Amplitud del Concepto de Educación

Libro grueso con numerosas cintas adhesivas de colores utilizadas como marcadores de estudio.

Cuando se habla de educación es frecuente pensar en una acción que, desarrollada en ciertos momentos de la vida, sigue procedimientos predeterminados y se desenvuelve en el seno de instituciones que han sido creadas con la específica misión de educar. Es decir, se piensa en la educación sólo como en una actividad que, con medios y procedimientos perfectamente establecidos, se ejerce en forma consciente e intencionada durante limitados períodos de la existencia del ser humano.

Dicha manera de concebir la educación, que no es completa, ha sido superada por la pedagogía contemporánea. En nuestra época se reconoce que, además de esta acción intencionada, la educación es también un proceso que de modo inconsciente, natural y espontáneo se desarrolla durante toda la vida desde el nacimiento hasta la muerte, como consecuencia de las múltiples influencias que surgen de la vida en comunidad.

En efecto, el hombre no es un individuo independiente, que vive solo en el mundo. Natural y necesariamente vive en relación con otros hombres y, por el hecho de vivir en sociedad, ésta influye sobre él. Más aún, la vida social es la que permite que el individuo llegue a ser real y plenamente un hombre, porque únicamente es posible alcanzar la dignidad humana cuando la esencia individual se completa con la asimilación y elaboración de los productos culturales, que son los elementos formativos de la personalidad.

Por consiguiente, la educación es fruto tanto de influencias espontáneas e inconscientes como, así también, de influencias directas y voluntarias 1que se ejercen sobre el hombre. Estas influencias surgen de las diversas comunidades que rodean al ser humano, lo estimulan y, a veces, lo limitan durante toda la existencia. Como destacara Louis Dugas, el hombre se forma por la acción que sobre él ejercen las instituciones escolares y lo que se da en llamar “la escuela de la vida”, que es la mejor de todas las escuelas.

Es así como la educación, además de ser una realidad viva, se concreta en una acción sistematizada que refuerza algunas influencias y elimina o disminuye otras, con el propósito de permitir que el hombre pueda emanciparse de las fuerzas de su naturaleza biológica y llegue a adquirir modos permanentes de pensar, de sentir y de obrar que le permitan vivir en el plano espiritual, superior al meramente biológico. Por eso la educación, entendida en su1 amplio y exacto sentido, como proceso de humanización del hombre, es un fenómeno de la vida misma: vivir es educarse y educarse es vivir.

En los pueblos primitivos, en los que no existía clara intención formativa, la educación era resultado exclusivo de la acción espontánea ejercida por todo lo que rodeaba al hombre y, particularmente, por los adultos sobre los niños y los jóvenes y tendía, de manera esencial, a satisfacer las necesidades inmediatas de la vida. Esta acción, que carecía de objetivos precisamente determinados y de medios de acción definidos, formaba al hombre envolviéndolo y presionándolo con las acciones y reacciones de la rudimentaria vida social. Por eso su acción era lenta y, a menudo, imperfecta. En nuestras sociedades civilizadas se continúa ejerciendo esta acción espontánea, ya que el hombre, desde el instante de su nacimiento, es influido por la presión de los agentes naturales, las situaciones sociales y las diferentes estructuraciones culturales. Pero esta educación que no es más que el resultado del diario compartir de experiencias es completada por la acción voluntaria e intencional que se ejerce sobre las nuevas generaciones.

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