
La economía la ubica como el principal motor del capital humano, con efectos que se extienden más allá del salario individual hacia el conjunto de la sociedad.
La relación entre educación y crecimiento económico dejó de ser una intuición para convertirse en uno de los vínculos más estudiados de la economía laboral. La evidencia es consistente: un año más de escolarización se traduce en un aumento de entre el 6% y el 10% en el salario, y por lo tanto en la productividad del trabajador, según la revisión de la literatura empírica que recoge la economista Clàudia Canals , de CaixaBank Research .
El mecanismo funciona por la vía del capital humano. La capacidad productiva de una economía depende del capital físico, la tecnología y la cantidad de trabajadores, pero también de su calidad, definida en gran medida por el stock de conocimientos, habilidades y hábitos de la población. Más educación mejora ese capital humano, eleva la productividad y se refleja en un mayor producto.
El caso que separó a España de Finlandia
En 1900, España y Finlandia eran países parecidos: subdesarrollados, agrarios, con apenas un 40% de población alfabetizada y una renta per cápita similar. Cincuenta años después, Finlandia duplicaba el ingreso por habitante de España, había erradicado el analfabetismo y extendía la secundaria a todos los estratos sociales, mientras el país ibérico todavía convivía con un analfabetismo generalizado. Casi 70 años más tarde, y pese al fuerte desarrollo español, la renta per cápita finlandesa sigue siendo superior. También lo es su nivel educativo. Las mejoras en la enseñanza explican, en parte, esa trayectoria divergente.
De la ecuación de Mincer a los estudios con gemelos
El primer instrumento para medir el retorno privado de la educación fue la ecuación que Jacob Mincer formuló en 1974, que vincula el salario con los años de escolarización y la experiencia laboral. El método tiene límites: trata por igual un año de primaria y uno de universidad, e ignora las diferencias de calidad entre sistemas. También arrastra una duda de fondo, la de si los estudios miden el efecto de la educación o el del talento de quienes más estudian. Para sortearla, algunos trabajos recurren a experimentos naturales, como la comparación de gemelos idénticos con distinta escolarización: misma carga genética y entorno familiar, pero diferentes años de estudio. Ahí aparece el rango del 6% al 10% de aumento salarial por año adicional.
Externalidades que superan el beneficio individual
El impacto no se agota en quien estudia. Numerosos economistas señalan externalidades de la educación sobre el crecimiento que superan los retornos privados. Paul Romer sostiene que las sociedades con muchos trabajadores altamente cualificados generan más ideas y crecen más. Philippe Aghion y coautores agregan un matiz según el grado de desarrollo: las economías avanzadas se benefician sobre todo de la educación universitaria, que promueven la innovación tecnológica, mientras que las economías en desarrollo aprovechan la primaria y la secundaria para imitar tecnologías de los países ricos y volver más productivos su capital y su fuerza laboral.
El riesgo de invertir de menos
La existencia de esos retornos sociales tiene una consecuencia directa de política pública. Como cada persona decide cuánto estudiar mirando el beneficio privado que espera y no el social, un retorno colectivo significativo puede derivar en una subinversión en educación. Ese desajuste justifica políticas de incentivo a una mayor inversión educativa. La medición precisa de esas externalidades sigue abierta: algunos estudios encuentran retornos sociales muy por encima de los privados y otros, de magnitud similar.
A los efectos económicos se suma uno político. Una ciudadanía más educada tiende a un mayor asociacionismo ya una participación más activa en las decisiones colectivas, rasgos que fortalecen los sistemas democráticos. El debate sobre cuánto pesa cada canal sigue vigente, y de su respuesta depende las políticas educativas que cada país elija financiar.


