Critica del Conocimiento

Se sabe ya que la filosofía, en particular la metafísica, debe investigar las últimas razones de todo ente. Ahora bien; si esa investigación en general es fin digno de la actividad humana, también lo será la tarea de hallar en concreto las últimas razones de la inteligencia o ciencia verdaderamente filosófica de ese ente que es nuestro propio conocimiento. No hay la menor duda de que este problema nos toca más de cerca que muchos otros temas parciales de la filosofía: en él se busca dar razón de lo más íntimo y peculiar de nuestra misma naturaleza, es decir, el conocer, el saber.

El planteo del problema crítico, que se refiere a la posibilidad del conocimiento verdadero y cierto, aparece con método estricto en los tiempos modernos, aunque fue propuesto en el siglo iv claramente por San Agustín cuando escribió en su Diálogo contra los académicos: “Discutamos entre nosotros con la mayor profundidad posible, sobre si se puede llegar a conocer la verdad. “Otros intentos de planteo crítico se hallan en el período de florecimiento de la escolástica medieval con Enrique de Gante y Mateo de Aquasparta, ambos platónicos del siglo XIII, y más tarde en las obras de Duns Escoto. La historia de la filosofía no proporciona datos de gran valor acerca de estos intentos pre críticos, y sobre todo enseña cómo, a partir de René Descartes y de Immanuel Kant, la crítica del conocimiento ha llegado a convertirse, por así decirlo, en la columna vertebral del saber filosófico. Los términos “tratado del conocimiento” y “teoría del conocimiento” no alcanzan a significar con suficiente precisión el objeto de este gran ámbito del saber metafísico. Debido a ello, y teniendo en cuenta que se trata de aquella investigación de carácter filosófico que versa acerca de la posibilidad y la amplitud del conocimiento humano verdadero y cierto, se ha preferido en estas páginas llamarla “critica del conocimiento”.

El Problema de la Duda Critica

Aristóteles y Santo Tomás proponen como condición para la crítica una “duda universal de la verdad”, palabras que nos introducen en la importante cuestión de la duda crítica. Tal duda universal evidentemente no puede ser real, es decir, ejercida de veras, vivida, pues nadie puede negar las evidencias inmediatas (el principio de identidad, la ordenación esencial de la inteligencia al conocimiento de la verdad, la realidad de un universo independiente del sujeto, etcétera), sin caer en el absurdo. Una duda real, total, nos hace perder el partido sin siquiera haberlo empezado; con este punto de partida la crítica se convertiría en un pequeño o gran absurdo. Tal parece ser la duda patrocinada por Descartes, que sobrepasa los límites del dominio en que existen realmente problemas. En efecto: afirma como fuera de toda duda el hecho de su personal pensamiento y de su personal existencia, pero pone en duda todo lo demás, para caer a continuación de esto en un círculo vicioso cuando, al pretender librarse del desastre, apela a la veracidad divina.

Al respecto, Karl Jaspers notó justamente: “La primera certeza es, pues, de tal naturaleza que Descartes, gracias a ella, encalla, por decirlo así, en un banco de arena. Y no le puede servir de punto de partida para deducir de ella otra con la misma evidencia indiscutible. Sin duda que ha encontrado una base, pero ésta no le permite ni avanzar ni quedarse quieto”. Por tanto, la duda, que para ser científica ha de ser universal, sólo es posible que sea una duda concebida, ficticia o hipotética; como universal, debe ir más allá de los límites fijados por Descartes; debe referirse a toda la actividad del espíritu, y por esta razón, aun a lo que escapa absolutamente a la duda real (o sea, las evidencias inmediatas a que se hizo referencia hace poco); en tal caso, el espíritu se sitúa como si suspendiera su adhesión espontánea, a fin de captar reflexivamente el valor de las razones que tiene para afirmar la verdad, para creerse con razones de afirmarla. Pone, pues, entre paréntesis toda certeza, pero en cuanto hipótesis a examinar; y el término al cual llega el espíritu, al final de esa universal problematización, es precisamente la conciencia clara y refleja de la imposibilidad absoluta de realizar una duda universal y de poner entre paréntesis, universal y realmente, toda certeza sobre el “ser” de las cosas. “De hecho como dice Tonquedec la evidencia se nos agarra a la garganta sin dejarnos la libertad de defendernos; nos salta a los ojos, no como una fuerza ciega, sino como una luz irresistible.”

La Casualidad

Mas, si en el plano del “ser” todo sucede merced a una causa, ¿qué explicación filosófica tiene el azar o la casualidad?

Lo que acaece casualmente supone siempre la intervención de ciertas causas que persiguen cada una su fin. Así sucede en el caso del choque de dos aviones: cada aeronave llevaba su rumbo cumpliendo su propio plan de vuelo; los navegantes y pilotos habían realizado una acción deliberada y ordenada a un fin preciso; más el encuentro, realizado fuera de toda previsión, ha sido fortuito. Cabe preguntarse: ¿qué es exactamente este encuentro? No representa nada fuera de las dos series de operaciones mencionadas; sería falso creer que viene a añadirse a ellas como un tercer elemento. La coincidencia o intersección de causas que constituye el azar, y que no es sino una pura coincidencia de lo múltiple, desprovista de unidad propia en el orden extramental, puede adquirir una unidad en la mente que conoce. Pero, tan pronto como intervienen agentes libres, ya que todos pueden servirse de los mismos objetos y operan en el mismo mundo material en busca de la realización de sus fines personales, corren el riesgo de encontrarse y chocar. Estos encuentros son fortuitos en el sentido de que una de las causas libres no puede prever lo que hará la otra, y no puede prever, por consiguiente, todos los acontecimientos que van a producirse. Así, pues, todos los efectos del azar se deben a la limitación de los sistemas personales y libres que ejercen su actividad en el inmenso teatro del cosmos. Ciertamente, si existiera un “ser” dotado de un conocimiento tan exhaustivo del universo que llegara a seguir todas y cada una de sus líneas causales, para él nada sucedería por casualidad. 

 

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