Su objeto coincide en parte con el de la psicología y el de la lógica; pero su ángulo de enfoque es distinto. En efecto; Ia psicología estudia, entre otras cosas, el conocimiento como vivencia especial del alma; investiga su origen, su desarrollo real, su carácter especial en cuanto acto; la crítica, en cambio, investiga la cuestión de derecho o do validez. La lógica estudia la validez del conocimiento, pero se contenta con un examen puramente inmanente del contenido intelectual; determina únicamente las condiciones a que se han de atener los contenidos en sus relaciones mutuas, para tener validez. La crítica, en cambio.es la que propone la última y decisiva cuestión de la validez: el contenido del conocimiento des tal cual lo exige el objeto conocido, ¿es decir el conocimiento des verdadero? De lo dicho se deduce que, en crítica, usar un método puramente psicológico (cuál sería la descripción del curso real delos procesos cognoscitivos) o un método puramente lógico (fijar, por ejemplo, la atención en las relaciones de los contenidos intelectuales entre sí, es decir, prescindiendo de uno de los términos del objeto) sería desconocer la naturaleza propia del problema planteado. El método acertado será un término medio entro esos dos extremos. Se está, pues, ante una verdadera metafísica del conocimiento, ya que se trata de descubrir la relación esencial entre les fenómenos cognoscitivos inmanentes conscientes (aspecto psicológico) y la realidad ultra consciente, “trascendente”, del objeto. El trabajo de la crítica es pura y exclusivamente reflexivo; en consecuencia, no es posible prescindir en lo más mínimo del conocimiento de lo real: si falta uno de los dos extremos, la relación no puede darse por eso la crítica desaparece desde el momento en que se pretende hacer consistir toda la filosofía en el proceso crítico mismo. A este respecto dice Maritain en su obra Los grados del saber: “Siendo un hecho que el pensamiento se presenta desde el primer instante como asegurado sobre las cosas y medido por un “ser” independiente de sí mismo, de cómo juzgar si, tanto al principio como en las diversas fases del conocimiento humano, esa pretensión está justificada, ¿y cómo y en qué medida? Es absurdo exigir al pensamiento filosófico comenzar, antes de conocer nada válidamente, por probar que puede conocer (cosa que no podría hacer sino conociendo); es absurdo suponer de antemano que lo que no puede menos de ser juzgado verdadero por el pensamiento podría, por obra de algún genio maligno, no ser verdadero, para exigir en seguida a este mismo pensamiento la demostración de que de hecho no es así; o admitir que el pensamiento podría no captar sino objetos fenómenos y exigirle demostrar que tales objetos son realidades extra mentales.
Pero cuando el pensamiento ha comenzado a ejercitarse, a conocer y a filosofar, a adquirir certezas de ciencia y de sabiduría acerca de las cosas y del alma y de su causa primera, debe replegarse sobre sí mismo y sobre esa adquisición y aplicarse a conocer el conocimiento, a juzgar del mismo y a verificarlo (para luego avanzar de nuevo y retornar una vez más sobre sí mismo…). Tal trabajo es propio de la sabiduría metafísica; situada ésta en la cumbre de la espiritualidad entre las ciencias, puede retornar sobre los principios de éstas y sobre los suyos propios para justificarlos (si no por una demostración directa… al menos por reducción al imposible) … Las verdades fundamentales, en particular la validez general del conocimiento y de los primeros principios, son confirmadas aquí humildemente por la imposibilidad de sus contradictorias; vendrá luego la tarea principal, en donde la investigación puede avanzar e irse depurando indefinidamente: consiste, por una parte, en analizar y describir respetando su integridad el contenido objetivo del conocimiento en sus diversas fases aspecto fenomenológico y el testimonio que él da de sí mismo, y por otra parte, en tratar de penetrar metafísicamente en su naturaleza y en sus causas, y de hacerle, hablando con propiedad, que se conozca a sí mismo. Después de esto se podrá proceder detalladamente al discernimiento de los valores gnoseológicos y a distinguir bien lo que, en la obra del saber, depende de lo real y lo que depende de la actividad constructiva de nuestro espíritu… En todo esto el espíritu adquirirá un conocimiento exacto y verdadero del objeto propuesto y juzgará de él en virtud de las necesidades intrínsecas propias del saber; así habrá creado con toda propiedad una verdadera crítica del conocimiento”. Téngase muy en cuenta que la reflexión crítica supera a la reflexión espontánea de la inteligencia en el mismo modo y manera en que la ciencia filosófica supera a las certezas vulgares del sentido común. La crítica no es, pues, simplemente la revisión de nuestras adhesiones espontáneas; es también la revisión de todas las certezas, especialmente de las científicas y filosóficas; y, además, busca juzgar, en cierto modo, esta misma revisión, fundarla en derecho, por la justificación explícita de los procesos que realiza.
El Punto de Partida de la Crítica
El punto de partida de la crítica, tan debatido entre los filósofos modernos, no puede, después de todo lo dicho, reducirse a la pura afirmación de un pensamiento que se piensa a sí mismo. Hay que empezar, sí, por el hecho del pensamiento, pero del pensamiento real, a saber, de un pensamiento que no conoce sino midiéndose sobre el “ser”. Si se comienza afirmando a priori que en el pensamiento no hay más que el pensamiento, se ha tomado un punto de partida negativo, olvidando a la vez que el pensamiento y el “ser” forman una sola cosa. Este es el único significado admisible que puede darse a la famosa afirmación de Descartes con la que enunciaba su primera certeza: cogito, ergo sum (pienso, luego existo).



