Una Escuela a la Medida del Niño

Madre acompañando a dos niñas con mochilas coloridas hacia la entrada de una escuela de fachada moderna y colorida.

Se comprende que la gran innovación pedagógica obrada en la enseñanza de los paises civilizados por la introducción de la psicología infantil como fundamento de la educación, no fue obra exclusiva de María Montessori. Si insistimos en ella es porque su labor reúne dos condiciones que la destacan: fue la gran iniciadora y sus ideas tuvieron una resonancia mundial no igualada. No obstante, no pueden olvidarse los nombres y la obra de notables pedagogos y psicólogos como Profit y Freinet en Francia, Decroly en Bélgica, Dewey y Weshburne en los Estadlos Unidos, Giner de los Ríos en España, Mercante en la Argentina y sobre todo Claparè de Ferrière, Piaget y Bovet en Suiza, y las hermanas Agazzi en Italia.

Pierre Bovet (1878) destacó la característica esencial de la escuela nueva con una expresión feliz: escuela activa. En efecto, cualesquiera que sean los matices que diferencien en teoría a las ideas de Dewey, de Claparè de Ferrière, de la Montessori, o de las Agazzi, todas se asientan en un principio básico de psicología infantil: respeto por la libre actividad e iniciativa del niño.

Ahora bien, un niño libre, cuyos intereses afectivos, curiosidad intelectual y necesidad de juego son respetados, equivale a un individuo esencialmente activo, que busca, investiga, crea y se disciplina con el propio trabajo. Éste no le da ocasión al aburrimiento traducido en desinterés, ni provoca reacciones negativas, fruto de una actividad reprimida u obligada a encauzarse en tareas ajenas al nivel psíquico del niño, ya sea mental o afectivo, o que siéndole propias se presentan en un plano todavía no alcanzado por él. Toda escuela que respete de este modo la personalidad infantil, será al margen de las diferencias que en la teoría separen a sus propugnadores, una escuela activa, es decir, con vida propia, porque estará adecuada a la medida psicológica del niño: a su real y efectiva capacidad.

Ahora bien, hablar de escuela a la medida del niño no significa, por supuesto, caer en la ingenuidad de cierto pedagogo improvisado que con la mejor voluntad decía: “En mi clase todo está hecho a la medida del niño. Los bancos se adaptan a su talla por un mecanismo que permite agrandarlos o reducirlos; las piezas bajan o suben según la estatura del alumno; las ventanas y picaportes están al nivel de los ojos y manos infantiles.” Olvidaba lo principal: que él, como maestro, no estaba a la medida de los alumnos, que su misión pedagógica se hallaba carente del conocimiento de la psicología infantil, e ignoraba que, reduciendo el tamaño del moblaje y el material escolar, sólo insistía en lo exterior, en la forma, y dejaba intacto el espíritu, la sustancia misma de la enseñanza.

Al hablar de escuela a la medida del niño no se hace referencia, por lo tanto, a la talla del alumno y a su relación con el tamaño de las cosas, sino a la originalidad del espíritu infantil, en el sentido de que la enseñanza debe estar adecuada a los intereses del niño. Estos intereses solamente pueden ser apreciados mediante un estudio psicológico exhaustivo, a cargo de la moderna psicología de la infancia.

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