Selección natural

La selección natural, a su vez, iba eliminando los individuos que no sabían calcular distancias cuando intentaban asirse a una rama a la cual se dirigían, lo que provocó el desarrollo de condiciones para la visión estereoscópica y la coordinación neuromuscular. Otros investigadores piensan que la blanqueación es ya una especialización, y que, por lo tanto, no precedió ni estimuló las adaptaciones estructurales que culminaron en la postura erecta. Establecido en forma permanente sobre la superficie de la tierra, la postura erecta y la locomoción vertical favorecieron, a su vez, su proceso de evolución biológica, que aún continúa. Liberadas sus dos extremidades anteriores de la tarea de andar, se dedicaron a operaciones delicadas, que ningún animal había intentado ni practicado. Las manos de los animales, aun las mejor desarrolladas, son toscos instrumentos de aprehensión; no están gobernadas por un cerebro tan evolucionado como el del hombre, que le permite a éste desenvolver una actividad sin precedentes en ninguna otra especie. La postura erecta y el uso diferenciado de las manos fueron seguramente un factor de evolución en el cerebro pre humano. Nuestro tipo de cabeza parece haber sido la última característica aparecida en la evolución del hombre.

El resultado más importante en el proceso de evolución del hombre es la organización y desarrollo de su cerebro, que se convierte en su centro vital. Sin él no hubiera podido ni diferenciarse ni sobrepasar tanto a los animales; hubiera quedado comprendido en alguna de las familias de sus antecesores los primates, hubiera formado una nueva familia, ligeramente adelantada, capaz de usar en forma limitada el fuego y algunos utensilios, como se sospecha que pudo ser así en alguna instancia de la vida del primate, durante su proceso de evolución hacia el hombre. La constitución genética del primate pre humano fue ya una gran conquista de la evolución biológica. El cerebro humano es el motor de una revolución en el funcionamiento y crecimiento biológico del hombre y de su relación con el ambiente. Con la evolución biológica del primate al hombre, nace la evolución del ambiente. En lo sucesivo, el hombre, para evolucionar, no tendrá que esperar que se produzca una nueva mutación en sus genes: le bastará recurrir a su cerebro. En él quedan, probablemente para siempre, concentradas todas las posibilidades biológicas de su evolución. La preservación en el primate de la evolucionada estructura de sus manos por un ejercicio apropiado, unido a beneficiosas mutaciones genéticas, provocó un rápido y espectacular cambio en la vida del hombre y de la naturaleza con la creación de la técnica. Así provisto, el hombre se lanzó a la exploración de su contorno y abandonó el sistema de vida en los árboles de sus antecesores, que tan importante papel había desempeñado en el proceso de su evolución. Comienza su aventura en la tierra y extiende así considerablemente su ambiente. Esta ampliación es, sin disputa, un factor decisivo en el mantenimiento y crecimiento del proceso de su evolución. La técnica encuentra mejor y más amplia aplicación, y la cultura se hace posible.

Desde el momento en que su singular constitución genética se concreta y funciona, el hombre existe y su evolución humana comienza; pero la evolución biológica ha sido forzosamente previa. Sin ella, el hombre no existiría. Su formación no fue intencional; surgió durante un proceso sin propósito. El hombre no estaba previsto en la escala animal; surgió por mutación de genes de individuos animales parecidos a lo que luego fue el hombre primitivo. Pudo no haberse formado entonces, y pudo no haberse formado nunca. La evolución genética se hubiera seguramente manifestado de otras maneras. En realidad, la evolución no ha estado “pensando” en el hombre ni en ningún animal o vegetal; es evolución y nada más. Lo que sí puede afirmarse es que dadas las condiciones genéticas y ambientales que precedieron al hombre, se estaba a un paso de él. Es lo que ocurre en todo proceso cuyo desarrollo va perfilando un cierto tipo de resultados; se puede anticipar que de seguir las cosas de tal manera se ha de llegar a tal resultado, o bien a un tipo de resultados, pero no fatalmente. Decir que el hombre “debía” aparecer en la naturaleza, equivaldría a entrar por la puerta falsa al dominio de lo intencional, contra lo cual cada siglo acumula evidencias de toda índole. El hombre “podía” llegar; y tal “oportunidad” quedó consumada. El “oportunismo” en biología equivale a suponer que ocurre lo que puede ocurrir, pero no porque debe ocurrir.

Lo que el hombre comienza a ser como elemento biológico cuando se produce la fecundación de la gameta femenina por la masculina está determinado por dos factores: el hereditario, representado por su dotación genética, y el medio o ambiente, representado directamente por la madre, e indirectamente, además, por el medio en el cual ella vive, y del cual se mantiene. Su vida comienza y depende hasta el final de la apropiada relación o interacción entre esos dos elementos capitales: su constitución genética y el medio o ambiente en que ésta funciona.

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