
La educación es un reflejo o producto de la situación espiritual de cada pueblo y cada época. Claro es que, a su vez, ella influye en esta situación modificándola o transformándola. Nos limitamos al primer aspecto. Así, según sea el ambiente o contorno espiritual, será la educación. ¿Cuál es la situación espiritual de nuestra época? El diagnóstico es difícil. Pero haciéndolo vemos en ella la carencia de un ideal, de una unidad espiritual, y la multiplicidad de aspiraciones que producen tensiones y antagonismos.
En el orden de la política nos encontramos con la oposición de la concepción democrática y liberal del mundo occidental con la totalitaria y autoritaria del oriental. En el campo de la cultura tenemos la pluralidad de concepciones del mundo y de la vida que suponen el cristianismo, el racionalismo, el materialismo, etc., que luchan asimismo por la supremacía, sin llegar a una unidad. Tenemos la competición o carrera por el dominio de la energía nuclear y de las armas atómicas, también con fines políticos, aunque a veces disfrazados con intenciones culturales y científicas. Finalmente, en la esfera social vemos la agudización de las luchas sociales, con la proletarización de la clase media y la paulatina elevación de las clases obreras en la vida económica y política.
En suma, no existe en nuestra época una unidad espiritual, política y social. ¿Es esto un bien o un mal?
Estas divergencias y antagonismos nos revelan que nuestro tiempo se halla en un período de crisis, entendiendo por ésta no un fenómeno in-sólito y pasajero, sino un factor permanente de la historia, que en unos momentos es más perceptible que en otros. Por otra parte, hay que tener en cuenta el cambio acelerado de nuestra cultura y sociedad actuales. Lo que hoy nos parece definitivo, en pocos años se nos presenta como pasado. A semejanza de lo que ocurre con los ingredientes electrónicos en la producción industrial actual, o con la energía nuclear.
Finalmente, en el orden político tenemos la aparición de nuevos nacionalismos, que rompen el equilibrio del mundo. Todos estos factores y otros más que podrían señalarse, como la continua elevación del nivel de vida de las masas trabajadoras y la ya indica-da influencia de éstas en la vida política, dan a nuestra época una fisonomía peculiar esencial-mente diferente de otras inmediatamente anteriores.
La educación de nuestro tiempo refleja, por supuesto, esta situación espiritual divergente, antagónica y acelerada en sus cambios. Tratemos de ver cómo lo hace. En primer lugar, tenemos las diferencias de valoración de lo individual y lo social en la educación. Mientras que en la occidental se sigue respetando el valor de la personalidad en la educación, en la oriental se acentúa cada vez más lo colectivo y estatal. Claro es que ambas concepciones no son nunca puras, pues mientras que en algunos pueblos occidentales no se res-petan los derechos individuales ni la educación, en otros se exageran. En relación con esto, se halla también el papel que desempeñan en la educación la libertad y la autoridad, lo que se ve igualmente en la diferente importancia que se les confiere. Así, mientras que en la educación británica reina un ambiente de libertad y autonomía, en otros países como Francia todo está sometido a un régimen estatista y burocrático.
Asimismo, advertimos que existe oposición entre los que consideran la educación como un factor dinámico que mira al porvenir y trata de mejorar las condiciones actuales, y otros que la ven cual algo estático que quiere sólo conservar la tradición y el pasado. Es decir, el antagonismo entre los innovadores y los conservadores en la educación. Finalmente, existe hoy la preocupación por la enseñanza científica con motivo de la carrera por las armas atómicas. A pesar de estas divergencias y antagonismos hay ciertos puntos de convergencia en la educación de nuestro tiempo.



