La formación del lenguaje

La formación del lenguaje en la escuela, sobre todo su cultivo verbal, muestra un nuevo aspecto desde este punto de vista del realismo. Los resultados de la filosofía lingüística moderna ponen de relieve hasta qué punto el habla es espíritu común “objetivo” y vivo de totalidades supraindividuales. Es que el niño jamás se crea su propio lenguaje; siempre lo encuentra y lo recibe, hablando, de los que hablan. Este largo proceso es, al mismo tiempo, proceso de participación, “una continua integración orgánica en la esfera preexistente de lo espiritualmente común”. La prueba de esta afirmación es la actitud con que el niño que aprende reacciona al lenguaje del mundo circundante: siempre habla el lenguaje en el que se le “habla” y nunca el de sus antepasados. Sabemos cuán rápidamente los niños aprenden idiomas extranjeros en la vida diaria. Hemos visto cómo los niños de los integrantes de contingentes de ocupación, si realmente jugaban con los niños alemanes, adoptaban en poco tiempo el dialecto de éstos. Un muchacho de once años llevado a Rusia, en poco tiempo hablaba corrientemente ruso, en tanto que los demás prisioneros de guerra, bajo idénticas condiciones, luchaban penosamente por hacerse entender.

 

La consecuencia lógica de este reconocimiento, que en sí no es nada nuevo, tendría que ser, para nuestra formación del lenguaje, que el lenguaje “hablado” en clase, el lenguaje vivo y culto de enseñanza, es y será un medio de formación, y no pensamos únicamente en el lenguaje ejemplar del maestro, sino también en el de toda la clase. ¡Cuánto esfuerzo y esmero dedicamos, en las clases específicas de lenguaje, al cultivo de un lenguaje bueno y objetivamente correcto, cuánto tiempo consagramos a “discutir” los errores cometidos, a “explicar” el uso del lenguaje y, sin embargo, nos sorprende una y otra vez el poco éxito que obtenemos! Es que pasamos por alto que el lenguaje familiar cotidiano, quizás nuestra propia capa ciudad de expresión poco cultivada, ha surtido un efecto mucho más intenso. Por otra parte, qué efectos tan profundos y duraderos pueden dimanar de un lenguaje vivamente hablado y estilísticamente puro de una comunidad de enseñanza No habrá ningún niño normalmente dotado que pueda substraerse, a la larga, al “fuego graneado” de los impulsos inconscientes del vivo lenguaje corriente de la clase, el cual, por supuesto, está siempre determinado primordialmente por el maestro. Pero el lenguaje eficiente no es nunca el comentado, sino siempre el que se habla en las situaciones reales, porque recibe sus impulsos íntimos, no de la palabra impresa, sino de los encuentros reales de la vida.

La formación social

Lo mismo podría demostrarse en cuanto a las relaciones humanas y solidaridad social, es decir, la formación social. También en este campo se ha tratado, aun en nuestros días, de inculcar el pensamiento cívico y social mediante la trasmisión del saber correspondiente. Actualmente no se necesitará ya ninguna prueba de que también esta enseñanza debería impartirse únicamente en combinación con reales experiencias dentro de una comunidad vívida y, más aún, sobre la base de éstas. Mientras un alumno no haya “experimentado”, a través de una anticipación educativa, con deberes de creciente importancia, pero siempre en una función real de convivencia tal como las clases mismas la ofrecen una y otra vez, qué significan, tanto en el sentido positivo como en el negativo, responsabilidad, compromiso, coordinación, subordinación, colaboración, respeto de la convicción ajena, pertenencia a la comunidad, etc., todo saber que se le haya trasmitido al respecto permanecerá exangüe y ajeno a la vida. La misma labor escolar cotidiana ofrece al maestro ingenioso una gran abundancia de posibilidades para ejercitar esas conductas sociales. Las nuevas formas de enseñanza, desde la oficiosidad brindada al condiscípulo menor y más débil, la aceptación de una “tutela” por un alumno mayor, la cooperación en una labor común, el encargarse de deberes y funciones reales, hasta las posibilidades más elevadas de una coadministración de alumnos, ponen en práctica, tanto desde el punto de vista didáctico como del educativo, los reconocimientos de una formación social auténtica.

La formación estética

En cuanto a la formación estética, el cultivo del buen gusto y estilo, tampoco pueden ni deben seguir llevándose a cabo en nuestras escuelas sin relación con la realidad viva. |Cuánto valor atribuye muchas veces nuestra escuela a la ejercitación y despliegue de las fuerzas plásticas en el niño, ¡cuánto esfuerzo y cuidado dedica a despertar la conformación creadora y cuán trágicamente pobre es, en conjunto, el resultado en cuanto a la actitud realmente lograda en las situaciones vitales prácticas de nuestro pueblo! Casi sin defensa sucumbe el egresado, que muchas veces ha recibido una enseñanza de primera calidad en el campo de la creación artística, a la cursilería y pacotilla que le ofrece la vida diaria, por ejemplo, en forma de películas y cuplés. Lo mismo podría decirse, respecto del término medio de nuestro pueblo, en cuanto a los objetos simples de arte aplicado, decoración interior, etc. Este fracaso evidente de la enseñanza artística en la escuela se debe, no en último lugar, a la falta de una configuración estética de la realidad cercana, de las condiciones “más cercanas’ del niño (Pestalozzi). Tampoco en este campo se atrevo la escuela a dar el paso decisivo hacia la vida cotidiana del alumno. Esa realidad ya se inicia con la decoración del aula, o mejor dicho de la “sala de estar escolar”, y conduce progresivamente a un análisis crítico del ambiente vital de los jóvenes respecto de las simples leyes fundamentales de limpieza, sencillez y belleza. En esta visión de conjunto, la enseñanza artística obtiene su misión específica. En el fondo, en la escuela primaria no hay ninguna asignatura aislada llamada “creación plástica”.

 

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