
Cuanto menos instinto se poseen, más grande es el número de conductas que se pueden desarrollar. Cada vez más el hombre va creando un mundo en el cual el instinto tiene poca oportunidad de manifestarse. Es muy posible que con el andar del tiempo el instinto pierda del todo el control parcial que todavía ejerce sobre el hombre, el cual está obligado cada vez más a recurrir a su inteligencia, convirtiendo su cerebro en el centro de su vida. “El homo sapiens, dice Ralp Linton, se caracteriza por su hipertrofia cerebral. Dicho en buen inglés agrega con un dejo de ironía, el hombre es un mono con un cerebro demasiado activo para su propio bien”.
Lo cierto es que sin su cerebro tan activo el hombre se hubiera encontrado en la naturaleza tan a merced de ésta como sus parientes los animales; y se hubiera refugiado cautelosamente en sus instintos. Sus técnicas hubieran sido sucintas, inseguras y primitivas. Pero, afortunadamente, su cerebro le permitió no sólo emplear técnicas más evolucionadas que las de los animales, sino que le permitió también dar el paso trascendental del mero uso de lo que se encuentra piedra, hueso, madera, etc. hasta la creación y fabricación de artefactos, desarrollando y fortaleciendo a la vez su pensamiento conceptual. Si el cerebro le fue indispensable para descubrir el valor del ambiente. la técnica le fue indispensable para su control y transformación y, en consecuencia, para su propia evolución humana. Sin la técnica, y pese a su indiscutible superior inteligencia, el hombre estaría todavía hoy frente a la naturaleza como, el cuñado de Ali Babá tras las puertas de roca de la Cueva de los 40 ladrones. Incapaz de hacerlas abrir de otra manera que con las palabras mágicas de “Sésamo: ábrete”, que había olvidado. El pensamiento mágico cuyas raíces son todavía numerosas y profundas incita al hombre a no pensar en armas técnicas, sino a aguardar que el azar, el destino, o las palabras, resuelvan los problemas; a confiar en el milagro. El pensamiento tecnológico lo incita, en cambio, a indagar, descubrir, crear, transformar; es el pensamiento típicamente humano y constituye una función que le es vitalmente inalienable. El hombre es, cada vez más, el ser del pensamiento tecnológico.
Toda su vida social y cultural se constituye y organiza sobre bases técnicas de cálculo, previsión y organización en sistema. Lo que hay de original y de grande en Bach, por ejemplo, es la técnica que empleó para concebir y crear su música. Mézclense al azar sus notas musicales, destrúyase la estructura y armonía de su composición, y quizás su música no podría competir con la del grillo o la cigarra. Por muy alta que haya sido y lo ha sido, su inspiración, es decir el ingrediente cultural nada sabríamos de ella sin la técnica de su composición y sin la técnica de los instrumentos usados para ejecutarla. Podría decirse algo más: sin esas técnicas previas, concretadas en la escritura musical y en el instrumento, o sin las técnicas que hubiera tenido que inventar, Bach no hubiera compuesto, ni su inspiración se hubiera concretado en creación alguna. La inspiración y la creación son inseparables de las técnicas que las expresan.
El descubrimiento, por ejemplo, de las relaciones que rigen el funcionamiento del sistema solar; el de un método para curar una enfermedad; el de la forma de desintegrar el núcleo del átomo; el uso de la rueda como medio de transporte; la fabricación del fuego, etc., han sido conquistas laboriosas; pero, una vez logradas, ha bastado la transmisión de sus técnicas para convertirlas en conquistas definitivas e integrarlas en el sistema de vida técnico cultural del hombre. Todo conocimiento, descubrimiento o invención, toda creación, una vez quitada su superestructura cultural, muestra su sólida estructura técnica.
Sin técnica no habría cultura; y menos, civilización. La técnica es lo que da estructura a todo lo que el hombre concibe y realiza, de cualquier orden que sea. Pensar es una técnica. Los que se distinguen como pensadores consideran a la técnica en grado inferior al mero hecho de pensar; ¡pero igual del que no siendo “pensador de oficio”, sino un aficionado, se atreva a discutirle en su humilde lenguaje lo que el pensador piensa en su lenguaje técnico! De inmediato sería rechazado, pasado por alto o llamado a silencio, pero no en razón del escaso valor que se atribuya a su pensamiento, sino por carecer éste de la técnica de los tecnicismos, casi siempre que el pensador de oficio usa y el pensador aficionado desconoce; o simplemente, no maneja. El hombre vive cada vez más en un ambiente creado por la tecnología y la cultura. Este proceso tecno lógico cultural es en buena parte reciente. Su madurez ha sido lenta. El hombre tardó mucho en concretar sus primeras técnicas, en fabricar sus primeros instrumentos, en organizar sus primeras comunidades, en darse un lenguaje, en integrar por primera vez una cultura. Dentro del millón de años desde su formación biológica, nada significan los 35.000 que se calculan transcurridos desde que aprendió a cocinar sus alimentos y coser sus vestidos, ni los 6.000 desde que inventó la agricultura, y los 5.000 desde que inventó la escritura. Pero una vez logrado su primer sistema tecnológico y su primera integración cultural, la evolución fue rápida. El ser humano es decir el ser de la técnica y la cultura quedaba constituido. La mutación técnico cultural completaba así el comienzo de un nuevo ciclo que se había iniciado con la mutación genética ambiental del primate al hombre. Para el hombre y en particular para el actual los problemas de su vida son esencialmente técnicos. Todo lo que inferimos de la vida, como todo lo que procuramos lograr para vivir, tiene una base técnica. Nuestro mundo de relaciones es igualmente técnico. Conocemos y diferenciamos sobre la base de una serie infinita de referencias técnicas: el lenguaje, el parentesco, el título, el volumen, la forma, el peso, la altura conocemos la vamos despojando de todo lo que la técnica ha puesto en ella, nos encontraríamos casi sin nada, o con algo muy distinto de lo que creíamos; como en aquellas historietas de fines del siglo pasado, en que una mujer a la cual se crea bella comenzaba a despojarse de todos sus encantos técnicos, comenzando por la peluca y la dentadura.



