
Frente a la cantidad de contenidos educativos se afirma, en la actualidad, la necesidad de depurarlos y de seleccionarlos basándose en un estricto criterio pedagógico. Según Arno Schmieder, pedagogo alemán contemporáneo, la selección debe responder a tres principios: “principio material”, que obliga a considerar su valor propio, que determinará que merezcan o no ser asimilados; “principio de la personalidad”, que obliga a elegirlos de acuerdo con la influencia que tengan en el fomento de la personalidad, y “principio del trabajo”, que incita a preferir aquellas materias que conduzcan al educando a crear o trabajar para la comunidad. Otros pedagogos opinan que la selección de los contenidos de la educación intelectual debe hacerse atendiendo principalmente al educando y, por eso, como signo revelador del valor del contenido, señalan el interés que despierte en el mismo.
En términos generales, al abordar el problema de los contenidos de la educación intelectual encontramos dos posiciones opuestas: los que defienden un contenido científico natural y los que afirman la necesidad de un contenido humanista.
En la primera posición hallamos a los que sostienen el gran poder formativo propio de las ciencias cuyo valor es innegable en la cultura moderna, pues son la base de la técnica. Pero es indudable que su valor no es igual al de las humanidades, pues brindan el estudio de realidades alejadas del hombre o el estudio del hombre fue plantea dos cuestiones. Primera: distribución del contenido en sí mismo, o sea, el orden en que deben enseñarse las asignaturas y sus partes integrantes. Segunda: distribución relativa de los contenidos, es decir, cómo, cuándo y de qué manera deben ser coordinadas las distintas materias. La primera cuestión distribución del contenido en sí mismo obliga a tener en cuenta tres principios. Principio de la graduación: considerar que las facultades del alumno se vigorizan lentamente y sus intereses se amplían de manera paulatina. Principio de las situaciones culturales: en un medio de cultura incipiente la gradación que es posible dar a un contenido es menor, por lo cual, de su ambiente específico, que es la cultura. En efecto, el hombre no vive primordialmente en la naturaleza: vive en un mundo espiritual e histórico. Por eso, para él, el hombre y la sociedad son más importantes que la naturaleza. La segunda posición, por ello, defiende el estudio del hombre en lo que no tiene de común con los demás seres vivos y afirma que, para cultivar lo específico del ser humano y desarrollar su conocimiento, son más útiles las humanidades que las ciencias. En esta posición encontramos dos variantes. Por un lado, los que defienden un humanismo clásico, en el que predomina un criterio estético literario, mediante una educación intelectual basada en la enseñanza del latín y del griego; por otro lado, el humanismo moderno, que acentúa el valor de las ciencias históricas y literarias. Con la selección de los contenidos educativos Con la selección de los contenidos educativos no está resuelto, sin embargo, el problema pedagógico que plantea la educación intelectual. Es preciso considerar el problema que surge de la distribución de los contenidos, problema que común, que la que puede dársele en un medio de cultura ya hecha. Principio de las necesidades específicas de un país: puede requerir que la gradación del contenido facilite determinada formación en cada etapa de la enseñanza.
La segunda cuestión distribución relativa de los contenidos de la educación intelectual es también de difícil solución, porque obliga a considerar la correlación de los contenidos entre si y la estructuración de los mismos, a fin de aprovechar unos en servicio de otros. Para resolver los problemas que plantea esta segunda cuestión, es imprescindible tener en cuenta el factor tiempo, que a veces obliga a colocar un contenido sin la base que podía haberle dado otro: debido a ello, dichos contenidos aparecen, en algunas ocasiones, en un orden que lógicamente no deberían tener. La distribución de los contenidos de la educación intelectual se efectúa, en primer lugar, en el plan de estudios y, en segundo término, en les programas. Es cierto que la verdad no tiene fronteras y que las técnicas son semejantes en todas partes. Pero, así como no puede darse un plan de estudios único para todos los países, tampoco puede haber programas únicos. Los contenidos de la educación intelectual dependen, en última instancia, de lo que cada pueblo o sociedad considera como necesidad esencial. Planes de estudios y programas han de ser, finalmente, orgánicos y funcionales. Orgánicos, porque deben enlazar de un modo natural y múltiple temas concretos y evitar toda dispersión, para lograr un efecto total. Funcionales, porque las materias, más que en signos de erudición e información, deben convertirse en medios eficientes de comportamiento en la vida real del alumno. Sólo así la educación intelectual puede cumplir su misión de contribuir a la formación de la personalidad del educando.



