
El industrialismo es una fase del desarrollo económico que se caracteriza por la producción en gran escala, el empleo de energía mecánica, un amplio mercado, una mano de obra especializada, una intrincada división del trabajo y una urbanización acelerada. Acompañando a estos cambios económicos, se producen otros muy complejos en los grupos sociales y en el progreso social. La población crece rápidamente, aumenta su movilidad, adquiere caracteres cosmopolitas, y se alteran las costumbres y normas morales. Siendo el trabajo industrial más productivo, un país es por lo general tanto más rico y puede ofrecer a sus habitantes un nivel de vida tanto más alto- cuanto mayor sea el número de medios mecánicos que aplique a la producción. La industrialización es, por lo tanto, la meta común de todos los pueblos escasamente desarrollados, por positiva que sea su actitud con respecto a la tradición.
El incremento de los medios mecánicos de pro-ducción y de la cultura técnica de los trabajado-res acelera el desarrollo económico de las naciones. El concepto de productividad incluye ambos procesos. Una noción paralela a ésta es la de racionalización industrial. Entiéndase por racionalización el conjunto de técnicas que permiten organizar una empresa con el máximo aprovechamiento del trabajo. El taylorismo y el stajanovismo sistema estadounidense y soviético de racionalización industrial han evolucionado desde sus formas primitivas a otras más científicas. De todos modos, el trabajo en cadena, la producción en serie, parece ser el elemento más característico de la industria moderna. Hace tiempo que psicólogos y sociólogos prestan atención a las proyecciones que tiene la actividad industrial moderna en los individuos y en la sociedad. No cabe confundir, en esta clase de estudios, a los que se proponen servir los fines del individuo o la sociedad con los que subordinan esos intereses a los del lucro empresario. Así, por ejemplo, el término de relaciones industriales sirve para designar la práctica de contactos entre los trabajadores y la dirección de una empresa, con el fin de obtener una mejor disposición de aquéllos con res-pecto a ésta. Cuando estas prácticas se establecen entre la gerencia de la empresa y su clientela actual o futura, se prefiere el término de relaciones públicas. Los investigadores independientes tienden a ver en estas prácticas una verdadera amenaza para la autonomía espiritual del individuo, pues la materia humana sigue siendo tal en la medida en que conserva la facultad de resistirse a ciertas experiencias sociales.
Industrialización, productividad, racionalización son elementos de una gran transformación social que se produce a ojos vistas y que, sin duda, interesa en el más alto grado al futuro de la humanidad. Ese proceso es inevitable; pero no forzosamente pernicioso. Si bien los intereses creados pueden influir en él, imprimiendo a la historia un curso que no coincide precisamente con el concepto de humanidad, han aparecido algunos contrapesos a esas fuerzas, conocidos en conjunto con el nombre de democracia industrial. La participación en las ganancias de la empresa, y aun en la dirección; la tendencia a sustituir los consorcios privados de inversiones por el accionariado obrero, parecen anunciar una transformación del capitalismo que no se haría necesariamente en dirección al colectivismo. Ante los problemas que hoy abruman a la humanidad, la sociología y las ciencias sociales encuentran un vasto campo de acción. Desde principios de siglo, la población del globo pasó de 1.600 millones de habitantes a más de 2.700 millones. Su ritmo de crecimiento aumenta en forma impresionante: a fines del siglo xx esa cifra llegará probablemente a 4.000 millones. La agricultura y la industria disponen de medios de producción tan poderosos que, universalmente aplicados, liberarían a los hombres de la mayor parte de las penosas necesidades que han padecido hasta hoy. Pero millones de seres aún no saben leer ni escribir, usan técnicas primitivas, tienen hambre y habitan tugurios, sirven de peones en el tablero militar e ignoran la libertad y los derechos humanos más elementales. En el último metes las posibilidades que ha visto abrirse ante si. L. Wirth, afirma que “los problemas sociales que se plantean a la humanidad se han multiplicado y agravado, no sólo por las nuevas posibilidades creadas por el genio científico, sino también por las nuevas esperanzas que los hombres han llegado a alimentar”.
No corresponde a la sociología ni a las ciencias sociales reformar el mundo. Sin embargo, la observación imparcial -en la medida en que pue-de serlo- de los procesos sociales que realiza el sociólogo, le permite desentrañar su sentido e incluso prever -claro que dentro de ciertos límites- su evolución. Así, por ejemplo, se ha observado que la industrialización no favorece, como creía Marx, la proletarización de las clases medias, sino que disminuye el número de obreros proporcionalmente al conjunto de la sociedad. El sector “terciario” administración, comunicaciones, comercio, profesiones liberales, etcétera crece a expensas de los dos primeros, consagrados a la producción de materias primas y a su transformación. Este fenómeno se observa igualmente bajo todos los regímenes, y es común a los dos países más industrializados del mundo: Estados Unidos y la Unión Soviética. En consecuencia, puede decirse que la tarea investigadora de la sociología no sólo posee un gran valor desde el punto de vista estrictamente científico, en tanto realiza una labor descriptiva y exegética acerca de la estructura y evolución de los fenómenos sociales tal como son, sino también desde el punto de vista de la influencia que puede ejercer sobre los reformadores, por cuanto les proporciona un conocimiento objetivo y una comprensión profunda de esa forma esencial de la realidad humana que englobamos generalmente con la de-nominación de sociedad.



