
Dicho interés no es algo nuevo en educación. Ya Erasmo sostenía que la enseñanza interesante (agradable) libra al educando de la fatiga y del aburrimiento. Lo mismo afirmaron Comenio, Locke y Spencer. Y Herbart, por su parte, formuló toda una doctrina del interés, al sostener que consiste en una disposición especial que se exterioriza como deseo o voluntad.
Hoy no se cree que esta doctrina de la enseñanza interesante sea suficiente como fundamento de la educación intelectual. El interés, de acuerdo con la psicología contemporánea, no deriva sólo del placer que encierra una materia, pues a menudo puede derivar de la conciencia que tenga el alumno sobre el valor de dicha materia.
En síntesis, no puede aceptarse, como único criterio de selección, el punto de vista del educando. Este criterio debe ser completado con el punto de vista de la sociedad. De acuerdo con él, los contenidos de la educación intelectual deben seleccionarse atendiendo a los fines que se persiguen con la acción educativa sistematizada.
En nuestros días se reconoce que la educación intelectual no sólo debe brindar informaciones destinadas al desarrollo y adaptación del sujeto, sino que se destaca que los contenidos educativos deben permitir y favorecer la formación de la conciencia de su personalidad. Por eso, deberán cumplir una triple finalidad educativa.
Educación Moral
Las primeras actitudes del niño ante las personas y cosas del ambiente que le rodea evidencian su confianza y, generalmente, su alegría.
Cuando comienza a comprender, carece de sentimientos hostiles y de hipocresía. Sin duda, recibirá mejor la educación moral si la enseñanza se realiza, no con conceptos abstractos o preceptos excesivamente severos, que puedan producir en él reacciones de temor, sino a través de hechos y de ejemplos sencillos, en los que predomina el matiz de la bondad, de la generosidad y del amor. Conducido por ese camino, el niño conservará y acrecentará su simpatía y confianza hacia las gentes con las que está en contacto, principalmente sus educadores. Los conceptos morales se inculcan con más facilidad en unos niños que en otros. En algunos casos, la enseñanza se ve alterada por perturbaciones y hasta por retrocesos.
Las cualidades hereditarias, distintas entre unos y otros, suelen determinar esta disparidad. Pero, en cualquier circunstancia, el principio moral debe arraigar en la mente del niño por convicción y no por obligación. Por eso la enseñanza debe surgir de los hechos mismos, sirviendo la palabra del educador para explicar y hacer comprender mejor al niño los conceptos morales que se desprenden de los actos que presencia o que él mismo realiza.



