Formación técnica: una herramienta para combatir desigualdades

Mujer señalando un calendario de tareas en una pizarra durante una reunión con un compañero.

Entre los distintos tipos de educación, la técnica ocupa un gran lugar contando con un programa curricular puntual para los alumnos con una visión particular.

En los últimos años, la formación técnica tomó mayor relevancia al ganar terreno como una de las estrategias fundamentales en la educación, para enfrentar las desigualdades estructurales, que dificultan el desarrollo equitativo en la sociedad.

Pero este tipo de educación va más allá de adquirir habilidades prácticas para el mercado laboral, que tiene una gran importancia, pero también cumple un rol crucial en la inclusión social, la movilidad económica y el empoderamiento de comunidades marginadas.

¿Qué es la formación técnica y por qué importa?

La formación técnica, también llamada educación técnico-profesional (ETP), se distigue de la curricula considerada tradicional. Esta educación tiene programas educativos que están orientados a darle a los estudiantes conocimientos específicos en áreas como mecánica, electricidad, tecnología, salud, agricultura, gastronomía, entre muchas otras.

Estos programas pueden ser para nivel secundario o postsecundario y están relacionados directamente con las demandas del mercado laboral.

A diferencia de la educación tradicional, que tiene un desarrollo teórico y académico, la educación técnica está diseñada para una inserción laboral más rápida, teniendo un enfoque en el que se le da prioridad a los conocimientos prácticos.

Este enfoque da lugar a que los estudiantes adquieran habilidades puntuales, al trabajar con tecnologías, herramientas y procesos reales que se utilizan en industrias y servicios.

Mientras la educación tradicional pueden privilegiar el conocimiento abstracto y general, la formación técnica se centra en la resolución de problemas concretos, la eficiencia operativa y la aplicación directa de competencias.

Sin embargo, esta diferenciación no indica  que una sea mejor que otra, sino que ambas cumplen roles complementarios dentro de un sistema educativo integral.

Pero su valor va más allá del ser una herramienta para conseguir trabajo, sino que en territorios  donde el acceso a educación superior universitaria es un privilegio para muchos, la formación técnica es una alternativa realista y transformadora.

Estos conocimientos colocan a los jóvenes y adultos en un nuevo lugar, dándole un acceso de más rapidez al mundo laboral, contando con herramientas concretas, disminuyendo el desempleo juvenil y fortaleciendo economías locales.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la educación técnica y profesional tiene un papel clave en el desarrollo de competencias laborales, la promoción del emprendimiento y la mejora de la productividad. 

En América Latina este tipo de educación está ganando protagonismo como política pública, teniendo en cuenta que tiene altas las tasas de abandono escolar y el desempleo juvenil.  Además, en muchos países, los ingresos de los técnicos especializados superan incluso a los de algunos profesionales universitarios.

Por otra parte, en zonas rurales o marginadas, la formación técnica tiene gran relevancia ya que se trata de una herramienta que fortalece los vínculos entre el sistema educativo y las necesidades productivas del entorno. Programas agrícolas, forestales o de energías renovables diseñados para zonas específicas demostraron un gran éxito, tanto en el desarrollo sostenible como para conseguir empleo.

A las pruebas hay que remitirse. En Chile, el programa Liceos Bicentenario de Excelencia Técnico-Profesional logró insertar a cientos de jóvenes en sectores como la agroindustria, la acuicultura y la automatización, reduciendo la deserción escolar en zonas de alta vulnerabilidad. 

Brasil con el programa Escolas Técnicas Estaduais logró transformar comunidades rurales dando capacitaciones a jóvenes en tecnología y emprendimiento. El trabajo en conjunto  con universidades y centros de innovación permitió que los jóvenes accedan a trabajos calificados, y que muchos de ellos puedan comenzar sus propios proyectos.

Pero no todo es positivo, porque la educación técnica tiene problemas para su ejecución. Uno de ellos es el estigma social que la posiciona como una “segunda opción” frente a la educación universitaria. Este prejuicio  limita el apoyo institucional y la inversión estatal en infraestructura. 

La falta de actualización en muchos programas técnicos es otro problema, ya que no responden con agilidad a las transformaciones del mercado laboral atravesados por la digitalización, la automatización y la transición ecológica. 

Para que la formación técnica actúe como una gran herramienta contra la desigualdad, debe contar con rápidas actualizaciones en relación con las demandas laborales y sociales. 

Otro punto a resolver es la falta de inclusión. Mujeres, miembros de pueblos originarios y personas con discapacidad siguen quedando fuera de programas de formación técnica, sobre todo en áreas  “dominadas” por hombres, como la mecánica, la electrónica o la informática. 

Pero lo cierto es que garantizar el acceso a educación de calidad no es solo construir escuelas o repartir computadoras, sino que se necesita poder reconocer el valor de todas las trayectorias educativas.

Para combatir la desigualdad educativa y social se necesita poder ofrecer oportunidades de aprendizaje y empleo para quienes son excluidos constantemente del sistema. Y es ahí, donde la formación técnica puede marcar una diferencia concreta, especialmente cuando cuenta con   políticas de becas, orientación vocacional, alianzas con el sector productivo y desarrollo profesional continuo.

La educación técnica ya es una gran herramienta educativa que cuenta con identidad propia,  característica con la que es capaz de transformar vidas y sociedades, dando respuestas que se necesitan. 

 

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