Condiciones interiores a la hora de generar diálogos que sirvan en la formación del individuo

Más importantes aún son las condiciones interiores:

  1. Todos conocemos esos grados que no muestran muchos deseos de hablar, mientras que los mismos niños, fuera de la escuela, hablan y charlan y discuten sus problemas animadamente, aunque a menudo en forma descuidada. ¿Por qué no hablan los niños en la escuela? ¿Qué les hace falta? Todas las tentativas de hacer hablar a nuestros alumnos y hacerles participar en una conversación, por medio de influencias exteriores, serán en vano mientras falte el incentivo decisivo para conversar. Pero éste nunca puede buscarse en una indicación· o invitación exterior, sino únicamente en una situación estimulante, una verdadera “razón de hablar”. Si el tema pertenece al mundo de intereses del niño, si la situación conversacional inspira confianza, si el alumno puede contribuir algo al tema, entonces hablará, siempre que no esté ya completamente “deformado”. Lamentablemente, empero, los temas de conversación en clase rebasan muchas veces la capacidad de aprehensión de nuestros niños. “Gran parte del desgano escolar y de la inseguridad ha de atribuirse a la anticipación”. Más cuando los alumnos se hallan en situaciones naturales, cuando reina un “verdadero Intercambio espiritual entre los niños”, cuando motivos reales crean para los niños la necesidad íntima de reaccionar como seres interesados, entonces hablarán. La conversación instructiva prospera, a la larga, solamente en un ambiente escolar y didáctico que se constituye como “un mundo de situaciones problemáticas que, de una manera natural, inciten a estudiar a niños y jóvenes”. En semejante mundo, la conversación instructiva halla su lugar didáctico y su función natural. Crear situaciones que estimulen a conversar es tarea de preparación que le incumbe al maestro. Tiene que transformar y preparar los temas de tal manera que puedan dar puntos de partida para las conversaciones de los alumnos. El primer paso es la plena orientación hacia el mundo vivencial del niño. Lo que los alumnos hayan experimentado y visto por medio de la observación y del contacto activo, les estimula a hablar. Cuando se informa, ordena, clasifica y evalúa, hay lugar para la conversación. A ello se agregan los temas de la enseñanza ocasional y no en último lugar las cuestiones surgidas de la convivencia.

La condición indispensable será siempre la creación de una relación de verdadera confianza entre maestro y niño, alumno y alumno. Sólo en semejante clima se desarrollan las conversaciones auténticas. Una sana “atmósfera de clase” es el mejor medio para ello. En ella, aun el alumno tímido y reservado se atreverá poco a poco a hacer escuchar sus preguntas y dudas, sus suposiciones y opiniones. Por eso, la didáctica de conversación instructiva no podrá prescindir de una pedagogía de “aliento”. Es cuestión de atraer sobre todo a los alumnos tímidos y retraídos con todos los medios de bondad e indulgencia, de tolerancia y estímulo. Si esos niños han vivenciado varias veces el placer de participar en una conversación, han perdido el recelo y vencido el primer “peligro”, estarán ganados para siempre, cuando reina la actitud debida. Habrán vuelto a la natural locuacidad del niño normal.

LA TÉCNICA DE CONDUCIR UNA CONVERSACIÓN

  1. a) Naturalmente es necesario también ejercitar y practicar la técnica exterior de La buena conducción de la conversación no se sobreentiende, y menos aún en la escuela. Intolerancia y sabihondez, y hasta el ergotismo, caracterizan, en un principio, las conversaciones de los alumnos. Generalmente no se trata de mala voluntad, sino sencillamente de un exceso de entusiasmo, irreflexión y falta de práctica, que provocan muchas veces la intolerancia y la pedantería. En este caso hace falta una práctica sistemática; deben ejercitarse las reglas formales de la conducción y técnica de conversación. Una conversación de la cual es de suponerse que será animada, no debería iniciarse sin haberse recordado antes las reglas de conversación establecidas de común acuerdo y sin haberse llamado a la clase misma como guardiana de esas buenas formas conversacionales: |No nos vamos a interrumpir mutuamente, [Observemos la boca del interlocutor, Hablemos del tema, quiero que se tome en serio mi opinión, por eso tengo que respetar a mi vez la convicción del otro, |Aprende a hablar oportunamente, pero también… a callar. No siempre es fácil practicar estos buenos modales en una clase. No se sobreentienden. Pero podemos afirmar, por experiencia, que una clase consecuentemente ejercitada se desarrolla rápidamente en ellos y que también lo sabemos por experiencia no se agota la afluencia de las ideas, sino más bien se acrecienta, porque la disciplina conversacional constituye también una ayuda, y porque de esta manera puede obtenerse, una y otra vez, la participación de los niños generalmente reservados, mientras que los petulantes, los precipitados, son frenados.
  2. b) Como formas exteriores de esas “reglas de juego” conviene el empleo natural de determinadas formas oratorias que pueden significar cierta ayuda para los niños. Por ejemplo, la de llamar por el nombre al compañero a quien se dirigen. (“Juan, creo que te olvidaste de…” “Inés, antes dijiste…”); la habituación a ciertos giros como partes integrantes de la alocución: (“No comprendo muy bien…” “Esto ya se ha dicho varias veces…” “En mi opinión…” “Ya deberíamos llegar a un resultado.” “Lamento tener que objetar…”, etc.) Es cierto que estas formas pueden degenerar en muletillas vacías si no las llena el contenido del ‘enunciado. Pero cuando el niño tiene algo que decir, la forma conversacional mejora con tales giros, adoptados, por lo general, inconscientemente. Y si los niños piden espontáneamente la palabra para hablar “a la orden del día” (“Nos estamos alejando del tema…” “Deberíamos. volver a la cuestión de antes…”) entonces ya se habrá alcanzado un alto nivel de conducción conversacional.

 

Related Post