Las capacidades del hombre

La capacidad que el hombre tiene para variar incesantemente, en lugar de atentar contra su existencia es la fuerza de su vida. Le permite no sólo aprovechar al máximo su ambiente, sino hasta apropiarse de él. La apropiación del ambiente, la transformación total y absoluta de éste mediante la técnica, hacen del hombre, en forma indiscutible, el amo y señor de la tierra y de lo que le rodea; como lo será también del universo. Los animales permanecen en actitud pasiva respecto del ambiente, dejando que éste se desenvuelva como quiera, y trasladándose de un lugar a otro cuando les es netamente hostil; el hombre, en cambio, se va posesionando del ambiente hasta ponerlo enteramente a su servicio. Los animales pueden ir adaptándose a situaciones progresivamente adversas, siempre que se conformen con recibir cada vez menos; y cuando les llega el momento en que para sobrevivir tienen que constituir con el ambiente una unidad casi perfecta, se someten incondicionalmente a él. Quien vence de los dos es el ambiente.

Con el hombre las cosas pasan de manera inversa: en la unidad con el ambiente, quien triunfa es el hombre. La teoría y la práctica en la vida del hombre es exigir y obtener siempre más; no quedar nunca satis fecho con nada. Sin su renovada, creciente e ilimitada capacidad para aprender y educarse, el hombre hubiera desaparecido, o sólo quedarían de él escasos vestigios. Especies más dominantes y devastadoras habrían dado cuenta de él. La fortuna del hombre ha consistido y consiste en que no es totalmente hombre por el hecho de nacer, sino por el hecho de vivir y de recrear constantemente su ambiente. El hombre no nace: se hace. En muchos individuos o comunidades influyen de tal manera ciertos climas de vida, que es como si los llevaran a cuestas. Son los casos de ajustes perfectos o casi perfectos. Pero, son excepciones dentro del conjunto humano; serían fatales para el hombre si constituyeran la mayoría. La regla es que los individuos se adaptan rápidamente a cualquier situación nueva. Gracias a esto, el hombre ha podido continuar viviendo a través de los milenios, cada vez con más éxito; a la inversa de lo que ocurre con los demás seres. El hombre vive gracias a su poder de corregir errores. Si siempre acertara desaparecería como ser singular; quedaría envuelto totalmente por el ambiente, sepultado en él.

Al desarrollar su técnica y su cultura, recrea la naturaleza; la adapta a él; la hace suya. No se conforma con lo que es, ni con lo que son las cosas que lo rodean. Busca extenderse, desarrollarse, evolucionar. Su idea predominante no es la perfección sino la evolución.

La perfección biológica, como la cultural, carecen de sentido. ¿Cómo podría vivir un hombre hermético y constante en un ambiente variable y de intercomunicación? A medida que se hace más evidente que el hombre progresa como tal, paralelamente al aumento de su interacción con el ambiente y por sus adquisiciones técnicas y culturales, va perdiendo terreno la tesis de que la educación debe procurar la perfección del hombre o como se dice, limitando el objetivo, la formación del carácter; es decir, la reclusión del hombre en un ciclo hermético. Tal utópico propósito, que ha retardado mucho el buen empleo de la educación como instrumento para la variabilidad de las estructuras, ha te nido origen en la idea falsa de la perfección biológica, o sea de que el hombre se había formado de una sola vez, sin antecedente, lo que biológica y culturalmente es un absurdo. La educación del carácter, que fue el leitmotiv de la educación hasta hace apenas un cuarto de siglo, se basaba en la idea de modelo moral, al cual convenía ceñirse por las virtudes que provocaba y fomentaba, que libraban del “mal’ y abrían el camino hacia el “bien’. De este modo, el hombre debía aprender a darse una expresión que debía mantener sin variante hasta el fin de sus días, como desafiando al mundo a no cambiar porque él quería mantenerse inamovible e inmodificable.

La vida no es “sí o no”, sino una constante y progresiva variedad de situaciones.  ¿Qué hubiera sido del hombre si hubiera tenido que ceñirse desde su origen a un cierto número de normas estrictas de vida? Estaríamos, quizás, por entrar a las cavernas, después de haber desalojado a los animales poco hospitalarios que se habían posesionado de ellas. Durante mucho tiempo se pensó que el hombre nacía predestinado para tal o cual cosa, como con una marca biológica o cultural, humana o divina, visible o invisible. Si el hombre hubiera sido un ser con destino, la humanidad se hubiera estancado o hubiera sucumbido, incapaz de afrontar los múltiples requerimientos no comprendidos en un patrón de actitudes y de conducta. Hay dos tesis, aparentemente inconciliables, respecto del desarrollo del hombre: la que atribuye lo que el hombre es a lo que trae al mundo cuando nace, y la que lo atribuye a lo que recibe del mundo mientras vive. La primera tiene a su favor el hecho de que ningún ser viviente puede ser otra cosa como individuo biológico que lo que es su genotipo. La otra tiene a su favor una abrumadora cantidad de pruebas de que según la vida es la persona. Popularmente, estas dos posiciones se expresan así: “de tal palo tal astilla”; es decir, se es como se nace; y “dime con quién andas y te diré quién eres”; es decir, se es como se vive. Ninguna de las dos se excluye; y si se ha prestado especialísima y justificable atención al ambiente, no ha sido para negar la herencia como factor de decisión sino para afirmar la crianza como factor de evolución.

 

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