La Doctrina de la Analogía

La metafísica considera al “ser” como una realidad inteligible que aflora en la más mínima cosa y que vale para todas, pero en sentidos di-versos; “es como si al abrir una brizna de hierba -dice Maritain- saliera de ella una cosa más grande que el mundo”. Esa cosa, esa realidad, conviene tanto al hombre que piensa como a la cosa pensada, tanto al humo que se disipa como a la causa de todo cuanto existe; el ser, en cuanto ser, es captado en una intuición pura y auténtica, pero al mismo tiempo en su radical polivalencia. Esta polivalencia es la analogía. Todo término que se aplique a varios sujetos puede ser unívoco, equívoco o análogo. Términos unívocos son los que pueden atribuirse de una manera idéntica a todos los sujetos a los que predica. Términos equívocos son los que se aplican a seres diversos, pero en un sentido totalmente diferente para cada uno de ellos; por ello, una idea jamás puede ser equívoca, ya que la equivocidad está siempre en la palabra o término que oculta conceptos distintos. El término “ser” no puede ser unívoco porque no se dice de nada ni de nadie en un sentido absolutamente idéntico. No se dice lo mismo al afirmar “la piedra es” y “la verdad es”; el “ser”, por tanto, es esencialmente diverso, pues se identifica con cosas esencialmente diversas, cuales son, por ejemplo, las piedras y la verdad. Pero tampoco puede ser equívoco, puesto que es un concepto auténtico, lo que significa que el “ser” posee cierta unidad. Ésta no es la unidad esencial, pues los “seres” son esencialmente diferentes; es una unidad relativa, que resulta que el concepto del “ser” expresa realmente, aunque en forma universal, algo de común a todos los “seres” diversos. Esta unidad de los “seres” diversos es la ex-presada por los términos análogos. El “ser” es, en fin, no una cosa simplemente una, sino un universo inteligible, un misterio que se encuentra en todas partes de una manera esencialmente variada, con una unidad de proporción y semejanza. Las esencias múltiples y diversas están unas y otras, con relación a la existencia, en una relación propiamente idéntica.

Esencia y Existencia Nos han salido al paso en nuestro raciocinio dos aspectos del ser que son muy familiares al metafísico, y sin los cuales es imposible entender la analogía: la esencia y la existencia. La esencia no significa más que una simple aptitud para la existencia, es decir, al “ser” pro-piamente dicho. Siempre se la mide y se la de-fine en función de este “ser”, ya que una auténtica esencia es propiamente “lo que puede existir”. La esencia es el objeto de la primera operación del espíritu. La existencia o “acto de ser” es, en cambio, el objeto hacia el cual se orienta primeramente y por sí la inteligencia. Y ésta cumple propiamente la aprehensión del “ser” por el juicio, pues por éste se aprehende la existencia en cuanto ejercida, en la realidad actual o posible, por un sujeto. Siempre la esencia y la existencia constituyen una “totalidad existencial”. El conjunto de ambas es la “cosa real”. Ellas son, pues, dos realidades de una misma cosa, y corresponden tanto a las cosas espirituales como a los materiales. Así, por ejemplo, el alma humana, que en sí es una forma simple, en su condición de criatura limitada no es “acto puro” (como Dios), y por consiguiente está compuesta de esencia y existencia (acto de existir). Esta primera y más profunda composición pesa también sobre el ángel: su ser es recibido; es, por tanto, criatura compuesta de esencia y de existencia.

La composición esencia-existencia es en el reino de lo creado la más general y profunda, porque abarca todo lo material y lo espiritual; ella sola lo comprende todo. Esto vale directamente para la sustancia, e indirectamente para los accidentes. La existencia, que todo el universo del “ser” creado recibe de Dios, le compete a la criatura no como algo sobreañadido a modo de accidente (la existencia no es un accidente ontológico, aunque lógicamente se predica de la esencia a modo de accidente); ella es la actualidad de la sustancia o esencia misma; es como un coprincipio de la esencia realmente constituida.

El existencialismo moderno afirma que la existencia es posición pura, y no perfección de la esencia. Desde esta perspectiva, la existencia, que carecería de naturaleza y estructura, al no poder ser relacionada con nada que no fuera ella misma, sería contingencia radical y finitud irremediable. Si con esta afirmación los existencialistas quisieran decir que las esencias no existen realmente, sino por la existencia que las hace existir, o sea, que no existen sino como singulares, concretas e individuales, no habría objeción alguna que oponer. Pero sostienen que la existencia no posee esencia distinta de ella, y que la esencia no jamás sino la “facilidad” de la existencia, es decir, de la existencia da. Todo lo cual conduce la razón humana por un devenir de in-definición; camino lleno de obstáculos, toda vez que siempre habría que preguntarse: ¿si lo que existe no es sino el existir puro y libre, ¿cuál es la realidad y distinción del mundo y del hombre, de las piedras y del espíritu, de la criatura y de Dios…?

 

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