EL NIÑO

Niño con mochila caminando sobre una colina verde bajo un cielo despejado.

Niño con mochila caminando sobre una colina verde bajo un cielo despejado.

Durante siglos las preocupaciones educativas giraron en torno del trabajo del educador qué debía enseñar y cómo debía hacerlo, pues lo que más interesaba era asegurar el éxito de la acción educativa. Sólo en el siglo XVIII, con Jean Jacques Rousseau (1712-1778), se inicia una verdadera revolución pedagógica, porque el pensador ginebrino desarrolla el principio de la educación progresiva, sosteniendo que cada período de la vida constituye una etapa que tiene su perfección y su propia madurez. 

Por consiguiente, como el educando no es el mismo en todas las edades, la educación debe adaptarse a las sucesivas etapas de su desarrollo y, por ello, ha de partir de lo que es el educando. Este principio transformó radicalmente la posición del educador e introdujo la idea, hoy común, de que la acción educativa debe desarrollarse sobre la base de un gran respeto por el niño.

Sin embargo, no todos los que han seguido a Rousseau han tenido idéntico criterio para estudiar al niño. Algunos han dado primacía casi absoluta a la consideración del aspecto biológico de su individualidad; otros han destacado la importancia de enfocar el estudio del niño exclusivamente desde el punto de vista psicológico.

Estas dos posiciones son unilaterales porque olvidan algo esencial: que el niño es una unidad, un ser corporal y espiritual y que, por ende, lo biológico y lo psíquico no son más que dos aspectos, cuyo desarrollo se produce paralelamente de esa unidad vital que es el educando. De ahí que, tratando de superar los limitados y parciales planteos que han predominado tradicionalmente, la pedagogía contemporánea postule la necesidad de un estudio integral del niño, con el objeto de conocer sus características y necesidades, para poder atender a todas sus posibilidades

Related Post