
No basta querer, es preciso saber estudiar. Sol quien sabe estudiar consigue aprovechar su eficiencia fuerzo y aprender con facilidad y Pero como la escuela no se preocupa de enseñar a estudiar, cada alumno se apresta a hacerlo como y cuando se le antoja. Las consecuencias son catastróficas: un elevado tanto por ciento de estudiantes olvida en seguida lo que creyó aprender; otro recuerda apenas de memoria una porción de datos que nunca consigue utilizar; el resto obtiene finalmente un rendimiento aceptable, pero a costa de su salud. Y todavía existe quien, ante las dificultades, se desilusiona y renuncia a terminar su formación profesional o cultural.
Finalidad del Estudio
Nadie puede estudiar con provecho si no se responde antes a estas preguntas: ¿qué voy a estudiar? ¿Por qué voy a estudiarlo? Cómo. cuándo, ¿dónde y cuánto me conviene estudiar? Por extraño que parezca son muchos los estudiantes que a la primera pregunta contestarían simplemente: “Voy a estudiar este libro o estos libros, apuntes, etc.”; más la verdad es que el libro no constituye el objeto de estudio y sí un objeto para el estudio. Dicho de otro modo: el libro sirve de instrumento, de medio, de vehículo, de apoyo y de ayuda para obtener informaciones, datos o conocimientos. pero la sustancia de pos de el y reside en la naturaleza o en el espirita. En primer lugar, que el estudiante delimite y destaque bien ese contenido o ser del estudio y no lo confunda con la letra impresa que coloca ante sus ojos.
La segunda pregunta tiene todavía más importancia y es preciso responderla con singular exactitud, pues ella representa el descubrimiento del valor de los motivos que nos impelen a estudiar y, por tanto, sirve para fijar el grado de interés que vamos a poner en ese esfuerzo mental. El hombre sólo actúa cuando es solicitado por alguna necesidad o fuerza motiva. Esta fuerza casi siempre le es conocida y le resulta fácil identificarla, pero a veces no sucede así, y en tal caso él mismo se confiesa que no sabe por qué está haciendo esto o aquello; cuando ocurra eso, su conducta será siempre falsa y deficiente. Debemos, pues, saber por qué vamos a estudiar, cuáles son las ventajas o beneficios que pensamos obtener con nuestro estudio. Tales ventajas o beneficios son de dos órdenes: materiales y espirituales, y hemos de procurar siempre que se encuentren en la debida proporción, pues un estudio exclusivamente mercenario o motivado tan sólo por la curiosidad, corre el riesgo de fallar en cualquier instante. El padre Vitoria sintetizó muy bien el asunto cuando dijo que conviene estudiar tanto por obligación como por ambición y por devoción.
Los Modos o Estilos de Estudio
Conocidos el qué y el porqué, enfrentamos ahora el cómo estudiar. Existen tantos tipos de estudios como tipos de aprendizaje y de personalidad, más hemos de recomendar aquí solamente los que juzgamos preferibles y ellos quedan reducidos a dos: el estudio teórico y el estudio teórico práctico. En el primero no se procede a comprobar experimentalmente la validez de los conocimientos adquiridos; en el segundo, sí. Tanto en uno como en otro conviene en primer lugar que el estudiante sepa ordenar y jerarquizar la importancia de esos conocimientos, o sea, que consiga separar lo fundamental de lo superfluo y al propio tiempo no salte los puntos difíciles. Este gesto de “dejar para más tarde” la comprensión y seguir adelante a fin de llenarse la cabeza con la mayor cantidad de datos almacenable en el tiempo de estudio, resulta nefasto para el provecho a obtener.
Mil veces preferible sería interrumpir brevemente el esfuerzo y consultar con algún profesor, amigo o colega en demanda de aclaraciones o explicaciones; si no hay nadie a quien recurrir, se puede buscar la materia en otros libros, pero no dejar que se abra, de ningún modo, ese “agujero mental” que siempre se opondrá a nuestro avance y al que irán cayendo, además, los nuevos contenidos mentales que intentemos aprender.



