
Gradualmente se realiza el aprendizaje del arreglo personal, más delicado en las niñas que en los niños. Hay pocos juguetes comerciales; pero los muchachos se divierten de mil maneras y fabrican con ingenio juguetes milenarios como hondas, carros, trompos y cometas, así como aperos de labranza en miniatura. A pesar del descuido higiénico en que se los tiene, los niños aparecen saludables y son vivaces, curiosos, libres, y capaces de cuidarse a sí mismos. Pero la preparación para la dura vida social que les espera comienza pronto. Según expresión de las madres, los niños “se empicarían mal”, es decir, se malcriarían, si se les diese satisfacción en todos sus caprichos y deseos. Se les exige, pues, obediencia estricta, se les acostumbra a no ser pedigüeños, y la correa paterna actúa con facilidad, si bien la madre para no pocos golpes. El padre es respetado y temido y a la madre se le profesa gran respeto y amor, habiendo para expresar esta actitud palabras ceremoniosas de uso obligatorio, como “usted”, “su merced”, y “sí señor” o “no señor”, así como diminutivos que añaden afecto al respeto como “mamacita”. “patroncito”, etc. Un niño de Saucío jamas tratará de tú a su padre o a su madre. ni suprimirá la palabra señor al responder a una persona mayor.
Hasta los 9 años, el niño permanece en la casa y corretea libremente en la calle y en el campo. Después recibe lecciones prácticas de conducta social. Como no perjudicar las plantas, no hacer daño a los animales y respetar los bienes ajenos, aunque en este punto se observan deficiencias patentes. También se les enseña a no mentir, pero asimismo con poco éxito, pues dicen “sí”, cuando quieren decir “no”. sin aparente violencia psicológica. Por otra parte, los padres enseñan a los hijos a emplear cierto grado de cautela, especialmente cuando son abordados por extraños. Generalmente. los niños huyen cuando se les acercan personas desconocidas. Por desgracia, las experiencias de los campesinos con gentes ajenas a su medio justifican en gran parte esa desconfianza, que hasta en los adultos es muy grande respecto de personas de algún relieve social como mercaderes, funcionarios del censo, terratenientes, inspectores, maestros, médicos, abogados, etc. Al estudiar la historia de las relaciones entre los campesinos y las clases superiores también se encuentra justificada esa actitud recelosa de los saucitas. Aparte de la mentira y el disimulo por desconfianza está la que se podría llamar “mentira cortés” para evitar discusiones y para contemporizar con el interlocutor cuando no se está familiarizado con el tema de la conversación. En realidad, cuando un campesino desea sinceramente decir Ja verdad, se vale de lo que denomina “jurar en ayunas”, expresión con la cual se da a entender que una promesa o declaración hecha sin haber ingerido cerveza o “chicha” es seria, se respeta y honrada. Parte de este juramento consiste en dibujar una cruz mediante una moneda en las tablas de una mesa o sobre la puerta. Ya hemos dicho que el cuidado en la limpieza es escaso y que los niños juegan mucho. Pero no hay pandilla. Los únicos grupos de juego que se ven están formados por hermanos. Cualquier otro es ocasional y carece de importancia emotiva. Este hecho se debe quizás a la prematura dedicación a las faenas del campo, y probablemente sea uno de los factores que fomentan el individualismo, en el sentido de egocentrismo, tan evidente en el adulto. La preparación religiosa empieza en los primeros años con el rezo familiar y las prácticas del culto, y culmina en la primera comunión, acontecimiento de la más alta importancia en la vida del niño.
También comienza pronto la capacitación para la agricultura, aun cuando el niño vaya a la escuela, pues esto no le impide ir en busca de las ovejas, traer agua, hacer mandados; pero después de los once años se entrega de lleno al aprendizaje agrícola, que lleva a cabo mediante la intervención en todos los trabajos del campo, según van aumentando sus fuerzas. La imitación es el único procedimiento; el muchacho reproduce fielmente lo que ve hacer a los mayores. Así es preservada la tradición, por incorporación a ella de los niños mayores y de los adolescentes, que viven la etapa llamada por algunos de “admiración hacia los héroes”. Aquí los héroes son los agricultores maduros, y se puede predecir que cualquier niño que, por un motivo u otro, no obtenga esa capacitación personal, nunca adquirirá la segunda. Los niños se desarrollan con rapidez de los 13 a los 16 años, y las niñas, de los 11 a los 14. A medida que avanza la adolescencia, aumenta la libertad de los jóvenes y se extrema la vigilancia de las muchachas. Sin embargo, aquéllos no se inician en la bebida hasta los 17 ó 18 años de edad, a veces por invitación de los propios padres, pero, en general, por la de un adulto amigo de la familia. De todos modos, una vez realizada la iniciación, los padres no tienen empacho de beber en compañía de los hijos.



