LOS PRIMEROS PRINCIPIOS METAFISICOS

Ya se ha hablado de los principios constitutivos del “ser”. Pero la metafísica no sería ciencia si no tuviera un punto de apoyo seguro en primeros principios fundados en el conocimiento que el entendimiento tiene del “ser” y de las propiedades del “ser” en cuanto tal. 

El Principio de Identidad

Oportunamente dijimos que la riqueza del “ser” hace que la mente conciba una pluralidad de nociones: unidad, verdad, bondad; nociones trascendentales, convertibles, pero no idénticas. Si hay en la serie de los conceptos uno primerísimo, de igual manera debe ocurrir entre los juicios; y el primer juicio, el más simple y universal, debe depender de la primera idea, debe tener por sujeto al “ser”, y por predicado a lo que concierne primeramente al “ser”. Este primer juicio, anterior a todos los demás, debe regirlos a todos; debe ser, con la idea que lo constituye, la primera luz objetiva de nuestros conocimientos ontológicos. Tal es el principio de identidad, que, en su formulación lógica, se llama de no contradicción, juicio primerísimo de la razón especulativa que puede formularse de la siguiente manera:

“Cada ser es lo que es”. “Todo ser es y es en sí mismo con una naturaleza que lo constituye.” “Cada cosa es lo que es.” “Lo que existe, existe”. “El ser no es el no ser”. “Lo que es, es”. Tales fórmulas quieren expresar lo que el intelecto ve con absoluta evidencia en la intuición espontánea y viviente del “ser”, y que difícilmente puede volcar en el molde imperfecto de los vocablos del lenguaje.

El Principio de Razón Suficiente

Poniéndonos ahora en la perspectiva del “ser” situado frente a la inteligencia, o sea en cuanto verdadero, surge una segunda evidencia referida a la inteligibilidad del “ser”, entendido por una parte como capaz de existir y por otra como acabado en cuanto inteligible. Se trata del principio de razón suficiente, que pone de manifiesto que el “ser” está siempre fundado en cuanto “ser”, o sea, en aquello por lo cual “es”; he aquí su enunciado: “Todo lo que “es” tiene, en la medida que “es”, su razón suficiente.” O bien, como aparece en Leibniz: “Todas las cosas tienen una razón por la cual tienen que «ser» así y no de otra manera”. Pero, por poco que se reflexione, se observa que, si se niega el principio de razón suficiente, se niega también el de identidad. En efecto, si una cosa “es” y no tiene razón de ser en sí misma la tendrá en el “no ser”, lo cual es un absurdo. Negar que el “ser” que “es” tiene una razón de ser es identificarlo con lo que “no es”. Por el contrario, en todas las demás cosas, cuya contingencia envuelve una gran dosis de “no ser”, hay, además del resplandor de inteligibilidad derivado de lo que “es”, una enorme carga de falta de inteligibilidad por causa de todo lo que “no es”. El principio de razón suficiente es universal, aunque se aplica de una manera analógica; vale para todo “ser”, para Dios como para la criatura, aunque en un título diferente.

El término agente significa ante todo la actualidad de un “ser en acto” dotado de una cierta determinación y de una perfección constitutivas; implica también la comunicación de una perfección a sí mismo en el caso de la acción inmanente (la flor enriquece la planta, el pensamiento enriquece el espíritu) o a otro “ser”, en el caso de la acción transitiva (la iluminación del cosmos hecha por el Sol, el amor humano y divino que es donación de sí y de algo al amado). También aquí hay un objeto de pensamiento, el “ser”, pero ejerciendo su función de bien; el “ser” en cuanto agente es ordenación o determinación hacia un bien; lleva en sí un impulso, un deseo innato, un ímpetu (“un peso”, diría San Agustín), que en el plano de la vida tiene proyecciones maravillosas; un ansia de donación de sí mismo para devenir todas las cosas; deseo y ansia que tienen su perfección en la acción más desbordante que es el amor. Esto nos hace comprender el principio de finalidad en su primordial significación metafísica: el “ser” es amor del bien; todo “ser” es amor de un bien y es la razón misma en virtud de la cual obra; así, el “ser” de la flor comporta un ansia radical y metafísica de deleitarnos en su belleza; el “ser” de la luz es amor de iluminación; el “ser” del agua es un apetito de refrigerar y conservar la vida; el “ser” el pájaro es un amor al vuelo y al canto; el “ser” del hombre es un ansia de vida, de pensamiento, de acción y de amor. El ideal o tipo, el esquema o plan, el modelo interior según el cual un agente produce una obra, recibe en metafísica el nombre de causa ejemplar. Aun cuando la cosa a imitar sea un objeto exterior (un paisaje, por ejemplo, o un rostro), el modelo es siempre una idea o una imagen; el objeto externo no es modelo sino en la medida en que se hace idea: sólo ella es la causa ejemplar de la obra. Y es verdadera causa porque determina realmente el modo de actividad del agente; está dotada de necesidad y universalidad, puesto que ninguna actividad puede ejercitarse si no es según un proyecto concebido de antemano. Toda la naturaleza, con su armonía y su complejidad, ha sido determinada según los modelos de las ideas divinas, de los que los seres concretos son imitaciones y participaciones. Es absurdo pensar que se pueda imprimir un diario o un libro sin una previa composición tipográfica. De la realización del plan surge el orden, que es un reflejo de la idea; todo orden denota una inteligencia. Por eso la causa fundamental de lo que se hace en el mundo o fuera de él no puede residir en la realidad material; debe encontrarse en uno o en varios seres personales, dotados de la actividad del espíritu.

 

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