
Jonn Dewey (1859-1952) fue un filósofo y pedagogo norteamericano que produjo una vasta obra teórica en la que se ocupó de todos los problemas más importantes planteados por la ciencia de la educación en la época contemporánea. Si bien vivió y siguió produciendo hasta 1952, nos hemos limitado a tomar algunos textos que, o pertenecen a su primera época como Mi credo pedagógico, que data de 1897 o bien se afirman teóricamente en ese sentido, que, por otra parte, se mantuvo siempre dentro de líneas generales inalterables. El hecho de estar ubicado en la escuela pragmática, por su orientación y metodología filosófica y científica, ha hecho perder de vista frecuentemente uno de sus aportes más importantes: nos referimos a su énfasis permanente por valorizar a la teoría pedagógica como elemento indispensable para dotar de cientificidad la educación y la práctica educativa.
En este sentido, su crítica al empirismo adquiere un indudable valor teórico, ya que, sin desvalorizar la experiencia adquirida por el maestro singular en su trabajo educativo cotidiano, apunta a la necesidad de lograr una sistematización que permita acumular los conocimientos adquiridos en la práctica y establecer leyes válidas para la orientación de la actividad educadora en general. Ahora bien, como la pregunta que se hace Dewey permanentemente conduce a su reflexión a la busca de la aplicación concreta que un conocimiento cualquiera puede hallar en el campo de la transmisión de la cultura y de la posibilidad para el sujeto de la educación de experimentar esa cultura a través de la acción; o dicho de otro modo, dado que la educación constituye para él un proceso que debe conducir a resultados prácticos y ser directamente instrumental, entonces, el contenido específico de la ciencia de la educación no puede ser definido del mismo modo que el de las otras ciencias. “No existe afirma Dewey una materia intrínsecamente señalada, marcada aparte, como contenido de la ciencia pedagógica.
Todos los métodos y todos los hechos y principios de cualquier materia que hagan posible tratar los problemas de la educación e instrucción. en una forma mejor son pertinentes para ella.” […]”La suposición, aunque sea tácita, de que la ciencia de la educación tiene su propia y peculiar materia de estudio, produce un aislamiento que hace de ésta un “’misterio” en el sentido que lo eran en otro tiempo las profesiones superiores. Una muestra superficial de este aislamiento se encuentra en el desarrollo de aquella terminología peculiar que se ha llamado la «paidología». Esta segregación es también responsable de la tendencia ya mencionada a penetrar en los asuntos educativos sin un fundamento suficiente en las disciplinas no pedagógicas a que debe acudirse, y de aquí a exagerar puntos de menor importancia en una forma absurda, unilateral, y a emplear alguna técnica científica especial como si su uso fuera la garantía mágica de un producto científico”. “El reconocimiento de la variedad de ciencias que deben contemplarse para resolver cualquier problema educativo lleva a ampliar la visión y a un esfuerzo más serio y prolongado en el equilibrio de la variedad de factores que intervienen aún en los problemas más sencillos de la enseñanza. Así podría reducirse la sucesión incontrolada de las olas de intereses y programas unilaterales y momentáneos que han afectado a la práctica y a la teoría de la educación”.
Dewey plantea también el carácter social de la educación, pero como puede verse en los dos primeros capítulos de Democracia y educación que publicamos aqui su concepción, a diferencia de la de Natorp, es decididamente pragmática y se basa en un modelo organicista de la sociedad y del proceso de la comunicación. Pero en el caso de Dewey, es preciso puntualizar algunas otras cuestiones que los textos no revelan y, no obstante, el lector debe conocer, para comprender cabalmente el valor y los alcances de su aporte a la pedagogía contemporánea. La importancia de la obra de John Dewey reside especialmente en el hecho de que su concepción pedagógica estuvo siempre sometida a una estrecha confrontación con la práctica, desde la fundación bajo su dirección de la Escuela primaria universitaria, en Chicago, hacia 1896, y a través de los distintos proyectos del movimiento de las “escuelas progresivas” que giraron todos en torno a su moderna concepción de la “educación por la acción”.
La “educación por la acción”, que proponía Dewey, era la contrapartida de la “educación por la instrucción” herbartiana. La propuesta de Dewey entronca fácilmente con la de las escuelas nuevas que aparecen en otros países occidentales, como veremos más adelante. Espontaneidad, actividad y experiencia son elementos fundamentales en la pedagogía de Dewey, en la educación “nueva” que él opone a la educación “tradicional”, mecánica, libresca e intelectualista. En todo ello no está ausente la influencia del desarrollo alcanzado por la ciencia y la técnica en la sociedad capitalista en la época en que nos estamos ubicando.
Nuestro criterio, pues, al seleccionar algunos textos de Dewey, estuvo fundado no sólo en la importancia de su aporte teórico y su énfasis en los ejes de la cientificidad y el carácter social de la educación, sino en la relación inevitable en que entran estos aportes con la experimentación de las doctrinas pedagógicas. Y este es un punto que no debemos perder de vista porque nos conduce a un tema tratado por Durkheim, cuya inclusión nos proponemos justificar ahora mismo.



