Doctrinas educativas

En efecto, las doctrinas más recientes no nacieron ayer; son la continuación de las que precedieron, y sin las cuales, en consecuencia, no pueden ser comprendidas; y así, paso a paso, para descubrir las causas determinantes de una corriente pedagógica de cierta importancia, hay, generalmente, que ir bastante lejos hacia atrás. Con esta condición se tendrá, incluso, cierta seguridad de que los puntos de vista nuevos que apasionan más a los espíritus no son brillantes improvisaciones destinadas a sumirse rápidamente en el olvido. Por ejemplo, para poder comprender la tendencia actual a la enseñanza por las cosas, a lo que se puede llamar el realismo pedagógico, no hay que limitarse a ver cómo se expresa en tal o cual contemporáneo; hay que remontarse hasta el momento en que nace, es decir, a mediados del siglo XVIII en Francia, y hacia el fin del XVII en algunos países protestantes. Y, al mismo tiempo, se estará en mejores condiciones para percibir cuáles son esas causas, y, en consecuencia, para juzgar el alcance verdadero de ese movimiento. Pero, por otro lado, esa corriente pedagógica se ha constituido en oposición a una corriente contraría, la de la enseñanza humanista y libresca. No se podrá, pues, apreciar sanamente la primera sino a condición de conocer también la segunda; y henos aquí obligados a remontar mucho más lejos aún en la historia. 

Esta historia de la pedagogía, para dar todos sus frutos, no debe, por otra parte, ser separada de la historia de la enseñanza. Pese a que nosotros las hayamos distinguido en la exposición, ellas son, en realidad, solidarias la una de la otra. Pues, en cada momento del tiempo, las doctrinas dependen del estado de la enseñanza, que reflejan, incluso cuando reaccionan contra ella, y, ellas por otra parte, en la medida que ejercen una acción eficaz, contribuyen a determinarla. Con esa condición la pedagogía podrá eludir un reproche que se le ha dirigido frecuentemente y que ha dañado mucho su crédito. Demasiados pedagogos, y entre los más ilustres, han emprendido la edificación de sus sistemas haciendo abstracción de lo que había existido antes de ellos. Pero era al mismo tiempo ubicarse fuera de las condiciones de lo real. El porvenir no puede ser evocado de la nada: nosotros no podemos construirlo sino con los materiales que nos ha legado el pasado. Un ideal que se construye en contradicción con el estado de cosas existente no es realizable puesto que no tiene raíces en la realidad. Por lo demás, es claro que el pasado tenía sus razones de ser; no hubiera podido durar si no hubiera respondido a necesidades legítimas que no podrían desaparecer totalmente de la noche a la mañana; no se puede, pues, hacer tabla rasa tan radicalmente sin conocer las necesidades vitales. He ahí por qué la pedagogía sólo ha sido, demasiado a menudo, una forma de literatura utópica. 

Nosotros compadeceríamos a los niños a quienes se aplicará rigurosamente el método de Rousseau o el de Pestalozzi. Esas utopías han podido jugar sin duda un papel útil en la historia. Su propio simplismo les ha permitido hacer un impacto más vivo en los espíritus y estimularlos a la acción. Pero, en primer término, esas ventajas no dejan de llevar consigo inconvenientes; además, para esa pedagogía de todos los días, de que cada. Maestro tiene necesidad para aclarar y guiar su práctica cotidiana, es necesario menos seducción pasional y unilateral, y, al contrario, más método, un sentimiento más presente de la realidad y de las múltiples dificultades que osara una cultura histórica necesario enfrentar. Únicamente la historia de la enseñanza y de la pueda educación en cada momento de la historia. Pero en lo que fines, es preciso pedírselos a la psicología. En efecto, el ideal pedagógico de una época expresa ante todo el estado de la sociedad en la época considerada. Pero para que ese ideal se convierta en una realidad, hay además la conciencia tiene sus propias leyes que hay que conocer para poder modificarlas, si, por lo menos, queremos ahorrarnos, en cuanto sea posible, los tanteos empíricos cuya reducción al mínimo es precisamente el objeto de la pedagogía. Para poder excitar la actividad a desarrollarse en determinada dirección, hay que saber además cuáles son los resortes que la mueven y cuál es su naturaleza; porque con esa condición será posible, con conocimiento de causa, la acción que corresponde.  ¿Se trata, por ejemplo, de despertar el amor a la patria o el sentimiento de la humanidad? Según se vea en las tendencias un producto de las experiencias agradables o desagradables que ha podido hacer la especie, o bien, por el contrario, un hecho primitivo anterior a los estados afectivos que acompañan su funcionamiento, habrá que encararlas de maneras muy diferentes para regular su funcionamiento. Pues bien: es a la. psicología y, más especialmente, a la psicología infantil que corresponde resolver estos problemas. Si bien ella es incompetente para fijar la finalidad porque ésta varía según los estados sociales no cabe duda que tiene que desempeñar un papel útil en la constitución de los métodos. Incluso, como ningún método puede aplicarse de la misma manera a los diferentes niños, es, de nuevo, la psicología la que deberá ayudarnos a reconocernos un medio de la diversidad de las inteligencias y de los caracteres. Es bien sabido, desgraciadamente, que estamos todavía lejos del momento en que ella estará en condiciones de satisfacer tal desideratum. 

Hay una forma especial de la psicología que tiene para el pedagogo una importancia particular: la psicología colectiva. Una clase, en efecto, es una pequeña sociedad, y no hay que conducirla como si no fuera más que una simple aglomeración de sujetos independientes unos de los otros. Los niños en clase piensan, sienten y actúan diferentemente de cuando están aislados. En una clase se producen fenómenos de contagio, de desmoralización colectiva, de sobreexcitación mutua, de efervescencia saludable que hay que saber discernir para prevenir o combatir los unos, utilizar los otros. Seguramente esta ciencia está aún en la infancia. Sin embargo, hay desde ya un cierto número de proposiciones que es importante no ignorar. Tales son las principales disciplinas que puede despertar y cultivar la reflexión pedagógica. En lugar de buscar dictaminar para la sociología un código abstracto de reglas metodológicas empresa que, a modo de especulación tan ordenada y tan compleja, es apenas concebible de una manera satisfactoria nos ha parecido preferible indicar de qué manera nos parece que debe ser formado el pedagogo. Una cierta actitud de espíritu ante los problemas que le corresponda tratar, se hallará determinada precisamente por eso.

 

Related Post