Proceso Intelectual

Hay en verdad un punto de partida: la experiencia de la realidad sensible, como condición indispensable, primera y material; pero empieza luego la tarea propiamente intelectual, en la que la inteligencia no tiene ya que recurrir a los sentidos porque deduce y verifica las propiedades del “ser” en el “ser” mismo, independientemente de la experiencia sensible. Mas el tránsito de la intuición sensible a la intelectual se hace por etapas o grados; comienza con una especie de aprehensión espontánea propia del sentido común, análoga a la que nuestros ojos tienen muchas veces de los objetos lejanos, y culmina en una visión intensiva propia del metafísico que, por perfecta que sea, jamás agotará el misterio del “ser”.

En el primer grado de abstracción, la inteligencia deja de lado solamente las notas individuales. El objeto así considerado se reduce a las cualidades sensibles; es el dominio de las ciencias fisicoquímicas que se ocupan de las cualidades sensibles observables y mensurables, así como de la filosofía de la naturaleza, que se ocupa de lo sensible en cuanto inteligible. 

En el segundo grado de abstracción la inteligencia considera al “ser” de la experiencia únicamente como cantidad, prescindiendo de todas las cualidades sensibles. Así se configura el campo vastísimo de las ciencias matemáticas, que se mueven con pasmosa agilidad en el ámbito de la cantidad en cuanto imaginable. En este peldaño se sitúa también la filosofía de la naturaleza cuando se ocupa de la cantidad en cuanto forma inteligible.

Por último, en el tercer grado de abstracción, la cúspide del saber humano, la metafísica hace al hombre capaz de abstraer hasta de la cantidad; el “ser” es considerado sin las determinaciones que lo convierten en un “ser” particular cualquiera, es decir, es considerado únicamente en cuanto “ser”, o sea, en su tipo inteligible y, por tanto, en toda su universalidad.

Cualidades de la Metafísica

Por lo dicho se ve que el saber metafísico es el más libre y el más real. Es el más libre porque sólo él depende de sí mismo, y es el más real porque, sobrepasando la apariencia de las cosas, ilumina lo que se esconde tras la naturaleza, por lo cual, prescindiendo de símbolos, finca directamente en la realidad existencial y concreta, para averiguar qué cosa el saber metafísico, la inteligencia del hom.bre realiza una enorme actividad especulativa, respirando a sus anchas desde la cumbre de las causas. Su dignidad es tan sublime que Aristóteles, repitiendo un verso de Simónides, dijo que “su posesión debía mirarse como cosa sobrehumana”, y que “sólo Dios debería disfrutar de este privilegio”. Por todo ello, quienes penetran intensivamente las incalculables riquezas del “ser” merecen más y mejor que nadie el título de “sabios”. La metafísica es la sabiduría por antonomasia. La metafísica supera el hechizo de lo útil, pero no por ser inútil, sino por ser “supra útil”. Por eso escribió Jacques Maritain: “…si la metafísica estuviera para servir a la ciencia de los fenómenos y contribuir a su rendimiento, sería vana por definición: querría ir más allá de la ciencia sino ser mejor que ella… La verdadera metafísica puede también decir a su manera y, guardadas las debidas proporciones, “mi reino no es de este mundo”… La metafísica exige una cierta purificación del querer y que se tenga el valor de adherirse a lo que no sirve, a la Verdad “inútil”. Nada es sin embargo más necesario al hombre que esta “inutilidad”. Hemos menester no de verdades que nos sirvan, sino de una verdad a la cual servir. Pues ella es el alimento del espíritu; y la base de nuestra grandeza es el espíritu. La “inútil” metafísica entroniza el orden en la inteligencia especulativa y práctica; y no un orden cualquiera, de simple policía, sino un orden que mana de la eternidad. Ella devuelve al hombre su equilibrio y su movimiento, que consiste, como es sabido, en gravitar con su cabeza en medio de las estrellas, hollando la Tierra con sus pies. Ella le descubre en toda la extensión del “ser” los valores auténticos y su jerarquía. Ella centra su ética y sitúa en la justicia el universo de su conocimiento, asegurando los límites naturales, la armonía y la subordinación de las diversas ciencias: lo cual importa mucho más al ser humano que la más lujuriante proliferación de la matemática de los fenómenos, pues de qué le sirve al hombre ganar el mundo si en definitiva pierde la rectitud de la razón?… La metafísica nos sitúa en lo eterno y absoluto, nos traslada del espectáculo de las cosas al conocimiento de razón más firme en sí mismo y más seguro que las certidumbres matemáticas, aunque menos a nuestro alcance, a la ciencia del invisible mundo de las perfecciones divinas descifradas en sus reflejos creados.” Justo es afirmar, a la luz de esas palabras que ninguna ciencia puede igualar en importancia y sublimidad a la metafísica, toda vez que, como ha dicho Jean Paul Sartre, “la metafísica no una discusión estéril sobre nociones abstractas que escapan a la experiencia, sino un esfuerzo viviente en su totalidad”. Todo el hombre está, pues, implicado en la metafísica: la extrañeza absoluta de nuestra existencia, la posibilidad del “no ser” que su aura hasta el fondo nuestro ser. Nada, absolutamente nada queda fuera del enfoque propio de la ciencia de lo absoluto. La cuestión del ser, según Heidegger, “no se plantea desde afuera, sino desde dentro; por el mismo hecho de que existimos, nos encontramos siempre en plena metafísica”.

 

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