El hombre y su unión para trabajar y para defender su trabajo

En un principio los gobiernos prohibieron a los obreros reunirse en sindicatos, por entender que éstos atentaban contra el régimen de la libre competencia. A menudo les aplicaron leyes represivas, concebidas originariamente para penar la coalición de intereses económicos con vistas a dominar el mercado. Luego el Estado reconoció personalidad jurídica a los sindicatos, y algunos regímenes como el corporativismo fascista italiano y el nacionalsindicalismo falangista español los incorporaron a su propia estructura, regulando su acción conforme a lo que el gobierno entendiera que debía ser el interés general. Los sindicatos, por lo común, se organizan en federaciones o confederaciones, nacionales o internacionales. La Federación Norteamericana del Trabajo consiguió, en el último cuarto de siglo XIX, agrupar a casi todos los sindicatos nacionales de oficio, compuestos por individuos de una misma profesión o especialidad, cualquiera que fuese la empresa para la que trabajasen. Pero poco a poco se ahondaron las diferencias entre los partidarios de esa estructura sindical y los del sindicalismo de industria, que agrupaba a todos los asalariados de cada industria, sin atender a su oficio. Estos en 1935, fundaron una organización separada, el Congreso de Organizaciones Industriales. La rivalidad entre el C.I.O. y la A.F.L. fue, durante veinte años, el elemento más importante de la vida sindical estadounidense. Finalmente, en 1956, ambas federaciones se fundieron en una sola, qué tiende a adoptar la estructura del sindicalismo industrial. En todos los países la evolución sindical ha sido más o menos análoga. En cuanto a los orígenes de una organización internacional del trabajo, se remontan a las secretarías de contratación establecidas por sindicatos nacionales en algunas industrias o gremios, en razón de las migraciones de trabajadores, y para que las organizaciones gremiales, cualquiera que fuese su país, pudieran ayudarse unas a otras en las huelgas. Hacia 1890 se desarrolló un movimiento para la creación de una secretaría internacional de federaciones nacionales, movimiento apoyado por la Segunda Internacional, cuyos congresos dieron ocasiones de acercamiento a los miembros socialistas de los sindicatos de diversos países. Conviniese en la necesidad de que, tanto en la escala nacional como en la internacional, el sindicalismo fuera autónomo con respecto al movimiento socialista.

En 1904 la organización internacional de los sindicatos ascendía a 2.500.000 miembros pertenecientes a catorce países de Europa, la mitad de los cuales correspondía a las organizaciones socialdemócratas de Alemania y Austria. Dos años más tarde, habiéndose incorporado la Federación Norteamericana del Trabajo y las similares de Australia y Nueva Zelanda, la cifra pasaba de los 9.500.000 afiliados; sólo la tercera parte eran europeos, y la antigua secretaría tomaba el nombre de I.F.T.U. (International Federation of Trade Unions). Después apareció una organización rival: la I.S.C.T.U. (International Social Christians Trade Unions). La primera Guerra Mundial causó grave quebranto al sindicalismo internacional: la central, establecida en Amsterdam, no existía sino sobre el papel. Terminada la contienda, resurgió con fuerza, pero llegó a tener cinco organizaciones: la socialdemócrata, la cristiana, la comunista, la anarquista y la Federación Panamericana del Trabajo. El desarrollo de las dictaduras nacionalistas bloqueó los contactos internacionales entre los dirigentes de las fuerzas del trabajo. Dada la magnitud que cobró la economía de Estado en varios países, modificárnosle la estructura y las funciones de los sindicatos nacionales. La creación de sindicatos fascistas y nacionalsocialistas, dominados por los gobiernos, aplicó un golpe de muerte al sindicalismo internacional. El hecho decisivo fue el retiro de los sindicatos alemanes, que constituían la espina dorsal del movimiento. En vísperas de la segunda Guerra Mundial, la principal actividad de las distintas centrales era su tesonero esfuerzo por sobrevivir. Pero en 1945 se creó la F.S.M. (Federación Mundial de Sindicatos), en la que coincidieron las organizaciones de Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética, y de casi todos los países. Desde la escisión de 1947, simultánea al comienzo de la llamada “guerra fría”, la C.I.S.L. (Confederación Internacional de Sindicatos Libres) disputa en todo el mundo su influencia a la F.S.M., que se halla bajo el dominio comunista.

Las tendencias políticas del sindicalismo son muy variadas. Algunas, francamente abstencionistas, subrayan su neutralidad con respecto a los partidos políticos. Así se estipula en los estatutos de la C.G.T. francesa (Confederation Générale du Travail), creada en 1904; sin embargo, en la práctica, esta central obrera estuvo vinculada estrechamente al partido socialista, y desde el fin de la segunda Guerra Mundial, al comunista. El caso opuesto es el del T.U.C. (Trade Unions Congress), que integra el Partido Laborista británico, sufraga sus gastos y comparte con él, cuando llega el caso, la responsabilidad del gobierno. Por lo demás, el movimiento obrero se halla permanentemente conmovido por una divergencia de táctica. Hay un sindicalismo moderado, que se inclina a la colaboración de clases, y otro revolucionario, que concibe la práctica sindical como un medio en la lucha por el poder y por la transformación violenta de la sociedad. Desde hace más de medio siglo, los parlamentos de todos los países sancionan leyes encaminadas a mejorar la situación de los trabajadores. Ha aparecido así un nuevo derecho, el derecho obrero, en contraposición al derecho clásico, fundado en la noción de una justicia universal y abstracta.

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