
No es difícil causar suspenso con una narración viva, ya que el factor causal del suspenso está en el desarrollo de la acción misma. El suspenso se disuelve cuando la historia termina. Pero, ¿qué sucede a este respecto, con la descripción? Surge aquí un problema metódico general: ¿No es posible transformar lo “yuxtapuesto” en una °sucesión” natural, convirtiendo así la estática inherente a la materia en un dinamismo íntimo? Cualquier maestro experimentado conoce esa artimaña metódica. La mera enumeración en geografía, historia natural y geografía regional, provoca el aburrimiento y la falta de tensión. Pero si presentamos esos hechos en una sucesión significativa de acontecimientos, lograremos entonces la atención y el suspenso en la clase, sin falsear el contenido material ni agregar grandes novedades surgidas de nuestra imaginación.
La forma didáctica de presentación y demostración
No sólo en las formas de exposición verbal puede ser activo el maestro; también la presentación, la demostración, la exhibición y hasta el propio ejemplo en el proceder son formas didácticas expositivas. A menudo, ambos grupos se complementarán y compenetrarán en la enseñanza. Con estas formas de exposición se trata siempre de presentar, exhibir y demostrar el mundo real, visible. La norma más importante de esta actividad didáctica es el principio de intuición o visualización. Aunque el campo material de la realidad visible es muy vasto, las posibilidades que ofrece a la forma didáctica expositiva son muy limitadas porque el mundo demostrable de cosas y hechos es tan accesible a la observación e intuición del alumno como a las del maestro, por lo cual la forma de elaboración suele ser más indicada que la pura exposición del maestro. Solamente en los casos en que esa observación y explicación a cargo de los alumnos no sea posible o suficiente, por determinadas razones, recurrirá el maestro a la exposición en las formas mencionadas.
- a) Una mayor importancia adquiere el modo expositivo en el terreno de la demostración práctica. Suele tratarse de la ejercitación de habilidades y funciones formales, tales como la escritura, la ejecución musical, el canto, la gimnasia, el dibujo, etc., actividades todas ellas que, en las asignaturas manuales, determinan el modo didáctico de clases enteras, mientras que en otras lo hacen sólo parcialmente y en íntima relación con las demás formas didácticas.
Ejemplos: Explicar dibujar, ejemplificar imitar, observar representar, etc.
Con respecto a estas formas demostrativas entra siempre en juego la ejecución “ejemplar” del maestro y su imitación por el alumno. Esto se refiere, sobre todo, a la ejercitación de las llamadas técnicas culturales de escritura, lectura, en parte también de la aritmética de los trabajos manuales, la gimnasia y el dibujo. La ejecución ejemplar del maestro debe estimular al alumno a imitarlo, debe darle una imagen de la obra lo más perfecta posible. No siempre aprovechamos seriamente esta posibilidad. Mientras que, en otras formas formativas, por ejemplo, en la relación artesano aprendiz, la obra ejemplar del maestro se presenta visible y fehacientemente a los que aprenden, nosotros en clase tenemos reparos, muchas veces, de mostrar logros ejemplares, apoyados en una errónea concepción de la fuerza creadora del niño.
Es cierto que el niño modela y dibuja en sus propias formas, que tiene su propio lenguaje, su propio estilo de composición. En estos dominios, la mera imitación del ejemplo del adulto puede fácilmente desembocar en una huera copia. Pero hay otros campos donde el buen ejemplo está perfectamente en su lugar. Esto vale para la creación musical como para la recitación poética, para las formas de creación artesanal como para la enseñanza de labores. Nuestros hijos tienen el derecho de ver, por lo menos en esos campos, obras maestras que se aproximen a la perfección. Esos modelos deben estimular, no frenar ni desalentar. Si son obsequios ofrecidos pocas veces, serán aceptados con tanta mayor alegría. Las obras ejemplares de los alumnos, en cambio, pueden presentarse con mucho menos escrúpulos para demostrar lo “posible”. Cuántas palabras podemos ahorrarnos con sólo mostrar como ejemplos buenos los trabajos de compañeros o de niños de años anteriores.
- b) La “ejemplaridad” del maestro no ha de limitarse a las materias específicas (caligrafía, dibujo, etc.) creyendo haber hecho todo lo necesario con esos ejercicios, mientras que en los casos aplicados de nuestra demostración (dibujos en el pizarrón, correcciones de cuadernos o lenguaje en clase) nos descuidamos en la creencia de que el alumno no se fija en esas cosas. El resultado general, empero, nos hace ver claramente, muchas veces, que no debemos limitar la ejemplaridad a los distintos ejercicios específicos, sino que todas las esferas de aplicación, hasta nuestra propia manera de vivir. Tienen que ser “ejemplares”, porque precisamente de ellas emanan efectos, aunque inconscientes. Así, por ejemplo, el maestro que siempre dibuje hábilmente, incluso en el pizarrón, verá que los rendimientos de los alumnos en los casos aplicados serán buenos; quien hace las correcciones de cuadernos en buena forma, puede exigir antes que otro, que también la corrección del alumno sea buena Y quien se esfuerce por usar un lenguaje correcto en la vida escolar diaria, quien muestre buenas formas de convivencia humana, etc. se dará cuenta de que también en esto hay mucha “exposición” del maestro.
Cualquier forma de exposición irradia, siempre y por doquier, efectos inconscientes. En toda nuestra actividad escolar, y sobre todo en las formas de exposición, no somos nunca “particulares” ni tan sólo “enseñadores” ni “dadores de lecciones”. Reconocerlo así incluye un compromiso y una orientación para el maestro y educador.



