Esencia y características de la enseñanza

Luego de haber expuesto los fundamentos de la didáctica, trataremos ahora la enseñanza propiamente dicha. La primera pregunta será por la posición que ocupa la enseñanza en la estructura total de la formación.

EL LUGAR PEDAGÓGICO DE LA ENSEÑANZA

Durante decenios, el objeto único de la pedagogía había sido la consciente y sistemática labor educativa y didáctica de la escuela. Sin embargo, la reciente evolución de la pedagogía moderna nos ha ofrecido (sobre todo desde Krieck, Hördt, Petersen, etc.) una nueva visión total de los procesos formativos, según la cual la esfera consciente, metódica y dirigida de la educación y formación no constituye sino un pequeño recorte del cuadro total de la formación y cultivo del ser humano. “La educación es y acontece tan natural y espontáneamente como la vida misma y sus funciones”8. De la plétora de fenómenos vitales y órdenes humanos, de las fuerzas formativas de sociedades y comunidades, del idioma, costumbres y convenciones, de la situación legal, económica y estatal, etc., surgen siempre, también hacia el niño, influencias hasta ahora poco advertidas, y no obstante muchas veces muy profundas, que apenas si existían dentro del campo visual de la pedagogía tradicional. Porque ésta se fijaba únicamente en el reducido dominio de la educación consciente, de la instrucción y enseñanza metódicas, racionales y dirigidas. Consideraba la formación y educación mucho más como un “deber” y mucho menos como un “ser”.

Cabe pues distinguir dos tipos de formación fundamentalmente diversos en esencia, efecto y amplitud:

  1. a) La formación funcional de la vida y particularmente de la convivencia humana:

inconsciente no intencionada prexistente eficaz. El joven ser humano, capaz de adquirir cultura, está supeditado inconscientemente, como en una “atmósfera de naturalidad”, a esas influencias de instituciones que no es necesario crear porque ya existen y que sólo han de ser reconocidas esa forma de ser, escuchadas y estudiadas en cuanto a la profundidad e índole de sus efectos y en cuanto a sus leyes. (De ahí la pedagogía como “investigación de los hechos”.)

  1. b) La formación intencional de la escuela y otras instituciones:

consciente deliberada dirigida planificada. Esta esfera tradicional y conocida de educación y formación se caracteriza par la instrucción y las asignaturas, institución y organización. maestro y alumno. No es éste el lugar de entrar en una descripción más detallada de esos distintos tipos de formación. Aquí interesa sólo la cuestión relativa al puesto de la enseñanza dentro de la estructura total de la formación.

Por eso entresacamos, con relación a nuestro problema, los siguientes puntos:

  1. Toda enseñanza consciente y metódica no es más que un recorte fragmentario del proceso formativo general. El desarrollo cultural del niño está sujeto continuamente a las influencias formativas de la vida en centenares de formas. Incesantemente aprende el niño en los encuentros humanos, por experiencias objetivas, por contacto v apropiación, costumbre y adaptación, ejercicio e imitación.
  2. Esas formas de educación y formación son preexistentes, son fenómenos primarios de la vida y de la evolución espiritual y no es necesario crearlas. Igual que derecho y lengua, moral y religión, orden económico y forma estatâl no tienen que ser creados por sus respectivas ciencias, sino que existen desde un principio como fenómenos primarios en la convivencia de los hombres y sólo han de desarrollarse, así tampoco la pedagogía tiene que producir la formación, ni la didáctica crear la enseñanza y el aprendizaje. Sólo tiene que desarrollar y cultivar esas formas.
  3. El efecto profundo de la estructuración formativa funcional suele ser mayor que en el ámbito intencional, porque esas formas carecen de intencionalidad y conciencia. Quien, considerando sus propias vivencias formativas o estudiando la vida psíquica ajena, busca establecer los impulsos realmente profundos, hará una y otra vez la asombrosa comprobación de que ellos no provienen tanto del estrecho recinto de la esfera formativa premeditada y dirigida, o de todos modos, mucho menos de lo que, en vista del gasto mucho mayor en esfuerzo y ética, obra e intención humanas, debería esperarse. Precisamente la intencionalidad pedagógica resulta, no pocas veces, un obstáculo, un freno contra un efecto profundo (“Uno siente la intención…y se disgusta”. Por otra parte, la potencia de los impulsos formativos inconscientes y no intencionados surge muchas veces precisamente de su indiferencia pedagógica. La marcada intención formativa no garantiza, pues, el efecto.
  4. Para la esfera de la enseñanza, a la cual se refieren nuestras exposiciones, resulta que también la escuela incluye ese campo de efectos inconscientes y funcionales de formación. Ellos no corren al lado del niño en forma inconexa, sino que influyen muy de cerca en la enseñanza misma, como aún lo demostraremos. Por eso, si la escuela no quiere engañarse con respecto a su éxito total, tiene que tomar bien en cuenta esa estructura funcional de formación y educación.

La escuela moderna ha reconocido la necesidad de ese deber. Está bien encaminada si trata cada vez más, aparte de su misión propia de ser institución de enseñanza, de hacerse un lugar de convivencia para la juventud, donde las leyes del orden, moral y costumbres, las virtudes y conductas sociales y éticas, no sólo se enseñen, sino que también se vivan.

Pero también en la enseñanza propiamente dicha, en el encuentro cotidiano de maestro y niño, alumno y alumno, intervienen esos factores de formación funcional de un modo muy eficiente: en el modelo y la imitación, la apropiación y el estímulo, en las formas incentivas y reactivas, en los órdenes de conversación y vida. En todas estas formas, aquí sólo insinuadas, de la vida pedagógica natural se ofrecen al maestro versado nuevas posibilidades de formación que hasta ahora se tenían en cuenta demasiado poco y, por ser difíciles de aclarar racionalmente, se ponían raras veces al servicio de una formación viva. El que los alumnos conozcan esos efectos, no tiene importancia. Por el contrario, cuanto más inconscientemente se sometan a esas formas de habituación espiritual, cuanto menos reflexiva sea su reacción a ese estímulo espiritual, tanto mayor será su efecto formativo que luego se manifestará a diario, formando su estilo de actitudes y costumbres, moral y usanzas escolares, preceptos y prohibiciones, convenios tácitos y formas de pensamiento. El educador y maestro, en cambio, tiene que tener por lo menos una idea de esas posibilidades educativas y didácticas para aprovecharlas en favor de su labor planificada. 

 

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