
La educación, que es el proceso mediante el cual el hombre llega a ser realmente hombre, tiene dos características esenciales. En primer término, no se cumple durante un período limitado de la vida, sino que se desarrolla durante toda la existencia del ser humano. En segundo lugar, no se limita a un aspecto de la existencia, pues abarca todas las manifestaciones de la vida. Por eso la clásica distinción entre educación moral, intelectual y física, según el aspecto del hombre a que se dirige fundamentalmente la acción educativa, no es rigurosa ya que estas zonas vitales no son independientes, pues se relacionan entre sí e influyen unas sobre otras.
Sin embargo, la distinción de la educación intelectual aparece justificada por el hecho de que en la escuela se atiende de manera especial a la formación del mundo de conocimiento del educando, con el objeto de darle una visión de la realidad y permitirle adoptar una posición valorativa frente a ella. Esto es debido a que la enseñanza, que es la forma normal de la educación sistematizada o escolar, consiste esencialmente en la transmisión de conocimientos y habilidades.
Frente a esta posición netamente intelectualista, otros consideran que es misión de la enseñanza desarrollar todas las fuerzas del educando, tanto intelectuales como volitivas y afectivas.
De ahí surge la distinción clásica que efectuó Friedrich Wilhelm Dörpfeld (1824-1893), al hablar de una educación materialista, que considera esencial proporcionar conocimientos al educando, como opuesta a una educación formalista, que se preocupa por el desarrollo de todas las facultades del sujeto.
En nuestra época, ambas posiciones han sido superadas. La transmisión de bienes culturales objeto de la educación intelectual, debe armonizarse con el desarrollo de las capacidades del educando, pues el fin de la educación es elevar la individualidad del alumno al plano de la personalidad.
EDUCACIÓN CORPORAL
La antigua sabiduría grecorromana se asentó en el aforismo Mens sana in corpore sano, un precepto de higiene mental y física que hoy conserva todavía plena validez. La persona humana está constituida por la unidad inseparable de lo psíquico y lo físico, y los modernos estudios de medicina constitucionalista, psicosomática y de psicología evolutiva, prueban de manera concluyente que desarrollo psíquico y físico son concomitantes, y que la detención en uno de ellos repercute inmediatamente en el otro. Todo trastorno de la motricidad se acompaña de trastornos psíquicos, y viceversa.
De este modo, estando demostrado que la capacidad de movimientos, o, dicho con términos técnicos, la cenestesia percepción y ajuste correcto de los movimientos-, está indisolublemente unida con la vida afectiva e intelectual, resulta que la educación física o corporal ejerce profunda influencia en los procesos estrictamente intelectuales, favoreciendo, a través de la coordinación motriz, la propia coordinación del pensamiento. La velocidad, y por consiguiente la sucesión ágil de los estados de conciencia, están favorecidas por la ligereza y facilidad de los procesos motores.
Además, la educación física es un poderoso factor en el desarrollo de las actividades prácticas del individuo, para la evolución del sentido moral y de la voluntad, porque quien educa su cuerpo desarrolla y afianza, a la vez, el mismo do-minio en el comportamiento y la conducta. Por otra parte, la educación corporal modifica la emotividad, favoreciendo el control y el dominio de las emociones -autocontrol frente al triunfo o la derrota-; influye en la vida sentimental, propicia el desarrollo de la voluntad, y como ha demostrado el agudo psicólogo y psiquiatra italiano Sante De Sanctis (1862-1935), las sensaciones de esfuerzo y de dominio que de ellas derivan ayudan a resolver el problema sexual de la adolescencia.



