LA PREGUNTA DEL ALUMNO EN LA ENSEÑANZA

A otra situación escolar nos lleva el problema de la pregunta del alumno. Se trata esencialmente de las preguntas genuinas hechas en clase por los niños al maestro y los compañeros. Éstas son, en cuanto nacen de un verdadero “deseo de adquirir valores” y una natural sed de saber, la señal inconfundible de una enseñanza viva, de una buena relación maestro alumnos y de una actitud prometedora de éstos últimos. La ventaja y el valor formativo de la pregunta del alumno arraigan primordialmente en el hecho de que en ella está dada plenamente la genuina situación interrogativa: El alumno que no sabe, movido por un deseo natural de saber y un auténtico afán de conocer, pregunta al que sabe, generalmente al maestro, por los hechos y datos que le interesan. Tal como ya lo hemos señalado yace en ello el verdadero sentido de la pregunta. Así es como en la vida misma el inexperto pregunta al experto, el que no sabe al que sabe. No es necesaria ninguna inversión de la relación interrogativa como tantas veces sucede con la pregunta del maestro. Algunas diferenciaciones pueden establecerse únicamente según el grado de autenticidad del deseo de preguntar y el afán de saber. “En el momento en que el niño pregunta, se interesa sin duda por el asunto entonces su mente está agudizada para recibir el conocimiento. Si ese momento no se aprovecha, se pierde la oportunidad; cuando la escuela vuelve sobre el rema dentro del “programa”, la atención ha de obtenerse a una fuerza, y esa atención forzada no produce ni la centésima parte de lo que rinde el interés libre y espontáneo“

ALUMNOS SIN DESEOS DE PREGUNTAR

En la vida ordinaria, el niño normal pregunta incansable y espontáneamente. “|Sentado estás, contento, en mi regazo; y tu manía de preguntar no tiene límites!” ¿Y en la escuela? Por qué enmudecen cada vez más, de año en año, ¿las preguntas espontáneas? El que los niños mismos no han cambiado mucho a ese respecto, se ve por el siempre despierto interés de preguntar ante objetos que excitan a ello en el ámbito extraescolar. En tales situaciones, muchas veces, apenas si reconocemos a nuestros niños; los mismos alumnos que, desanimados y sin mostrar gran interés, siguen nuestra enseñanza, participan en los sucesos de la calle y del patio con tal actividad intima que deseamos a menudo poder salvar algo de esa actividad y ese interés para nuestras clases. Lamentablemente, el cuadro general que ofrecen nuestras escuelas es éste: alumnos que no tienen deseos de preguntar, que han de ser llevados en andaderas, penosamente, de tarea en tarea, de pregunta en pregunta; pero nada de preguntas espontáneas, de un afán primitivo de saber. Nuestra enseñanza es, más a menudo de lo que queremos admitirlo, un “responder a preguntas que aún no se han hecho, un dar de comer a quien nunca siente mucha hambre”.

EVITAR LAS PREGUNTAS ESPECIOSAS

Las preguntas aparentes, las llamadas preguntas especiosas, no suelen faltar en las clases. Surgen cuando, con medios exteriores, se estimula a los alumnos a preguntar. Entonces aparecen las preguntas que se hacen para complacer al maestro o a uno mismo (porque el alumno siente que le agrada al maestro o que tendrá su recompensa), o las que nacen de la propia ambición (porque uno se siente interesante y quiere lucirse ante los compañeros). Muchas veces no hay más que un paso de la pregunta genuina a la ficticia, y sólo el maestro perspicaz y experimentado sabrá distinguir el interés verdadero del fingido.

CAMINOS EQUIVOCADOS HACIA LA PREGUNTA DEL ALUMNO

No alcanzaremos preguntas genuinas dando indicaciones exteriores. En realidad, tampoco por la institución de clases especiales de preguntas ni de buzones donde depositar las preguntas escritas. En esas instituciones puede haber muchas cosas buenas, pero también, y al mismo tiempo, mucha insinceridad. Si se manejan en forma no genuina, si no son más que aditamentos a una enseñanza por demás pobre en preguntas, suelen agotarse al poco rato.

No logramos las preguntas genuinas por la continua invitación e indicación. Muchas veces escuchamos la exhortación: ¿Niños, por qué no me preguntan? Es cierto, el alumno debe tener en cualquier momento la posibilidad de preguntar, más aún, hay que inculcarle que tiene el derecho y el deber de preguntar; ha de saber que ello es posible y necesario también durante y en medio de la clase. Los maestros estamos bien dispuestos a otorgar plenamente ese derecho al iniciarse un nuevo tema. Así, por ejemplo, en geografía estudiaremos un nuevo país. En la fase de preparación se dan los estímulos habituales: ¿Qué les interesa? ¡Pregunten! Y entonces, en una clase aparentemente habituada al trabajo, vienen las consabidas “preguntas” por la superficie, límites, situación, clima, etc. Y así, el esquema geográfico rutinario, que estábamos felices de haber proscripto de la escuela, vuelve alegremente por la portezuela falsa de la pregunta del alumno. 

 

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