
Pero la pedagogía así entendida se expone a una objeción cuya gravedad no podemos disimular. Sin duda, se dice, una teoría práctica es posible y legítima cuando puede apoyarse sobre una ciencia constituida e indiscutida de la que no es sino la aplicación. En ese caso, en efecto, las nociones teóricas de donde se deducen las consecuencias prácticas tienen un valor científico que se comunica a las conclusiones que de ellas se sacan. Así es que la química aplicada es una teoría práctica que no es más que la realización de la teoría química pura. Pero, una teoría solo vale lo que valen las ciencias de las que toma sus nociones fundamentales. Ahora bien: ¿sobre qué ciencias puede apoyarse la pedagogía? Debería haber, para empezar, una ciencia de la educación. Pues, para saber lo que debe ser la educación, habría que saber ante todo cuál es su naturaleza, cuáles son las condiciones diversas de las cuales depende, las leyes según las cuales ha evolucionado en la historia. Quedan, por un lado, las otras ramas de la sociología que podrían ayudar a la pedagogía a fijar la finalidad de la educación con la orientación general de los métodos; por otro, la psicología cuyas enseñanzas podrían ser útiles para la determinación, en detalle, de los procedimientos pedagógicos. Pero la sociología es una ciencia que apenas está naciendo; ella no cuenta sino con muy pocas proposiciones establecidas, si es que cuenta con alguna. La propia psicología, aunque se haya constituido más temprano que las ciencias sociales, el objeto de toda clase de controversias; no hay problemas opuestas.
¿Por lo tanto, que pueden valer conclusiones y especulación pedagógica a la que le falta toda base, o cuyas, carecen de solidez hasta bases, cuando no faltan totalmente, tal punto? El hecho así invocado para negar todo crédito al pedido la educación está enteramente por hacerse, que la sociología y la psicología están aún muy poco avanzadas. Si nos paciencia hasta que esas ciencias hubieran hecho progresos y pudieran ser utilizadas con mayor seguridad. Pero, justamente, la paciencia no nos está permitida. No somos libres de plantearnos o de postergar el problema: nos es planteado o, mejor, impuesto, por las propias cosas, por los hechos, por la necesidad de vivir. Estamos embarcados y hay que seguir. En muchos puntos, nuestro sistema tradicional de educación ya no está en armonía con nuestras ideas y nuestras necesidades. No tenemos, pues, elección sino entre las dos opciones siguientes: tratar de mantener de todos modos las prácticas que nos ha legado el pasado, aunque ya no respondan a las exigencias de la situación, o bien emprender resueltamente el restablecimiento de la armonía perturbada investigando cuáles son las modificaciones necesarias. De ambas opciones, la primera es irrealizable y no puede llevarse a cabo. Nada es más vano que esas tentativas de dar una vida artificial y una autoridad aparente a instituciones envejecidas y desacreditadas. El fracaso es inevitable. No se puede ahogar las ideas que esas instituciones contradicen; no se puede acallar las necesidades que ellas hieren. Las fuerzas contra las que se trata de luchar de ese modo no pueden dejar de imponerse.
No queda, pues, otra cosa que ponerse animosamente a la obra, que indagar cuáles son los cambios que se imponen y realizarlos.
¿Pero cómo descubrirlos si no es por la reflexión? Por sí sola, la conciencia reflexiva puede suplir las lagunas de la tradición, cuando ésta falla. Ahora bien: qué es la pedagogía, si no la reflexión aplicada lo más metódicamente posible las cosas de la educación con miras a las manos todos los elementos que serían deseables para tratar de resolverlo ya que es preciso que sea resuelto. No podamos, que reunir la mayor cantidad de hechos instrucciones de error. Tal es el papel del pedagogo. Nada es tan pretexto de que la ciencia no está hecha, aconseja la abstención y recomienda a los hombres asistir como testigos Indiferentes, o al menos resignados, a la marcha de los acontecimientos. Junto al sofisma de ignorancia, está el sofisma de ciencia que no es menos peligroso. Es indudable que al actuar en esas condiciones se corren riesgos; la ciencia, por adelantada que estuviese, no podría suprimirlos. Todo lo que se nos puede pedir, es poner todo lo que tengamos de ciencia, por imperfecta que sea, y todo lo que tenemos de conciencia, para prevenir esos riesgos en cuanto esté en nuestras manos.



