”.
Ahora bien, si esa distribución con asientos movibles no fuera más que fachada, esas formas van a durar poco. La discrepancia intima entre el espíritu y la forma exterior suele desembocar rápidamente en una falta de sentido, y el triste fin es entonces el retorno al estilo didáctico tradicional y a la distribución conforme al sistema de bloque auditivo que permite imponer mucho mejor los viejos órdenes disciplinarios. Una utilización meramente exterior de la forma circular, conservándose el viejo método de preguntas y respuestas y la cadena de preguntas menudas, es una contradicción en sí. El atractivo primitivo de la novedad se pierde rápidamente, y al final viene, para maestro y alumnos, la insatisfacción, la desilusión, si no se recuerda a tiempo para qué se había hecho la nueva institución exterior. Creemos, pues, que, con un estilo didáctico fiel al espíritu de la escuela tradicional, la forma rigurosa de las filas de bancos es mucho más honesta e indicada que las impotentes tentativas, que lamentablemente se observan con tanta frecuencia, de llegar con medios puramente exteriores aulas instaladas según los conceptos novedosos a un nuevo estilo didáctico.



