La filosofía como fundamento de la Pedagogía

Según el resultado de la consideración anterior, es innegable el fundamento idealista, y consiguientemente filosófico de la Pedagogía. Y no se exige este fundamento meramente en una o en algunas ciencias filosóficas, sino en toda la Filosofía, que representa, en general, una unidad indivisible. Según la opinión aceptada comúnmente desde Herbart, el fundamento teorético de la Pedagogía no se basaría sobre la Filosofía toda, sino sobre dos ciencias filosóficas especiales: la Ética, que corresponde a la determinación del objeto y fin, y la Psicología, que corresponde a la determinación del camino y del medio. 

Más por lo que a la primera respecta, resulta que la Ética da sólo la legislación de la voluntad; pero la educación se extiende a todas las direcciones esenciales de la actividad anímica, no sólo a la voluntad. Por tanto, el problema de la educación no se puede determinar sólo mediante la Ética, sino que a él pertenece de igual modo la Lógica, como legislación del pensar; la Estética, como legislación de la libre fantasía creadora; la Filosofía de la religión, como crítica de los fundamentos de las especiales consideraciones objetivas, elevadas por la conciencia religiosa. El problema de la formación o de la educación es el desarrollo armónico de la esencia anímica del hombre, según todas las direcciones esenciales; pero esta armonía exige asimismo una relativa independencia de los elementos unificadores en su relación común a un último centro; esto es, a la idea. En tanto que ésta encuentra su expresión pura y positivamente sólo en la ley del querer, se halla bien fundada la representación del fin moral, pero sin excluir de la determinación del fin de la educación los factores lógico, estético y religioso. 

Por lo que respecta al camino de la educación, las actividades del pensar y de la fantasía libre son dependientes en absoluto, como actividades en general, de la voluntad; pero se someten al mismo tiempo, según su clase especial, a leyes propias, que no se derivan de la voluntad. Educar quiere decir, ciertamente, «hacer voluntad» (Wollenmachen), y esto se extiende también a la educación del pensar y a la facultad estética; pero la voluntad sola y como tal no fundamenta la rectitud de la inteligencia y la formación estética, sino que la recta orientación de estas actividades exige una clase adecuada de dirección que no es meramente dirección de la voluntad. 

Además, la formación religiosa no depende sólo de la formación de la voluntad. Por otro lado, todas las llamadas especialidades de la conciencia deben tener, en absoluto, en el último punto de dirección de toda conciencia, esto es, en la idea, una relación interior fundada originariamente en su propia legalidad. Pero precisamente esto desaparece en Herbart. Pues mientras él acentúa exclusivamente, por un lado, en la determinación del fin de la educación, el aspecto moral y, por tanto, la formación de la voluntad, no reconoce, por otro lado, en la determinación del camino de la educación, la voluntad como un factor propio y originario de la conciencia en general, sino que la considera como una resultante de los movimientos mecánicos de las representaciones». 

Asi aparece el «fin» meramente como un punto final del camino y no como principio al mismo tiempo, el cual determina el camino de la formación humana desde el comienzo, según su dirección interior; pero con esto amenaza perder la formación su carácter de propia actividad (espontaneidad), que hace que se la considere como des arrollo interior, no como resultado meramente mecánico de una dirección exterior.

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