
Unos se refieren educación. En todas estas investigaciones, se trata simplemente ya de describir cosas presentes o pasadas, ya de investigar sus causas, o de determinar sus efectos. Ellas constituyen una ciencia; eso es, o más bien, eso sería la ciencia de la educación. Pero del propio esbozo que acabamos de trazar, resalta con evidencia que las teorías llamadas pedagógicas son especulaciones de un tipo completamente distinto. En efecto: ni persiguen el mismo fin ni emplean los mismos métodos. Su objetivo no consiste en discriminar o en explicar lo que es o lo que ha sido, sino determinar lo que debe ser. No nos dicen: esto es lo que existe y éste es por qué sino esto es lo que hay que hacer. Incluso, los teóricos de la educción no hablan generalmente de las prácticas tradicionales del presente y del pasado sino con un desdén casi sistemático. Sobre todo, señalan sus imperfecciones. Casi todos los grandes pedagogos, Rabelais, Montaigne, Rousseau, Pestalozzi, son espíritus revolucionarios rebelados contra las prácticas de sus contemporáneos. Sólo mencionan los sistemas antiguos o existentes para condenarlos, para declarar que no tienen fundamentos en la naturaleza. Hacen tabla rasa, de manera más o menos completa, y emprenden en su lugar la construcción de algo enteramente nuevo. Por lo tanto, si queremos entendernos, tenemos que distinguir con cuidado dos clases de especulaciones tan diferentes. La pedagogía es otra cosa que la ciencia de la educación. ¿Pero, en ese caso, qué es? Para hacer una elección motivada no es suficiente que sepamos lo que no es; debemos indicar en qué consiste.
¿Diremos que es un arte? Tal conclusión parece imponerse; pues de ordinario no se ve ningún intermediario entre ambos extremos y se da el nombre de arte a todo producto de la reflexión que no sea la ciencia. Pero esto es extender el sentido de la palabra arte hasta el punto de hacer entrar en ella cosas muy diferentes. En efecto, se llama de igual modo arte o la experiencia y en el ejercicio de su profesión. Ahora bien: esta experiencia del pedagogo. Un hecho de observación corriente hace muy calor y ser, sin embargo, completamente incapaz para las especulaciones de la pedagogía. El maestro hábil sabe hacer razones que justifican los procedimientos que emplea; a la tica; no habríamos confiado una clase a Rousseau ni a embargo un hombre del oficio, que sólo debía poseer muy imperfectamente el arte del educador, como lo prueban sus repetidos fracasos. La misma confusión se encuentra en otros dominios. Se llama arte el “savoir-faire” del hombre de Estado, experto en el manejo de los asuntos públicos. Pero se dice, también, que los escritos de Platón, de Aristóteles, de Rousseau, son tratados de arte política; y es cierto que no podemos ver en ellos obras verdaderamente científicas, puesto que no tienen por objeto estudiar lo real, sino construir un ideal. Y, sin embargo, hay un abismo entre las tareas del espíritu que implica un libro como el Contrato Social y las que supone la administración del Estado; Rousseau hubiera sido verosímilmente tan mal ministro como mal educador. También sucede que los mejores teóricos de las cosas médicas no son, qué va, los mejores clínicos.
Interesa, pues, no designar por una misma palabra dos formas de actividad tan diferentes. Es preciso, creemos, reservar el nombre de arte. A todo aquello que es práctica pura, sin teoría. Es así que todo el mundo se entiende cuando se habla del arte del soldado, del arte del abogado, del arte del educador. Un arte es un sistema de maneras de hacer que están ajustadas a fines especiales y que son producto sea de una experiencia tradicional comunicada por la educación, sea de la experiencia personal del individuo. Sólo se las puede adquirir poniéndose en relación con las cosas sobre las cuales debe ejercerse la acción y actuando. Sin duda, puede ser que el arte sea aclarado por la reflexión, pero la reflexión no es un elemento esencial, ya que el arte puede existir sin ella. Incluso, no existe un solo arte en que todo sea objeto de reflexión. Pero entre el arte así definido y la ciencia propiamente dicha, hay lugar para una actitud mental intermedia. En lugar de actuar sobre las cosas o sobre los seres siguiendo métodos determinados, se reflexiona sobre los procedimientos de acción que así se emplean, no con miras a conocerlos y explicarlos, sino a apreciar lo que valen, si son lo que deben ser, si no es útil modificarlos y de qué manera, hasta incluso a reemplazarlos totalmente por procedimientos nuevos. Esas reflexiones toman forma de teorías; son combinaciones de ideas, no combinaciones de actos, y, por ese lado se acercan a la ciencia. Pero las ideas así combinadas tienen por objeto, no expresar la naturaleza de las cosas dadas, sino dirigir la acción. No son movimientos, pero están muy próximas al movimiento al que, según su función, deben orientar. Si no son acciones son, al menos, programas de acción, y, por ahí, se aproximan al arte. Para expresar el carácter mixto de esas especies de especulaciones, proponemos denominarlas teorías prácticas. Ella no estudia científicamente los sistemas de educación, sino que reflexiona sobre ellos con vistas a proporcionar a la actividad del educador ideas que la dirijan.



