El proceso de variación no depende del individuo en sí sino de su relación con el ambiente

Cuanto más cambia el ambiente, más cambia el individuo; por eso que el hombre de ciudad cambia más que el de aldea. Si un hombre de ciudad se confina en una aldea, a la larga se hace aldeano en su manera de pensar y de vivir; y viceversa. El ambiente es en este sentido todopoderoso. La educación actúa, pues, a través del ambiente; no es una acción directa de individuo a individuo, sino de creación de un clima de vida que le permita al individuo actuar, vivir y pensar de otra manera. Variamos constantemente y sin darnos cuenta nuestra fisonomía y nuestra personalidad. Si nos detenemos a examinar nuestros modos de ser de un día cualquiera de nuestra vida, comprobaremos qué distintos somos a medida que transcurren las horas; somos actores en el más cabal sentido de la palabra; no representamos: somos; y nos reflejamos en lo que hacemos o pensamos. Las sociedades más evolucionadas son las que desarrollan mayor número de matices de comportamiento humano. La educación es, pues, desde los diversos ángulos que se la contemple, un proceso típicamente ambiental y social. Somos lo que vivimos y como lo vivimos. La educación ha procurado influir en el modo de ser y la conducta del individuo en forma directa, es decir por persuasión y consejo; y en forma indirecta, tratando de crearle un ambiente especial para estimularlo y desarrollarlo. De estas dos formas, la última es la acertada, pues el comportamiento de cada individuo varía constantemente de acuerdo con las diversas situaciones que se le presenten. Un individuo puede ser extremadamente inteligente, sensible y comprensivo, y sin embargo comportarse como un tonto, indiferente y tozudo en determinados momentos y ambientes

La tendencia más en boga todavía en la educación es la de obtener copias retocadas y ajustadas de tipos y arquetipos. Por eso que se ha hablado tanto de “plasmar” al niño; hasta se lo ha comparado literalmente con la arcilla o la cera. Pero la idea de tipo y arquetipo, como la de plasmar, son resabios, duros de eliminar, de una filosofía educativa de clases superiores e inferiores, dirigentes y dirigidas o de la existencia de un destino. El hombre total, perfecto, es la antítesis del hombre en proceso de cambio y de evolución, es decir del hombre. Si fuera posible fijar objetivamente el tipo de hombre perfecto, la idea de arquetipo sería perfecta; y no habría más que poner manos a la obra para que todos los individuos se asemejaran a ese alto modelo. Todos los problemas más graves acerca de la conducta del individuo estarían ya resueltos, y habríamos llegado al paraíso perdido; con lo cual el hombre habría logrado, ante su gran sorpresa, la perfección de la abeja o de la hormiga. Cada vez que se ha pretendido encerrar al hombre en un sistema sin escapatoria, el hombre ha descendido; cuando no, degradado. El hombre se desarrolla y progresa más cuando hay más variedad de posibilidades y soluciones a su alcance. El hombre que hiciera, pensara, comiera, deseara, etc., siempre lo mismo, tarde o temprano se petrificaría, o se transformaría en un monstruo. La variedad de situaciones es un estímulo básico para la vida; desarrolla en el hombre su inteligencia y su capacidad para organizar y controlar el ambiente; lo mantiene atento, diestro, anhelante, enriqueciendo su existencia y su ambiente. No hay dos pasos del hombre idénticos. Toda vida, todo proceso, constituyen una serie coordinada de pasos circunstanciales. Es en vano querer guiar al hombre desde el comienzo hasta el fin de su vida, pues es una criatura en evolución, y evolucionar no significa llegar, sino tentar siempre un paso más hacia adelante, cualquiera que sea el puesto y lugar en que el individuo se encuentre.

El principal problema de la vida y la evolución del hombre radica en el desarrollo de su capacidad para organizar y controlar el ambiente y hacerlo evolucionar. Todo aprendizaje que haga debe conducir a eso; si no lo lograra, su debilitamiento, y eventualmente su desaparición, serían inevitables. La evolución del hombre corre pareja con la evolución de su ambiente. El problema de cuál de los dos términos fue cl primero no tiene por el momento respuesta. El hombre, con sus excepcionales posibilidades genéticas, fue, quizás, previo, y por lo tanto de él partió el primer acto, aunque posiblemente partió del ambiente el primer estímulo. La evolución no puede hacer distingos entre acto y estímulo. No ha habido evolución del hombre sin evolución concurrente del ambiente; de ahí que el hombre haya necesitado que cada uno de sus avances y creaciones quedaran registrados en su contorno, para usarlos y organizarlos con los demás, y construir su segunda vida, que lo ha hecho célebre: la cultura. La asociación sui géneris del hombre y el ambiente es la clave del rotundo predominio de aquél sobre todas las demás formas de vida de la naturaleza. El dominio que el hombre ejerce sobre la naturaleza no es para atacarla, pervertirla o arrasarla. Es dominio de buen y adecuado trato, de mejoramiento, de liberación de sus riquezas en potencia, de buen rendimiento. Lo más significativo y representativo del hombre no es su capacidad y disposición para destruir y extinguir sino para construir y crear. 

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