
El Dr. Wolfe, del Instituto de Relaciones humanas de la Universidad de Yale, realizó un experimento muy interesante, universalmente difundido hoy, acerca de la capacidad de aprendizaje en chimpancés jóvenes, empleando máquinas automáticas que funcionan introduciendo una moneda o un disco y que son llamadas “chimpomats”. Los chimpancés obtenían su comida introduciendo en la máquina fichas de diversos colores y tamaños. Aprendieron a colocarlas perfectamente y a distinguirlas por sus colores y tamaños, empleando cada clase de ficha en la máquina correspondiente, e introduciendo dos fichas en los casos en que se requería esa cantidad. Este proceso lo aprendieron imitando primero al instructor, y después copiando uno de otro (los monos aprenden por imitación más uno de otro que del hombre). Establecieron una asociación tan estrecha entre las fichas y la comida que proporcionaban las máquinas, que buscaban las fichas con la misma avidez que la comida. Incluso, guardaban las fichas que descubrían tiradas, hasta encontrar las máquinas y colocarlas. “Los más fuertes quitaban las fichas a los más débiles, de una manera, dice Ralph Linton típica mente humana”.
La diferencia de maduración entre la criatura humana y el chimpancé, y su influencia en el proceso de aprendizaje, fueron estudiadas por los Kellog, que criaron a un chimpancé hembra -Gua- de siete meses y medio, y a un niño, Donald, dos meses mayores que Gua. Se les crio en el mismo ambiente; se les dio el mismo tratamiento en todo sentido, incluso besarlos y hacerles caricias por igual; se les habló y fueron alimentados, vestidos y castigados de la misma manera. Durante los nueve meses que duró el experimento, Gua y Donald se hicieron muy buenos amigos. El chimpancé ejecutó actos peculiares del hombre, incluso caminar regularmente sobre los miembros posteriores. Al adquirir ciertas destrezas, como saltar la cuerda, cooperar, obedecer, besar “para pedir perdón”, abrir puertas, comer con la cuchara, beber de un vaso, Gua, aunque de menos edad que Donald, aprendió más rápida-mente que éste. Gua fue también superior en fuerza, localización de sonidos, memoria y respuesta a estímulos verbales, tales como “besa-besa”, “ven aquí”, “dame la mano”, “Chica mala”. A los 12 meses Gua respondía bien a 22 vocablos, mientras que Donald sólo respondía a tres. La conclusión de los investigadores, por lo menos en lo que se refería a Gua y a Donald, fue que el aumento en la maduración era proporcional y paralelo al aumento en el aprendizaje. El niño Donald tardaba más en madurar que el chimpancé Gua.
El estudio de la influencia del ambiente del hombre sobre los animales motivó la experiencia de Hayes con la hembra chimpancé llamada Viki, quien no sólo imitó diversas formas de respuestas humanas, sino que aprendió a pronunciar tres palabras; sin que esto deba interpretarse como el desarrollo en Viki de un pensamiento simbólico, totalmente imposible por carecer el chimpancé de la estructura biológica de un cerebro humano. Pero, ni los chimpancés, ni ningún primate pueden hacer algo más que rudimentarios descubrimientos sin secuencia. Cuando se apoderan de un utensilio y lo usan, es como un mero agregado o prolongación de su cuerpo; además, no pueden fabricarlos ni mejorarlos.
Sin embargo, por pequeña que sea la capacidad para el aprendizaje acumulativo en los animales, prueba como dice el genetista Dobzhansky que “la selección natural encontró posiblemente en los antecesor res de nuestra especie la materia prima genética con la cual la inteligencia humana fue eventualmente construida”. La estrategia del animal se modifica lenta y ocasionalmente; por lo general, en forma aislada. Con un solo dato el hombre puede inferir situaciones pasadas y deducir o prever lo que puede ocurrir. El animal carece de esta capacidad de encuadre; su limitación en cuanto al aprendizaje acumulativo no ha significado una modificación sensible ni estable en su comporta-miento. Hubiera necesitado para ello la constitución biológica y la herencia social y cultural del hombre. En cambio, ante una situación nueva, el hombre no se conforma con repetir ciegamente moldes de vida, sino que se plantea nuevos objetivos y procedimientos. No se contenta con lo que tiene; siempre aspira a algo más; y aspira porque puede Iograrlo.
La capacidad de elaborar y combinar decisiones es exclusiva del hombre, y condición vital para él, pues su evolución depende de los cambios que pueda afrontar y dominar, provocar y dirigir. Cuando el animal aprende algo y le da resultado, su buen éxito consiste en poder repetirlo. Cuando el hombre aprende, su buen éxito consiste en diversificar y mejorar lo aprendido. El aprendizaje del animal tiene un ámbito mucho más limitado que el del hombre, por ser mucho menor el número de sus conocimientos y el número, calidad y variedad de sus posibilidades biológicas; de modo tal que al no poder tentar la suerte con la facilidad y frecuencia con que lo hace el hombre, le conviene ser conservador y guardar bajo siete llaves lo que haya lo-grado. En cambio, el invento y la creación están en la misma raíz del hombre, y éste no puede dejar de provocarlos; perdería su mejor instrumento de relación y de contacto con el ambiente y quedaría seriamente afectado el proceso de su evolución. Una vez puesto, como está, en la grande y maravillosa aventura de construir un mundo de acuerdo con sus deseos y su capacidad, le es imposible detenerse. Una detención suya en la tarea de transformar el ambiente sería el comienzo de su ruina biológica y cultural.



