
Formas didácticas expositivas
- EL CONCEPTO DE EXPOSICIÓN
La manera más primitiva y natural de trasmitir conocimientos y habilidades es la comunicación verbal, la presentación de los objetos mismos y la demostración de las habilidades y actividades por el maestro. Es por eso que esas formas didácticas siempre han tenido gran importancia en la historia de la didáctica. Resumimos todas esas formas en las que el maestro, como portador propiamente dicho de la labor didáctica, expone, enseña, demuestra o presenta el objeto de enseñanza de una manera coherente a los alumnos, bajo la denominación de formas didácticas “expositivas”. La característica esencial de la exposición reside, pues, en la actividad del maestro y la actitud “receptiva” de los alumnos.
Se entiende que la diversidad de las materias, su estructuración material y la forma didáctica específica que ella requiere, exigen una subdivisión. Por lo tanto, distinguimos dos grupos de exposición:
- a) la exposición por la palabra del maestro en forma de narración discurso. lectura, descripción, etc.
- b) la exposición que se realiza demostrando, presentando y produciendo los objetos, habilidades y procesos.
- ¿ES LA EXPOSICIÓN UNA FORMA DIDÁCTICA ANTICUADA?
Durante muchos años, la forma de exposición por el maestro prevalecía en las escuelas alemanas. La predilección de la vieja didáctica por el “enseñar” encontró en la exposición su forma didáctica adecuada. Por eso ha sido tratada en forma muy profunda y detallada en la literatura especializada; las exigencias con que han de cumplir las buenas formas expositivas, sobre todo la narrativa discursiva, fueron investigadas y descriptas concienzudamente.
La afinidad íntima de la escuela “expositiva”, con finalidad meramente informativa, que ya puede considerarse como anticuada, con los modos didácticos expositivos, ha limitado hoy en día fuertemente si no puesto en duda, la validez y razón de ser de esta forma de enseñar. El movimiento de la escuela activa puso en su lugar, en gran parte, las formas más modernas de la enseñanza, las de “elaboración”. Creías que un modo didáctico meramente expositivo era incompatible con el principio de actividad del alumno, ya que veía al niño sólo como un ser que escucha y recibe, y no como un colaborador razonador y activo. ¿Es acertada esta opinión? Aunque de manera alguna intentamos menoscabar los grandes valores formativos de esas formas íntegras y finales de labor escolar que constituyen los distintos métodos de elaboración, no por eso debemos negarle todo derecho a la buena exposición por el maestro dentro de los terrenos que le correspondan.
Actualmente no podemos ya adherirnos a los llamados de los luchadores de los tempestuosos años juveniles del movimiento de escuela activa, quienes querían proscribir de la escuela cualquier forma de exposición por ser, presuntamente, inadecuada al niño y ajena a las ideas de la escuela activa. Es cierto que ya no se halla en el centro de una estructuración didáctica moderna; pero dentro de ciertos campos limitados conserva aún toda su validez. Las quejas de que la juventud moderna ya no sería capaz de “escuchar” y recibir debidamente. De que “muy rápido profiere el verbo, serán exageradas a menudo, más no carecen de toda justificación. De todos modos, la opinión de que los auténticos métodos activos son perfectamente compatibles con un escuchar atento y un recibir en silencio, y que la ocasional exposición no necesariamente ha de significar pasividad, parece generalizarse nuevamente en la didáctica. Sabemos hoy que no puede haber ningún escuchar y recibir genuinos sin la actividad interior del niño. Por consiguiente, la forma de la buena exposición ya no está lejos de un auténtico proceso de aprendizaje. Puesto que antaño se daba mucha más importancia al buen discurso didáctico, al interesante relato y la descripción viva, era también más esmerada la preparación de los maestros en esas formas. Y no sería ningún error si en la preparación para la práctica escolar dedicáramos nuevamente mayor atención a la buena exposición. “Un hombre que no sabe narrar, no debería hacerse maestro!” dijo Dinter. Y otra voz: “Quien sabe relatar bien, se tiene ganados a los niños. Un buen narrador llama en todas las puertas, ya estimula la fantasía, ya toca el corazón y el alma, ya mueve a la alegría, ya provoca tristeza y temor.” Es natural que el maestro novel recurra más bien a la exposición que a la elaboración. Tiende a conceder a esa forma didáctica un campo de acción demasiado amplio, no sólo porque el método le parece más fácil y significa, en su opinión, un ahorro de tiempo, sino también porque se inclina a creer que sería inútil el querer “elaborar” nuevos contenidos con niños ignorantes e inexpertos.



